ARTÍCULO

La euforia y la imagen

Fondo de Cultura Económica, México, 272 págs.
 

«Lo que queda de un libro no son frases, ni citas, ni siquiera palabras, sino un gusto en la boca, una euforia particular, el trazo de un arco, el de una puerta mudéjar; a veces un malestar.» Para algunos lectores (entre los que me cuento), la obra de Severo Sarduy (1937-1993) ha quedado asociada no ya solamente a un gusto en la boca o a una peculiar euforia, sino también a la esencia misma de la singularidad en la escritura, y aun –dicho sea sin el ánimo de hacer un simple juego de palabras-a la escritura como singularidad. Ambas cosas están en esa obra, a mi juicio, estrechamente relacionadas, porque tanto el «gusto en la boca» como la precisa «euforia» que dejan en el lector las novelas, poemas y ensayos de Sarduy son indisociables de una concepción de la literatura y de la escritura como aventura personal, con todo lo que ello supone de indagación y de riesgo; una concepción que en el caso del escritor cubano dio lugar a una obra en la que convergen, de manera insólita, espíritu barroco y orientalismo –o, para ser más exactos, profusión neobarroca y vacuidad budista–. No pretendo resumir con esto el mundo de Sarduy ni su significación como escritor, sino tan solo subrayar la rareza (bizarrerie, en el sentido que la modernidad romántica otorgó a este concepto) de su personalidad literaria y aludir a algunos de los signos que más y mejor la definen.

Como era de esperar, tales signos reaparecen una y otra vez en la presente recopilación de artículos y ensayos que el autor de Maitreya fue publicando desde la década de 1970 hasta su muerte. El título del libro, Antología, no se ajusta en realidad a su contenido, pues se trata, en efecto, de una colección de artículos críticos dispersos hasta hoy no recogidos en volumen, y no de una antología del conjunto de la obra del autor. Hay que lamentar, además, que la mayor parte de los textos incluidos omitan la mención del lugar y la fecha de publicación. Está claro que hemos de esperar todavía los trabajos de investigación que exhumen la amplísima labor crítica y ensayística realizada por Sarduy a lo largo de muchos años en publicaciones periódicas, y que encierra una muy activa y destacada tarea de crítica de artes plásticas, una de las grandes pasiones intelectuales del autor de Cobra. De esa amplia labor (excluida la crítica de artes plásticas, que habría dado lugar, sin duda, a otro volumen tan extenso como éste) la presente Antología es sólo una breve y, con todo, significativa muestra.

La actividad crítica de Sarduy no es menos singular que su obra narrativa, poética y teatral. Hay que distinguir, sin embargo, entre los libros críticos unitarios (Barroco, 1974; La simulación, 1982) y la producción crítica dispersa, una producción que, en lo que concierne a los textos de la década de 1960, el propio autor recogió en Escrito sobre un cuerpo (1969). Esta Antología habría sido, en cierto modo, la prolongación de Escrito sobre un cuerpo si hubiese integrado, como éste, los temas plásticos. En cualquier caso, no es fácil trazar una frontera precisa entre los escritos decididamente críticos y los de tema o pretexto autobiográfico (las «epifanías» de El Cristo de la rue Jacob, de 1987): existe, entre unos y otros, una común corriente de sentido y un constante intercambio de elementos. De ahí que esta Antología recoja textos de ambos tipos, y que entre ellos no sea infrecuente el ensayo mixto, esto es, el texto crítico de fuerte impregnación autobiográfica, como si la obra o el tema objeto de reflexión sólo viniera a cumplirse o a alcanzar su «definición mejor» en el espejo de la subjetividad, en los intrincados laberintos de la mitología personal.

