ARTÍCULO

Apocalipsis, siempre

 

El British Museum, que está sufriendo un complicado proceso de remodelación desde que la British Library fue trasladada a su nueva sede, ha aprovechado las celebraciones del milenio para presentar una exposición verdaderamente singular: The Apocalypse and The Shape of Things to Come. Se trata de una muestra, sencilla pero bien seleccionada, de la iconografía directamente relacionada o inspirada por el último de los libros del canon de la Biblia desde la Edad Media hasta nuestros días.

Como se sabe, el Apocalipsis fue redactado hacia el año 96 de nuestra era, durante el imperio de Domiciano, por alguien para quien el griego –la lengua en la que fue escrito originariamente– no era su idioma materno. La tradición se lo atribuye a San Juan, que habría recibido la revelación en Patmos: algo difícil de mantener si se tiene en cuenta que, de ser así, el discípulo favorito de Cristo habría compuesto este libro vibrante de intensidad y emoción cuando era un anciano de más de 85 o 90 años.

El Apocalipsis tardó algunos siglos en establecerse como libro canónico, pero luego lo hizo con fuerza. La iconografía cristiana se nutre muy pronto de sus imágenes luminosas y rebosantes de energía: pocos libros –sagrados o no– han gozado de tanta ecfrasis, de un poder semejante para lograr que el ojo de la mente visualice descripciones creadas por la palabra. Desde el siglo IV la imaginería apocalíptica se hace sentir en el arte cristiano, pero son los Beatos altomedievales los que por vez primera ofrecen y fijan la panoplia completa de asuntos y motivos dispuestos en el libro.

La exposición del British Museum contempla precisamente la evolución de esa iconografía desde los manuscritos iluminados de la Europa carolingia hasta el arte del último tercio del siglo XX, incluyendo el cine. Se recoge de este modo el cambio semántico experimentado por la palabra «apocalipsis», que ha pasado de significar «revelación, desvelamiento» a designar algo cercano a «catástrofe». De ahí que la imaginería apocalíptica –presente, por ejemplo, en el Guernica de Picasso– haya interesado tanto a los artistas en épocas particularmente convulsas: desde las guerras de religión del XVI y XVII –cuando estaba muy cercano el magnífico «ciclo» de Durero– hasta los grandes conflictos del último siglo, pasando, claro está, por la utilización política que de ella se ha hecho durante las revoluciones: el Anticristo, la Bestia, la Prostituta de Babilonia, los tremendos castigos y plagas de los que habla el libro han sido motivos demasiado tentadores como para que conservadores y jacobinos de toda laya se abstuvieran de utilizarlos como arma propagandística. Las imágenes del libro de las Revelaciones han suministrado también materia a los artistas visionarios: de Blake y los simbolistas a los expresionistas (Meidner, Grosz, Dix, Beckmann) y surrealistas del primer tercio del siglo XX . En realidad, puede decirse que su tema y motivos han gozado de una sorprendente vitalidad en el arte occidental de las últimas quince o dieciséis centurias.

Las catástrofes vinculadas al fin de los tiempos cobran actualidad también en aquellos momentos –fines de año, de siglo, de milenio– en los que la humanidad da rienda suelta a sus esperanzas, temores y ansiedades más profundos. La «redondez» de la cronología, la sensación de fin y comienzo que esas unidades «completas» de tiempo histórico nos sugieren a todos, propician ritos de purificación más o menos conscientes, y su inminencia ominosa reviste especial relevancia para los espíritus más vulnerables, suscitando la creencia en visiones y utopías –con frecuencia distopías–, y alentando en ellos toda clase de manifestaciones apocalípticas relacionadas habitualmente con el milenarismo.

