ARTÍCULO

Redescubrir a Lord Acton

Unión Editorial, Madrid, 406 págs.
Ed., Paloma de la Nuez
Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 536 págs.
Ed. y trad., Manuel Álvarez Tardío
 

Hay que felicitarse por la edición de las dos cuidadas antologías de Lord Acton aparecidas en Unión Editorial y en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, a cargo de Paloma de la Nuez y de Manuel Álvarez Tardío, respectivamente. Ambas ediciones tienen documentados estudios previos que permiten situar a Lord Acton en su contexto histórico y captar con claridad las grandes líneas de su pensamiento. Las dos incluyen los ensayos seleccionados por Gertrude Himmelfarb en su edición inglesa de 1956 bajo el título Essays on Freedom and Power, que fueron a su vez traducidos en 1959 por el Instituto de Estudios Políticos, a los que los editores han añadido otros artículos y textos de conferencias de gran interés así como, en el caso de Paloma de la Nuez, una muy acertada colección de aforismos, algunos de ellos realmente impactantes. En ambos casos, la traducción es excelente y dota de enorme fluidez unos textos particularmente enrevesados debido al peculiar estilo de Acton.

No puede ser más pertinente reeditar hoy a este gran impulsor de la historia de las ideas. Por un lado, porque su reflexión sobre el nacionalismo, realizada desde la perspectiva liberal, es una de las más interesantes del siglo XIX. Por otro, porque en estos tiempos de pérdida de valores morales, la figura de este intelectual profundamente ético y de inquebrantables principios resulta ejemplar. Basta decir, por poner un ejemplo de su integridad moral, que en su breve etapa de diputado whig votó alternativamente a un partido u otro siguiendo siempre los dictados de su conciencia. La fidelidad a sus convicciones y el desprecio que sentía por las componendas morales lo situaron siempre a contracorriente y le impidieron ocupar la posición a la que estaba destinado por su capacidad intelectual: «He renunciado a la vida pública, a todo puesto de influencia en mi país [...]; estoy absolutamente solo en mi posición ética esencial y por lo tanto inútil».

Los cargos que ocupó fueron, en efecto, menores y tardíos. Su nombramiento como gentilhombre de la reina Victoria, que le obligaba a encargarse de la biblioteca, fue para él casi una humillación, como recoge Paloma de la Nuez. Y su elección como doctor honoris causa por las Universidades de Oxford y de Cambridge (además de por la de Múnich) apenas logró compensar el hecho de haber sido rechazado como alumno por esas instituciones por ser católico. Sólo su elección como Profesor Regio de Historia moderna en Cambridge en 1895, a la avanzada edad de 61 años, fue un cierto desquite moral, como señala Manuel Álvarez Tardío.

Acton fue uno de esos grandes pensadores liberales de la talla de Tocqueville o John Stuart Mill que hizo de la defensa de la libertad el eje de su vida. Profundamente religioso, trató de conciliar la libertad, la tolerancia y el progreso científico con la fe. Impulsó la corriente liberal en el seno del catolicismo inglés y se enfrentó a los ultramontanos que impusieron en el Concilio Vaticano I el dogma de la infalibilidad papal, siendo amenazado con la excomunión. No por ello cejó en su lucha contra el poder absoluto en sus diferentes vertientes. «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente», afirmaba en una de sus máximas más célebres.

En sus ensayos sobre la libertad que no llegaron a culminar en esa gran Historia de la libertad que había proyectado, analizó su avance a lo largo de los siglos, los obstáculos a los que había tenido que hacer frente y los nuevos peligros que la acechaban en los tiempos modernos. Acton creía firmemente que la Iglesia había contribuido de manera decisiva al surgimiento de la libertad de conciencia, germen de las restantes libertades civiles y políticas, al constituirse durante la Edad Media en un freno al poder político. «Toda libertad consiste en esencia en la preservación de una esfera privada al margen del poder del Estado», afirmaba.

Concebía la libertad como el derecho de actuar conforme a la razón, a aquello que nuestra conciencia nos dicta, es decir, a ser dueños de nuestras decisiones. «Por libertad entiendo la seguridad de que todo hombre estará protegido para hacer lo que considere su deber sin estar sometido a la presión de la autoridad, de la mayoría, de la costumbre o de la opinión», escribía en sintonía con John Stuart Mill.

Desde el punto de vista político consideraba, a diferencia de Mill, como apunta Manuel Álvarez Tardío, que la libertad no era un simple medio sino el valor supremo, el más elevado ideal político que puede perseguir un Estado. La finalidad de éste consiste en educar a los ciudadanos para la libertad y en crear las condiciones que la garanticen: «El Estado no puede hacer buenos a los hombres pero sí puede hacerlos malos». Como señala Paloma de la Nuez, el test para evaluar el grado de libertad de un país consistía para Acton en la posición que ocupan las minorías y en el nivel de seguridad de que disfrutan. Donde éstas no gozan de garantías, no hay libertad.

Fueron estos principios los que le indujeron a denunciar los ideales democráticos surgidos de la Revolución francesa y el nacionalismo como los nuevos peligros que se cernían sobre la libertad. Esta crítica figura en sus ensayos «Causas políticas de la Revolución francesa» y «Nacionalidad», que son posiblemente dos de los textos más interesantes de ambas antologías.

