ARTÍCULO

Antología del cuento triste

 

Parece que el propósito de hacer esta antología nació de un estado de ánimo, que no es el que el lector pudiera en principio imaginar. Así lo cuentan los antólogos en el prólogo con una fórmula expresiva ocurrente, pues firmándolo los dos, Jacobs y Monterroso, unas veces es éste el que habla –dice, por ejemplo, Bárbara y yo–, y otras es ella. Cuentan, digo, que en una mañana soleada de Nueva York en que paseaban por la Madison Avenue un transeúnte les paró para decirles lo bueno que era para él ver gente alegre. Curiosamente, y por esa atracción mutua que tienen los opuestos, en el autobús que les llevaba al aeropuerto, Monterroso evocó libros que son de una tristeza casi lúgubre, Our town de Thorton Wilder, la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters y el Pedro Páramo de Juan Rulfo. Como ellos mismos dicen, fue casi natural entonces que se les ocurriera elaborar una antología del cuento triste.

Pero no lo hicieron, sino que se limitaron a anotar el título de los cuentos más tristes que recordaran haber leído. Luego –aunque Monterroso quiso ampliar la lista con otros títulos pedidos a gente de su círculo de amigos, también buenos lectores– les pareció que su lista era suficiente; al fin y al cabo –según explican– comprendía un siglo de publicaciones, catorce nacionalidades, los dos continentes occidentales y seis idiomas.

A decir verdad, los cuentos así recogidos en este volumen cumplen sobradamente con eso que el libro bueno ha sido siempre para el lector devoto, la entrada en un universo de relaciones que se ofrece sin disimulos ni secretos, con la desnuda y sorprendente confianza que sólo procura la propia intimidad. A mí me ha encantado, por ejemplo, encontrarme con un cuento de Lugones que no conocía, Izur, la historia de un mono al que su dueño pretende hacer hablar y que de haber leído antes hubiera condicionado aquel mi primer libro de relatos, El origen del mono. Hay, por cierto, bastantes relatos de animales. Destaco el Adiós, Cordera de Clarín, cuya relectura suscita nuevas interpretaciones como la de que la vaca no estuviera en la idea germinal del relato sino que fuera la metáfora sobrevenida que lo hiciera posible, para denunciar la singular relación de las clases oprimidas con el Estado basada únicamente en el pago de impuestos y el servicio militar. También, Un alma de Dios de Flaubert, con ese loro, Lulú, sobre el que escribiría el inglés Julián Barnes su estupendo El loro de Flaubert. Hay también el cuento de un pájaro, El canario de la neozelandesa Mansfield, más bien flojo, y el de un perro, Tobías Mindernickel de Thomas Mann, más sádico que triste.

Porque esa es otra cuestión. A tenor del breve prólogo en que explican la génesis del libro los autores parecen considerar a la tristeza como lo contrario de la risa. Y a ello responde a la perfección la antología, en la que en efecto no hay ningún cuento alegre, pero eso no los hace necesariamente tristes. Son más bien cuentos de la no risa. Los hay que parecen el preámbulo para un tratado de sociología –el de Corrado Álvaro, por ejemplo–, otros que estarían bien en un volumen de cuentos de terror o policíacos, otros en aquella antología en que se recogiesen los desencuentros de pareja... Alguno me ha parecido desafortunado, así El caballero de san Francisco, del Nobel Iván Bunin, el primer premio Nobel ruso, lo que dice una vez más poco en favor de la Academia Sueca; otros, muy mal traducidos, como los de Mann, por quien todavía no sabe que en español es incorrecto decir: Todas las personas que habían en el andén.

Cuentos tristes, de verdad tristes, no hay muchos. Claro que, como ya digo, a lo peor mi concepto de la tristeza difiere notablemente del de los antólogos. Al abrir las páginas del volumen yo buscaba quizá sin saberlo aquel estado de ánimo, en el que me sumieron algunas jornadas de la infancia tras la lectura, acaso hecha en voz alta por alguien de casa, estado de ánimo sobrecogido y venturoso que se empapaba de solidaridad con el sufrimiento de los demás y nos dejaba así un rastro de felicidad, como el de la mano que acaricia una pena, no tanto porque aquello no nos pasara a nosotros, sino porque éramos capaces de sufrir con la persona que lo padecía.

La antología del cuento triste (Alfaguara) arranca con Bartleby elescribiente y aunque está claro que es un cuento de la no risa no es un cuento triste, no al menos como para abrir una antología. Bartleby... fue manifiestamente ignorado en vida de su autor, el genial Melville, que sufrió la desatención de los críticos y lectores de su tiempo. Bartleby... podría ser casi un antecedente de Kafka, incluso del teatro del absurdo, un antecedente secreto, por lo desconocido, lo que lo hace más admirable. Es en cualquier caso un anticipo notable de una sensibilidad que sólo muchos años más tarde alcanzaría la plenitud.

Correspondencia, de Carson McCullers, sí es un cuento triste. Excelente, precioso, muy fino, con los mínimos elementos imprescindibles. Una adolescente norteamericana que escribe a un muchacho brasileño para entablar amistad por correspondencia no obtiene respuesta. La secuencia de sus cartas hasta que decide no escribirle más es modélica. Conocemos a la niña ilusionada, asistimos a su decepción y a su empeño en mantener vivas sus ilusiones, cree en la amistad, en la bondad de la gente, y finalmente ante la falta de respuesta somos testigos de lo que se le ha roto por dentro, todo ello dicho con mesura y acierto, sin estridencias.

Llama la atención la abundante presencia de autores norteamericanos, nada menos que ocho –Faulkner está presente en dos cuentos–, con lo que la lengua inglesa es la más representada, diez cuentos en total, pues completa la lista Katherine Mansfield, autora inglesa nacida en Nueva Zelanda. La literatura en lengua española, con seis cuentos, uno por autor, va a continuación: Clarín, español, Lugones, argentino, Salarrué, salvadoreño, Onetti, uruguayo, Marqués, portorriqueño, y el propio Monterroso, guatemalteco. Le siguen la literatura rusa con Chejov y Bunin y, por último, un francés, Flaubert, un alemán, Mann con dos cuentos, y un italiano, Corrado Álvaro.

Esta sola enumeración basta para evidenciar las ausencias. Y no es tan discutible –estamos hablando de tristeza– ese claro predominio de la literatura norteamericana, como cuestionable resulta la ausencia de otras grandes literaturas, o incluso la escasa presencia, a pesar de contar con dos autores, de la rusa, tan proclive a la tristeza, o de algunas literaturas nórdicas, sin salirnos de los dos continentes de que se han ocupado los antólogos.

Cualquier antología ha de ser una selección representativa que responda a un criterio objetivo, es decir, a algo que esté en la propia esencia de lo que se antologiza. Jacobs y Monterroso han recopilado los cuentos más tristes que recordaban haber leído, eso y nada más que eso. Nada tiene que ver su trabajo, por ejemplo, con aquella antología de la literatura fantástica que hicieron en su día Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares y que añadía a las lecturas personales investigación exhaustiva, de modo que prácticamente todas las literaturas y todas las épocas estaban representadas. La tristeza es tan universal y atemporal como la fantasía, así que nada impedía que esta antología fuera tan espléndida como aquélla.

Conformémonos, pues, con lo que el libro es, los cuentos que Jacobs y Monterroso recuerdan como más tristes de los que han leído, que no es poco.

01/12/1997

 
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