ARTÍCULO

Tiempo de recortes

Pre-Textos, Valencia
340 pp. 25 €
 

En la decimoséptima entrega de su Salón de pasos perdidos, Andrés Trapiello ha reducido el volumen al que nos tenía acostumbrados en los últimos tiempos. La cosa en sí, La manía y Troppo Vero –las tres entregas anteriores dedicadas respectivamente a los años 2000, 2001 y 2002– rondaban las ochocientas páginas, el doble de este Apenas sensitivo que relata los sucesos de 2003. Para explicar este cambio, el escritor comienza el tomo con un episodio irónico: la llegada a Las Viñas –la casa de campo extremeña donde pasa los primeros días del año junto a su esposa e hijos– de la carta enviada por un buen amigo. El amigo le recomienda volver a la contención inicial de esta «novela en marcha» (el primer tomo, El gato encerrado, no llegaba a las doscientas páginas), o renunciar por completo a este proyecto que ya supera las diez mil.
El episodio parece apócrifo –su esposa se pregunta si no será una de sus bromas, y uno de los hijos lo toma por una inocentada–, así que conviene echar mano del pacto autobiográfico de Lejeune, por el que al narrador que cuenta su vida se le presupone veraz y a sus lectores creyentes, y darlo por bueno como una alegoría del cambio. Sin embargo, salvo por la cuestión de las dimensiones, el cambio apenas existe, y a la larga el relato de la carta viene a simbolizar la continuidad del proyecto. Así, por ejemplo, cuando el escritor termina de leérsela a su familia, el hijo favorito, G, reacciona: «¿Quién es esa porquería de buen amigo para decirte lo que debes escribir?». Y, tras este retrato de la hermosa y vehemente espontaneidad con que un hijo defiende a su padre, palidece la larga digresión del autor sobre su obra y sobre la extensión ideal de un texto literario, que se zanja con un sucinto «no hay fórmulas» (qui satis est, recomendaban los retóricos; Aristóteles defendía que cuanto más larga la epopeya, mayor será su grandeza).
El asunto de la epístola servirá más bien como motivo recurrente para exponer las cavilaciones y los brotes de inseguridad que le hacen dudar sobre su labor de memorialista, muy en consonancia con el carácter sinfónico del Salón. Así es como, después de contar con mucha gracia cómo recibió el premio Nadal de aquel año por Los amigos del crimen perfecto, Trapiello vuelve sobre el tema con una cita de Canetti: «Aquello que se alarga es cada vez más inexacto».
El relato, como viene siendo habitual, comienza el primer día de 2003 –esta vez en Madrid– y termina con la cena de Nochevieja en el campo. Entre estas dos fechas se suceden la gira de obligada promoción por España después de recibir el Nadal, los viajes al retiro familiar de Cáceres, a París para la exposición de un amigo, a Ronda y, entre otros muchos lugares, a su valle del Torío natal –en León– con un equipo de televisión y acompañado por su hijo.
También se narran los habituales encuentros con personajes públicos, escritores y artistas conocidos o amigos, algunos nombrados con la consuetudinaria X, otros con una o varias iniciales (D, Fernando Sánchez Dragó), y en ocasiones con el título (príncipe, Felipe de Borbón) o el cargo (president, Jordi Pujol cuando lo era de la Generalitat). Entre otras estampas, se incluyen las de Joaquín Sabina, Miguel Delibes, José Jiménez Lozano y Rafael Sánchez Ferlosio, todas ellas sutiles, amables y respetuosas, como conviene a los retratos áulicos, que embellecen sin adular. Hay desencuentros con José María Álvarez del Manzano, el que fuera alcalde de Madrid, y con Manuel Fernández Montesinos, sobrino de Federico García Lorca. Para Manuel Vázquez Montalbán y Antonio Gamoneda, Trapiello tiene palabras ásperas por motivos sociales, artísticos y políticos, mezclados en distintas proporciones, y a propósito del premio Velázquez se parodian las especulaciones estéticas de Antoni Tàpies. Sin embargo, de todos estos encuentros y choques, ninguno hay tan humanamente conmovedor y bello como la despedida de Mora, la perra enferma que se ve obligado a sacrificar.
Entre los juicios literarios, llama la atención la generalización de que el surrealismo no ha dado obras notables (p. 224), y resulta extraña la valoración de García Lorca siguiendo a Juan Ramón Jiménez, quien señaló que él mismo había oído el verso «verde que te quiero verde» de niño en una copla. Parece lógico que a Juan Ramón, quien decía tener a la Poesía escondida en su casa, le costara comprender que la poesía también se encuentra en la calle. La capacidad de Lorca para adueñarse de todo lo ajeno, mejorándolo, solo engrandece su figura de creador, tan bueno apropiándose del surrealismo –en Poeta en Nueva York– como del verso de una copla callejera.
Para desenmascarar la malicia de Juan Ramón basta con recordar que Machado añadió el «Soria fría» al lema de la provincia castellana («Soria pura / Cabeza de Extremadura»), y que Cervantes puso versos ajenos, populares y cultos, en boca de decenas de personajes, incluido don Quijote, que entre otros hizo suyo el famoso «Jamás se vio caballero / de damas tan bien servido». Pero ni siquiera hace falta ir tan lejos para mostrar que la literatura se hace así. El mismo título que ha dado Andrés Trapiello a este libro, Apenas sensitivo, está tomado de Lo fatal de Rubén Darío, quien a su vez terminaba aquel poema con este lugar común: «¡Y ni saber adónde vamos / ni de dónde venimos!».

01/09/2011

 
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