ARTÍCULO

Poder, símbolos e incertidumbre

Ariel, Barcelona, 1996
272 págs.
 

Diversos investigadores han destacado la importancia y frecuencia de los símbolos y rituales políticos y la poca atención que los científicos sociales han prestado a los mismos. Cuando lo han hecho, principalmente historiadores y antropólogos, se ha considerado cosa del pasado y propia de los pueblos de la periferia mundial. A ello ha contribuido la fácil identificación del ritual con la religión; puesto que las sociedades modernas han separado formalmente los asuntos políticos de los religiosos, sólo las sociedades «primitivas» (incluidas esas otras que profesan algún fundamentalismo) mantienen ese oscuro y primario apego al rito. Claro que los intelectuales occidentales han sido educados en tradiciones utilitarias, creen en un modelo racional del universo político e ignoran el potencial de poder, peligro y acción que contienen los símbolos. Intelectuales que consideran que la política es una actividad racional y que las lealtades se logran mediante un calculado análisis de coste-beneficio. Todo muy racional. Es probable que todo lo más, se acepte el ritual como confirmativo: es decir, acompañe al poder en sus cambios, confirme el status quo , y sea algo así como un «adorno» de actividades políticas supuestamente «reales». El simbolismo sería entonces una especie de «ilusión». Detrás de este desprecio del elemento simbólico en lo político es probable que se esconda el viejo temor a la irracionalidad de uno mismo que se intenta desplazar, como siempre, hacia los otros (ellos tienen los símbolos y los sueños y nosotros el poder y la realidad). Enrique Luque muestra que lo simbólico no es una categoría residual de la política real sino que el simbolismo es política real. El ritual no sólo es una fuerza conservadora como se ha pensado; entrona a reyes pero también los destrona; es vital para la reacción pero también para la revolución, ayuda a construir legitimidad, organizaciones y solidaridad política y moldea la comprensión de la gente del universo político. La retórica ritual no es, como se ha pretendido, algo vacío. A través del ritual político podemos apreciar lo que está pasando en el mundo.

Este es un libro que debe interesar a los que se relacionan de alguna manera con la política, a fin de que no pierdan de vista la elusiva naturaleza de esas realidades construidas: por ejemplo la lealtad hacia la nación, o esas comunidades políticas «imaginada s», que parecen fijas e inmutables en el tiempo y en el espacio y que están hechas de puro simbolismo al igual que otras construcciones del mismo tipo –el partido, el Estado, el gobierno–. Es uno de los escasos estudios de antropología política en España a cargo de uno de los más reconocidos especialistas en la materia. Enrique Luque, formado en su día en la mítica Escuela de Manchester, ofrece en estas páginas un mosaico de ensayos llenos de inteligencia, ironía y sofisticación. A diferencia de otros antropólogos, excesivamente miméticos con las premisas intelectuales de los lugares donde se formaron, este «librepensador» ha combinado siempre una rara mezcla de formación e independencia y originalidad en su trabajo. Quizá por ello, y por su insistencia en la historia, por su conocimiento de los clásicos y su erudición en general, una encuentra cierto paralelismo con Caro Baroja, quien, por cierto, prologó hace años la primera monografía de Luque sobre un pueblo del sur.

En su enfoque, Antropología Política no es, estrictamente, la delimitación de un campo específico de la antropología. Es un ángulo privilegiado, una perspectiva para una reflexión lúcida y crítica de la disciplina en su conjunto, de los problemas actuales con los que se enfrenta cualquier antropólogo. No abundan en la escena antropológica española reflexiones críticas como la que se produce en este importante libro, cuyo subtítulo no es, ciertamente, gratuito. Luque muestra la ineficacia de nuestra tendencia por forzar los datos en compartimentos estancos y la esencial complejidad y ambigüedad de los materiales de la conciencia, diversos, llenos de matices y lecturas e insospechadas posibilidades. Detrás queda la crítica de algunos, como el politólogo Easton en 1959 (y lo que es peor, la de algún antropólogo español recientemente), con su machacona insistencia en separar nítidamente (¡como si eso fuera posible!) el sistema político del sistema social total. El primero de los ensayos, «Sobre antropología política», es un intento de trastocar estos cimientos, replantear un análisis de lo político que rompe las fronteras y conceptos tradicionales de lo social, trasgresor de los límites y de «las ficticias seguridades definitorias en que suelen instalarse los académicos». La antropología política, más que una sustantiva realidad, es una mirada relativa, una manera histórica de comprender ciertos aspectos humanos –«una etapa de un largo proceso»–. Esta posición frente a la historia es un motivo constante de los distintos ensayos de este libro. Alguno de ellos se centra concretamente en las relaciones de la antropología y la temporalidad («Contra-tiempos antropológicos») pero todos ellos contienen esta sensibilidad temporal.

Los fenómenos políticos no son simplemente emanaciones de fuerzas sociales o culturales sino configuradores, productores, creadores de manifestaciones sociales y culturales. Una de las más interesantes aportaciones del libro en conjunto es la localización del estudio del poder en la construcción social del significado, en el control de la realidad y su representación. En «Poder y dramaturgia política» trata el tema del poder y sus cambiantes formas, como el ritual o la persuasión (la seducción al fin y al cabo), frente a la clásica visión del poder como coerción.

Luque, como otros antropólogos, plasma en estas páginas su propia experiencia etnográfica (primero en Andalucía y más tarde en Las Hurdes y La Cabrera leonesa). Estas experiencias de campo son la base de algunos de los ensayos («Amigos y enemigos», «Aislamiento y caciquismo: el mediador inevitable», «Comunidad rural y Estado») pero como sugieren algunos de estos títulos el autor continuamente trata de contextualizar la pequeña comunidad en niveles cada vez más amplios, desde la comarca al sistema global. En esto Luque se aparta de la tendencia local y parroquiana que ha dominado en el pasado al estudio de comunidad en antropología. Pero además en el libro se puede apreciar la trayectoria vital e intelectual del autor; sus diferentes ensayos plasman con nitidez y coherencia de dónde viene y a dónde va. Esta última dirección es especialmente evidente en dos de los ensayos: «El reto de las organizaciones» y «El poder del lenguaje». En ambos casos Luque trasciende la dimensión local hacia nuevas realidades de nuestro tiempo, inmerso en ese paradigma común de la incertidumbre, lo indeterminado e impredictible, en un pensamiento que admite la contradicción y donde se miman los aspectos de ambivalencia, paradoja y metáfora de la comunicación política. Y a propósito de comunicación: este libro es una delicia para el lector. Porque a diferencia de muchos trabajos en ciencias sociales está escrito con ironía y mucha elegancia. Y mucha sabiduría humana al tratar de ese difícil arte de crear la realidad.

01/08/1997

 
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