ARTÍCULO

Un yankee en la corte de Jacques Santer

 

Este libro, redactado por uno de los especialistas en asuntos europeos del equipo del presidente Clinton, estaba destinado a ser una obra menor. Escrito al calor de una empresa diplomática de dudoso alcance, la Agenda Transatlántica que elaboran, en el segundo semestre de 1995, los Estados Unidos y la Unión Europea, con el fin de fundamentar las relaciones entre ambas potencias sobre una nueva base, tras el fin de la guerra fría, el trabajo de Anthony Gardner podría haber sido un libro de circunstancias. Sin embargo, el entusiasmo de su autor, su profundo conocimiento de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea y su agudeza de académico, lo convierten en una obra digna de atención.

En el libro se narra el origen y desarrollo de las negociaciones entre la Administración norteamericana y la Unión Europea de la Agenda Transatlántica que se firmó en Madrid en diciembre de 1995 por los presidentes Bill Clinton, Felipe González y Jacques Santer. Y el acceder a las cocinas de la Casa Blanca, el Departamento de Estado o de la Comisión donde se prepara el acuerdo ya tiene su interés. Pero el trabajo de Anthony Gardner rebasa con mucho el marco de la Agenda Transatlántica para adentrarse en la explicación de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea.

Y es en este terreno en el que Anthony Gardner, como el personaje de Mark Twain, utilizando hábilmente la distancia geográfica y cultural, pone al descubierto el paradójico funcionamiento de la Unión Europea, dejando al lector europeo asombrado por la claridad y contundencia de sus juicios, tan alejados de la retórica y las mixtificaciones tan de moda entre los que hablan esa extraña jerga de lo Comunitario. Anthony Gardner nos explica sin circunloquios lo conveniente que resulta para Estados Unidos contar con un solo interlocutor, la Comisión Europea, en vez de con quince, cuando se trata de discutir sobre temas de comercio o de cooperación al desarrollo, o qué buen trabajo está haciendo la Comisión liberalizando el mercado interno entre los Quince y abriéndolo a las empresas norteamericanas, o qué frustrante es tratar sobre temas de política exterior o de asuntos policiales con los miembros de la Unión Europea porque el Tratado de Maastrich no da competencias a la Comisión y los Estados miembros no son capaces de ponerse de acuerdo entre sí.

En definitiva, nos hallamos ante un libro lleno de interés sobre una de las facetas más importantes de la Unión Europea, sus relaciones exteriores, escrita desde el otro lado del Atlántico, por el representante de una nueva generación de norteamericanos, cuyos vínculos con Europa, ya no se remontan a la segunda guerra mundial, ni a la guerra fría, sino a su época de estudiantes de temas comunitarios en el Colegio Europeo de Brujas o en la Facultad de Derecho de la Universidad de Columbia.

01/08/1997

 
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