ARTÍCULO

Antinomia del éxito

Planeta, Barcelona
350 pp. 21 €
 

Frente a tanta novela costumbrista y neutra, e incluso ñoña, que viene publicándose en los últimos años, Lourdes Ortiz sigue insistiendo en su empeño por dejar testimonio de las contradicciones personales y sociales de nuestro tiempo, desde su primera obra, Luz de la memoria (1976), hasta títulos inolvidables como Urraca o Antes de la batalla, entre otros. Pero en sus libros no sólo deben valorarse la claridad ideológica y la expresión valiente de los conflictos humanos, sino también la apuesta literaria, reafirmada con el tiempo, por innovar sin eludir el riesgo y por buscar las formas narrativas más eficaces.
En Las manos de Velázquez, al contrario de gran parte de las escritoras actuales, toma como motivo la peripecia existencial de un personaje masculino –en vez del habitual femenino agobiado por las minucias cotidianas– y vuelve a plantear un conflicto personal e ideológico, y no tanto por sus implicaciones políticas, como en novelas anteriores suyas, sino sobre todo por el carácter representativo y genérico del personaje en su enfrentamiento consigo mismo y con el medio o las circunstancias que, de forma voluntaria o casual, determinan su forma de vida. Él es, dicho sin preámbulos, una imagen contemporánea inequívoca, pero no por ello explícita, del ser humano que, desasosegado e indefenso, se desliza como un funámbulo en la cuerda floja.
La novela cuenta, de entrada, una historia verosímil y coherente sobre las relaciones humanas y familiares. Un ilustre profesor de arte divorciado, Teo­do­ro, soporta en continua desazón su segundo matrimonio con una antigua alumna suya, Mónica, al tiempo que escribe su gran trabajo de investigación sobre Velázquez. En torno a este eje bipolar se encaja la trama de la novela: por un lado, la situación familiar y emocional del personaje, que al ser fruto de una elección personal debería ser placentera y satisfactoria si no fuera porque su desajuste interior entra en conflicto con el exterior; y, por otro, su labor profesional que camina sin trabas por el unánime reconocimiento pú­blico.
Con estos ingredientes escribe Lourdes Ortiz, ya se ha dicho, un argumento creíble en nuestra época, pero también crea un sentido mucho más importante que se proyecta hacia lo simbólico, un mundo novelesco trenzado de contrariedades y contrastes que acaba siendo en su significado último una verdadera antinomia de los ideales y la experiencia, de los anhelos humanos y sus frustraciones. Con su trayectoria vital, Teodoro representa la desavenencia entre la búsqueda de la felicidad y su consumación. Una de­sa­ve­nen­cia cuyas causas no son ajenas a su mente o a su voluntad, ya que es su propia tortura interior la que va minando el anhelado equilibrio entre el deseo y la realidad.
A esta visión desolada de la vida contribuyen las ráfagas argumentales que reconstruyen en el relato la relación del protagonista con su anterior mujer y con sus hijos o los recuerdos del pasado familiar. No es de extrañar, por tanto, que la novela tenga varias lecturas e interpretaciones, pero entre ellas es obligado mencionar al menos dos: de una parte, el tratamiento de los celos como germen de las inseguridades y los fracasos de quien sucumbe indefenso en sus propias batallas; de otra, la escisión de la personalidad y del carácter demediados por el oxímoron entre el éxito social y la soledad interior.
Las manos de Velázquez representa, en este sentido, la dicotomía o la extrema bifurcación entre lo personal y lo público al reflejar, una vez más, la paradoja del triunfador que, si bien en lo público alcanza las cotas deseadas de bienestar y satisfacción, se resiente de forma inevitable y abismal en lo personal. Dicho de otro modo, la novela trasciende la simple anécdota de la peripecia para denotar el sentimiento, aceptado por la modernidad, según el cual el ser humano ha llegado al límite de su fragilidad al no dominarse ni a sí mismo ni al mundo en que vive.
Se dijo al principio que Lourdes Ortiz no escatima nunca los medios para buscar las formas y técnicas más eficaces. La figura de Velázquez, en su devenir biográfico y artístico, en sus parcelas privada y social como pintor de éxito y personalidad contradictoria, le sirve a la autora, dentro de un sistema metaliterario aplicado al mundo de la pintura, para configurar el contrapunto especular entre el personaje histórico y su protagonista. Éxito público y fracaso personal, reconocimiento y soledad, se corresponden y encajan paso a paso a lo largo de la novela, concediendo especial atención a la estancia del sevillano en Italia, a sus relaciones sentimentales, y al paralelismo con la desazón emocional de Teodoro.
Otro tanto, en fin, sucede con el discurso narrativo. Para materializar el conflicto íntimo del personaje, su contrariedad y paradoja, Lourdes Ortiz organiza el relato mediante un complejo juego de perspectivas y de voces superpuestas que le otorgan a la novela una estructura igualmente contrapuntística y especular. Y es aquí donde la autora muestra su madurez como novelista, pues no es nada fácil enhebrar un discurso mezclando de forma cohesiva y persistente, y sin estridencias, como ella hace, las tres personas narrativas, con el propósito de implicar al lector en la interpretación del texto, de los narradores (si es que hay más de uno, y no es siempre el personaje que se desdobla en cada ocasión) y del variable punto de vista que, dependiendo de las voces narrativas, sitúa su foco en el interior o en el exterior. 

01/09/2007

 
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