Sarduy fue un maestro del ensayo breve, cargado de sugerencias, a menudo elíptico y siempre, en todo caso, capaz de suscitar en el lector aquella peculiar «euforia» que lo convierte a menudo en un texto memorable. No sólo un peculiar paladeo de la lengua, de la materia sonora del lenguaje o, como dice el mismo escritor cubano, de la «majestad del sonido» (la prosa crítica de Sarduy no es, en esto, menos creadora que su prosa narrativa), sino también un vasto sistema de referencias literarias y artísticas, hacen de estos ensayos un rico ejercicio intelectual en el que el autor no renuncia (no puede renunciar) a su concepción de la escritura como una forma de aventura hedónica, como una forma de placer. Buena parte de estos escritos surgieron a raíz de determinadas lecturas, desde Rubén Darío hasta Carlos Drummond de Andrade, pasando por, entre otros, Vicente Aleixandre, José Lezama Lima, Octavio Paz, Salvador Elizondo, Roland Barthes, Haroldo de Campos, Juan Goytisolo, Emilio Sánchez Ortiz, Julián Ríos, Alberto Ruy Sánchez, Reinaldo Arenas, Álvaro Mutis, Héctor Bianciotti, Edgardo Cozarinsky, Horacio Costa o Arturo Carrera. Algunos de los textos surgieron a raíz de la publicación de traducciones francesas de autores hispánicos (Tirano Banderas, de Valle-Inclán; La Regenta, de Clarín; Sombra del paraíso, de Aleixandre), a las que Sarduy quiso «acompañar» críticamente con motivo de su edición en esa lengua. Resulta muy significativo, así, que Tirano Banderas (traducido por Claude Fell para Flammarion) despierte en Sarduy una reflexión mediante la cual descubrimos que en el escritor gallego veía el cubano, en el fondo, a un autor de su propia «familia»; véanse, en efecto, los caracteres que Sarduy señala en la obra: «la mirada aguda, el sarcasmo goyesco, la insolencia, la carcajada estruendosa y corrosiva». ¿No son rasgos que definen, en parte al menos, al mismo Sarduy?

Aunque los artículos de tema artístico, como ya se dijo, han quedado al margen, no es difícil encontrar aquí referencias plásticas de todo tipo. Más bien lo contrario: se diría que Sarduy no puede evitar esas referencias, como si la pintura le hubiera servido siempre para enhebrar temas, motivos e ideas (en un ensayo sobre el tango, por ejemplo, comparecen, sucesivamente, Tamara de Lempicka, Richard Lindner y Antonio Seguí). «No puedo pensar más que en función de imagen, de pintura, de color», leemos. Más aún: «Escribo –dice Sarduy en otro lugar– para constituir una imagen, palabra que, ante todo, debe interpretarse en el sentido plástico y visual del término, y, a continuación, en otro sentido que a mí me resulta más difícil definir: algo en que uno mismo se reconoce, que en cierto modo nos refleja, que al mismo tiempo

No debe por ello causar extrañeza el que –amén del interés de los enfoques críticos de Sarduy– a la calidad «vocal» o sonora de esta prosa, antes aludida, se una aquí una casi consustancial plasticidad. De ahí que algunos de estos textos linden incluso con el poema en prosa, como, por ejemplo, los titulados «Baños» o «Encuentro hoy». Aunque la antología pudo haberse mejorado con la inclusión de artículos que no seré el único en echar en falta (citaré sólo dos ejemplos: «Un Proust cubano», de 1971, o «Hacia la concretud», de 1978, dos artículos importantes y significativos), el volumen contiene textos esenciales. Las palabras de Gustavo Guerrero –uno de los mejores conocedores de la obra del escritor cubano– resumen bien, en el prólogo, el contenido del libro: encontramos aquí «varios autorretratos del escritor, un diverso registro de sus inquietudes y aficiones, una crónica fragmentada de sus años parisienses y, sobre todo, el catálogo más completo de sus abundantes y curiosas lecturas». Todo ello en un inconfundible, profuso y, al mismo tiempo, preciso estilo hedónico que constituye, ciertamente, la «particular euforia» que de este libro queda en el espíritu del lector.

01/06/2002

 
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