El mismo día que visité la exposición, la prensa británica se hacía eco del horrendo sacrificio de los seguidores de la secta Restauración de los Diez Mandamientos de Dios en Kanungu, Uganda, uno de los países más castigados por ese espeluznante conjunto de catástrofes que asolan de modo especial al África Oriental. También sabemos ya que esos ritos de autoinmolación –apoyados en el simple asesinato de los renuentes– no son privativos de los países pobres: recordemos a los seguidores de Jim Jones en la Guayana, a los davidianos de Waco (Texas), a la secta Heaven's Gate de California, a los socialmente bien situados devotos suizos y canadienses del Templo Solar.

Pero el Apocalipsis reviste formas diferentes. Espectaculares e inmediatas, unas, insidiosas, prolongadas, interminables las más. Entre nosotros, los privilegiados de la Tierra, África agoniza en el televisor, ante la mirada desganada de un mundo saciado e impotente. 12 millones –doce millones– de personas se encuentran ya por debajo de los límites del límite en Etiopía, Eritrea, Sudán, Yibuti, Somalia, Kenia, Uganda. Occidente-Supermán acudirá tarde con la limosna: sólo morirán algunos cientos de miles, quizás un millón, como en las hambrunas de hace quince años, cuando los conciertos de Bob Geldof y todo aquello. África. Es estúpido y desplazado, pero me acuerdo de unos versos hastiadamente apocalípticos de Los hombres huecos (1925), de T. S. Eliot: Así es como acaba el mundo / Así es como acaba el mundo / Así es como acaba el mundo / No con una explosión sino con un gemido. El Apocalipsis, siempre.

Otra cosa. El correo electrónico como transmisor de pánicos. En los últimos tiempos, uno abre como cada mañana su buzón y se encuentra con una proliferación de avisos acerca del envío no deseado –por parte de alguien o algo indefinido, un ápeiron virtual– de enfermedades informáticas absolutamente letales para nuestro sistema. El vehículo es el temido virus. Si uno abre inadvertidamente uno de esos correos asesinos en serie –le avisan preocupados amigos– su disco duro se convertirá en papilla tecnológica. Y nuestros benefactores continúan enumerando algunos de los más peligrosos. Lean sus denominaciones: einstein.exe, girls.exe, kitty.exe, teletubb.exe. Como ven, contemplan el espectro de todos los usuarios posibles: desde el universitario curioso hasta el simplemente salido o vergonzantemente infantil. Y las infinitas combinaciones entre ellos. La lista de los perpetradores del desastre se prolonga: prettypark.exe, happy.exe, monday. exe. Esos nombres, ¡cuántas fantasías prometen, qué ocultos resortes excitan! Es bajo esas sugestivas etiquetas donde se esconden los virus, aguardando virtualmente impacientes el abretesésamo del incauto que le permita llevar a cabo su tarea. Hay, como en todo, antecedentes literarios (y cinematográficos): Drácula necesitaba ser previamente invitado por sus víctimas. Pero yo ya estoy mayor para colocar sobre el monitor de mi computadora una guirnalda de ajos. Qué peste.

Tras los avisos he empezado a mirar a mi pantalla con extrañeza. Otra renuncia más. Créanme: había conseguido establecer con el ordenador una relación adulta –basada, claro, en el reconocimiento de la diferencia y en la ausencia de recelo– y ahora me encuentro con que los ultracalvinistas virtuales han conseguido introducir la sospecha entre nosotros. No hay que fiarse de esos correos que uno se siente atraído a abrir: son los más dañinos. Con los tiempos que corren, no me extrañaría que los fantasmales y astutos delincuentes informáticos diseñaran nuevos virus con denominaciones aún más tentadoras: qué-pasa-en-la-izquierda.exe o cómo-se-sale-de-ésta.exe. Mas de uno picaría. Y todo se iría otra vez al traste.

REFERENCIAS
San Juan, Apocalipsis, en La Biblia del Oso. Nuevo Testamento. Alfaguara. Madrid, 1987.
AA.VV, The Apocalypse and The Shape of Things to Come (Catálogo). British Museum Press. Londres, 1999.
T.S. Eliot, Collected Poems, 1909-1962. Faber & Faber. London, 1983. Existe traducción española en Alianza.

01/05/2000

 
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