ARTÍCULO

Una interesante mirada sobre la Europa del XVIII

Publicaciones de la Universidad de Alicante, Alicante
866 pp. 35 €
 

La tipología viajera del siglo XVIII por España tiene entre sus miembros más reconocidos a Antonio Ponz, un valenciano que no solamente nos dejó una monumental obra de su largo recorrido artístico por la piel de toro, sino que, además –y en esto no destacaron demasiados–, se atrevió a traspasar nuestras fronteras y recorrer Francia, Bélgica, Holanda e Inglaterra para dejarnos interesantes descripciones artísticas de los monumentos que encontró en su trayecto ilustrado, así como para «proponer los ejemplos que le parecen dignos de imitarse, como también los que se deben huir», objetivo básico del trayecto iniciado por algunos de nuestros ilustres compatriotas en el Siglo de las Luces.
Pero ¿quién fue Antonio Ponz? Esta es la primera pregunta que deberá hacerse el lector que comience a intentar descifrar este artículo. Y la respuesta debe surgir rauda: Antonio Francisco Pedro Ponz nació el 28 de junio de 1725, sexto hijo de Alejandro Ponz y de Victoriana Piquer, cónyuges vecinos del castellonense pueblo de Bejís y moradores de los Planos, en la comarca del Alto Palancia, y no de Betxí, en la Plana Baixa, como muchos, seguidores incansables de cronistas errados, todavía se empeñan en asegurar.
A los once años inició sus estudios de Letras y Filosofía en el colegio de la Compañía de Jesús ubicado en Segorbe, desde donde se trasladaría a Valencia para concluir sus estudios de Filosofía y Teología. En la capital del Turia entraría en contacto con el mundo artístico de la mano de Antonio Richarte, iniciando sus primeros pasos en dibujo y pintura, que sería, a la postre, lo que marcaría su destino. Como señala uno de sus biógrafos, «quiso más bien contentarse con la tonsura y quedarse a las puertas del templo que acercarse al altar».
Desde Madrid, donde prosiguió durante cinco años sus estudios en la Junta preparatoria de la Fundación de la Academia de San Fernando, Ponz viaja a Roma con el propósito de perfeccionar sus estudios. En la ciudad del Tíber, conoce de primera mano el descubrimiento de la ciudad de Herculano y esto le proporciona la ocasión de contemplar intacto el arte romano que siempre le había apasionado. Tras una estancia italiana de nueve años, el castellonense prepara un viaje que habría de llevarlo a Grecia, Siria y Egipto. No obstante, su amigo y protector Clemente Aróstegui, ministro de Carlos III en la corte de las Dos Sicilias, lo convence para que vuelva a España, «donde podían ser útiles los conocimientos que había adquirido».
De nuevo en la corte madrileña, Ponz recibe el encargo de realizar unas copias pictóricas para la Colección de Retratos de los Grandes Hombres, que se encuentran en la Biblioteca de El Escorial. Tras la expulsión de los jesuitas en España, el conde de Campomanes lo envía a recorrer los colegios que habían pertenecido a los jesuitas en Andalucía con el objetivo oficial de «reconocer y señalar las pinturas que en ellos hubiera y pudieran servir de modelos a los alumnos de la Academia de San Fernando», eufemismo bajo el que se hallaba el deseo de realizar un inventario de las riquezas que iban a expoliarse a la Compañía de Jesús.
Durante esos viajes sufragados con fondos del erario real, el de Bejís aprovecha para trabajar en la obra que lo inmortalizará y a la que dedicará buena parte de su vida, Viage de España, dieciocho volúmenes redactados en forma epistolar, en los que Ponz fue dando a conocer las riquezas artísticas del país, al mismo tiempo que abunda en otros aspectos de nuestra deficiente economía o atrasos en una inexistente red viaria. Desde 1772, fecha de la aparición del primer volumen, hasta 1794, la del último, el viaje artístico y algo más del castellonense se convertirá en una fuente inagotable de conocimientos para saber las riquezas artísticas que existían en España y que, al mismo tiempo, sirvieron de guía luminosa para que las tropas napoleónicas consumaran a tiro hecho uno de los expolios más importantes de la historia de la humanidad. Paradojas de la historia.
Importantes cargos y otros escritos vinieron a consolidar la fama del castellonense hasta que a la edad de sesenta y dos años, en 1783, Ponz abandona España para realizar un periplo por diversos países europeos. Dos volúmenes fueron publicados entre 1784 y 1785 bajo el título de Viage fuera de España, también redactados en forma epistolar y donde nos contará sus interesantes experiencias por Francia, Inglaterra, Holanda y Bélgica, lugares que visita tratando de descubrir en ellos «los exemplos dignos de imitar, como también de los que se debían huir» pero, también, al estar imbuido de los ideales de la Ilustración, «dar alguna idea de las bellezas naturales de los territorios y de su mejor cultivo». Al mismo tiempo, Ponz aprovechará su obra para tratar de rebatir las críticas vertidas por diversos autores foráneos sobre España: «Es cosa bien extraña que siendo de humores y genios tan opuestos los franceses y los ingleses, se hayan coligado tan estrechamente algunos de ellos para insultar a los españoles», teniendo, eso sí, mucho cuidado en criticar los usos y costumbres de los países por los que viaja «por no venir al caso sugerir especies ni hacer exhortaciones en casa ajena, cuyo cuidado es propio de los que la habitan».
El Viage fuera de España de Ponz, que actualmente resultaba casi imposible de encontrar fuera de las bibliotecas, acaba de ser puesto al alcance de los interesados por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante en una cuidada y sabia edición, como las que nos tiene acostumbrados habitualmente, a cargo de Mónica Bolufer, profesora de Historia Moderna en la Universidad de València, especialista en historia sociocultural e historia de las mujeres y que en los últimos tiempos desarrolla sus trabajos de investigación en el campo de la literatura viajera y la construcción de la identidad europea. Su edición resulta una magnífica ocasión para conocer que no tan solo el alicantino Juan Andrés en su exilio italiano, Fernández de Moratín con sus recorridos por Italia e Inglaterra, Bernardo José de Olives en su trayecto por Flandes y Holanda, José Vieira y Clavijo por Francia, Jorge Juan en sus misiones de espionaje por Londres o el marqués de Ureña en su periplo europeo, viajaron durante el siglo XVIII fuera de nuestras fronteras y supieron captar el espíritu de una Europa ilustrada y avanzada para tratar de adaptarlo a la idiosincrasia de una España mucho más atrasada en el terreno económico, político y social.
En su excelente crónica europea, Ponz no evita, ni mucho menos, arremeter contra aquellos viajeros que son capaces de «echarle en cara a toda una nación sus vicios o errores con el fin de que los corrija», ya que, considera, «un extranjero que se propone ridiculizarla, burlarse de ella atribuyéndole defectos que no tiene» es un atrevido abominable. Parece que don Antonio todavía guardaba rencor al italiano Norberto Caimo y a sus atribuidas Lettere d’un vago italiano ad un suo amico (Milán, 1759-1761), sacerdote jerónimo que estuvo en España a mediados de esa centuria, y a quien hacía responsable de sus aceradas –y a menudo exageradas– críticas a nuestro país.