Como afirma Paloma de la Nuez, la democracia despertaba en Lord Acton sentimientos enfrentados. Por un lado, le parecía positivo que no fuera un poder arbitrario pero, por otro, temía que derivase en la tiranía de la mayoría, echando por tierra los logros alcanzados por el liberalismo: «Estar oprimido por una minoría es un mal, pero estarlo por una mayoría es un mal aún peor... Ante la voluntad absoluta de un pueblo no hay apelación ni redención ni escapatoria».

Desconfiaba de la sacralización de la voluntad popular a la que conducían las ideas de un Rousseau, de un Robespierre o de un Jefferson, y abogaba por el ideal republicano defendido por los federalistas basado en el sistema federal, el autogobierno local y las dos cámaras legislativas como frenos al poder central. «Si el gobierno está en manos de unos pocos», afirmaba citando a Alexander Hamilton, «éstos tiranizarán a la mayoría, pero si está en manos de la mayoría, ésta tiranizará a la minoría». La alternativa para conciliar libertad y democracia era, según Acton, el federalismo.

Su crítica al nacionalismo de la que ambos editores dan cuenta en sus estudios previos, apunta ya en su ensayo biográfico «Cavour», que Manuel Álvarez Tardío incluye en su edición, pero sobre todo está desarrollada en «Nacionalidad», uno de los pocos textos teóricos del siglo XIX escritos desde la perspectiva liberal. Al tratarse de ensayos de los años 1861 y 1862, respectivamente, cuando Acton contaba apenas 28 años de edad, algunos autores como Fasnacht han especulado con la posibilidad de que la madurez le hiciera variar la perspectiva. Andrés de Blas, por el contrario, en su artículo «Lord Acton y el pensamiento político liberal», se adhiere a la «coherencia de fondo de las ideas actonianas sobre la cuestión» (Sistema n.° 93, pág. 32). Tesis que alguna de sus obras más tardías como «Los heraldos de la Revolución francesa» escrita durante el curso 1895-1896, cuando ya tenía 61 años, parece ratificar: «El deber de un ciudadano», escribe citando a Fénelon, «es un crimen cuando oscurece el deber de hombre».

Acton no era ni un antinacionalista ni un centralista pues apoyó la causa irlandesa y respaldó el proyecto de autonomía para Irlanda impulsado por el primer ministro Gladstone, el Irish Home Rule. Pero lo hizo no desde posiciones nacionalistas sino en tanto que liberal consecuente y defensor de las libertades que, como dice De Blas, trataban de reparar una injusticia histórica. Respetaba las diferencias nacionales de los pueblos que convivían en el seno de un mismo Estado, pero distinguía claramente entre el respeto a la diversidad y al hecho diferencial, propios del liberalismo moderno, y el nacionalismo político que en su afán homogeneizador amenazaba la libertad y el pluralismo. Rechazaba también el derecho a la autodeterminación por no responder a los intereses reales de los ciudadanos, sino a falsos intereses colectivos, a la voluntad de la nación, ese ente abstracto y ficticio en cuyo nombre se sacrifican los derechos y las libertades individuales: «La nacionalidad», decía, «no aspira ni a la libertad ni a la prosperidad; sacrifica ambas a la imperiosa necesidad de hacer que la nación sea el eje y el molde del Estado». La teoría de la autodeterminación era, en su opinión, profundamente antidemocrática.

Acton abordó el tema del nacionalismo, como señala Manuel Álvarez Tardío, ante la posición adoptada por Stuart Mill en 1861, en Consideraciones sobre el gobierno representativo. Como la mayoría de los liberales del siglo XIX, Mill miraba con simpatía las tesis nacionalistas que reivindicaban la liberación de los pueblos en nombre de la libertad, y era partidario, en consecuencia, de que el trazado de las fronteras políticas se hiciese conforme a criterios de nacionalidad. Acton, por el contrario, deslindó tajantemente los campos entre nacionalismo y liberalismo al afirmar que se trataba de ideologías opuestas y que la primera atentaba contra la libertad.

Concebía el nacionalismo como un retroceso histórico, como la vuelta a los tiempos de la Antigüedad, cuando las diferencias de religión, de lengua y de cultura levantaban obstáculos insalvables entre los pueblos. Pero esas anacrónicas barreras habían sido abolidas en el curso de la historia, de manera que las diferentes razas y nacionalidades podían ahora convivir en paz bajo un mismo Estado sin perder sus señas de identidad. Tal era el ideal del liberalismo moderno, defensor de la pluralidad y, en consecuencia del progreso, mientras que las exigencias de homogeneidad del ideario nacionalista conducían al estancamiento de la sociedad y estrechaban sus horizontes. Acton diferenciaba también las relaciones que nos unen a la nación de las que establecemos con el Estado. La primera es una comunidad basada en afectos e instintos, que tiene que ver con los sentimientos familiares y la nostalgia del hogar, y aunque tiene una importancia decisiva en la vida tribal, queda superada en la vida civilizada: «La cultura le emancipa [al hombre], le da el mundo para elegir de acuerdo con las ideas que le gobiernan [...] le relega de su nación y de su pasado [...] le libera de sus paisanos y de su presente».

El Estado tiene, por el contrario, un carácter ético y jurídico. Él es el defensor de las leyes y el que otorga garantías morales. La patria no son los aspectos étnico-culturales que separan a los ciudadanos. La patria son las leyes, es la libertad. Frente al patriotismo visceral basado en los aspectos raciales, Acton reivindicó, en nombre de los principios del liberalismo, un concepto de patria más elevado y racional fundado sobre valores éticos que todos los hombres podían suscribir: «La libertad es el único objetivo que beneficia a todos igualmente y no despierta verdadera oposición».

01/10/2001

 
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