Ponz aprovecha, también, para arremeter en su obra contra el viajero inglés Edward Clarke y sus Letters concerning the Spanish Nation (Londres, 1763) y le recuerda que si a él no le entendían en su devenir español por hablar tan solo en francés, en nuestro país todo se podía ver «sin obstáculos y sin las socaliñas que a cada paso experimenta el extranjero en Inglaterra», donde, asegura, «nada ve ni nada le enseñan si no paga, habiendo llegado la ruindad a poner tasa para enseñarle las cosas que encierran los palacios e iglesias». El ajuste de cuentas que le permite haber viajado por Inglaterra le hace a Ponz lanzar irónicas diatribas contra Henry Swinburne y a su Travels through Spain (Londres, 1779): «Es tan perspicaz su penetración, que a los dos o tres días de haber entrado en España ya había descubierto que todos los caminos eran malos; las posadas, peores; el país parecido al infierno, donde reina la estupidez». Ponz, agraviado por las «injustas» críticas contra su país por autores foráneos, y cuando trata de volver a España por la villa jacobea de Saint-Jean-Pied-de-Port, aclara al lector que él, en su obra, «trata a las naciones que ha recorrido con la decencia que es debida», aunque, eso sí, «en un pésimo carruaje que a pocas leguas se le tronchó una de las varas, y quedé en un despoblado sin poder pasar adelante ni volver atrás». Para que vean. 

01/08/2008

 
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