ARTÍCULO

Ángeles y monigotes

Tusquets, Barcelona, 304 págs.
 

Tras la aparición de Fuegos con limón (1996), los sucesivos títulos que Fernando Aramburu ha ido sacando a la luz no han hecho más que ratificar la solidez de sus propuestas literarias y la posesión de una voz propia y distinta en el contexto de un panorama narrativo proclive al adocenamiento. Esta última novela viene a confirmar algunos de los rasgos más significativos de su obra precedente, en especial la preferencia por cierto tipo de personajes peculiares, cercanos a veces a la extravagancia o, en todo caso, reticentes a la integración plena en los cauces convencionales de la sociedad en virtud de unas posturas colindantes con una visión anarcoide y lúdica de la realidad. Pero casi lo más relevante, al menos en lo que se refiere a la configuración de una impronta literaria personal, es la forma de arropar a estos personajes con una estética de cuño expresionista que se manifiesta en distintos frentes: modulación de las peripecias, presentación de los ambientes en que transcurre la acción y, por supuesto, el trabajo con el lenguaje.

En El trompetista del Utopía, el elemento en que con mayor intensidad se concitan estas señas de identidad literarias es precisamente en su protagonista, Benito Lacunza, bohemio amateur, hijo pródigo y –al menos durante gran parte de la novela-hombre de prendas morales poco edificantes. La atención del narrador se sitúa casi exclusivamente sobre esta figura y en la peripecia rocambolesca del regreso, tan poco heroico, a su Estella natal con el fin de vigilar las disposiciones testamentarias del padre moribundo. La incardinación del punto de vista en un personaje tan peculiar determina que toda la ficción quede impregnada de su misma visión del mundo, caracterizada por una incompetencia radical para la vida práctica y una notable capacidad para interpretar la realidad desde unos parámetros absolutamente egoístas. El personaje de Benito Lacunza se puede inscribir en la tradición del misántropo pero, a diferencia de otros hermanos literarios, su figura no se recorta en un escenario de bondad, sino que todo lo que lo rodea (con excepción de su hermano Lalo) también aparece inficionado, en mayor o menor medida, por su personalidad mezquina y desmesurada. Tal vez sea precisamente ese interés en levantar un completo contexto ajustado al devenir esperpéntico de Lacunza lo que determina el ritmo lento y, quizá, algo desorientado del relato durante casi la mitad de su trayecto. Así, la apuesta por los morosos pasajes descriptivos y por la sucesión de pequeñas anécdotas contribuye a crear una atmósfera de tintes casi oníricos, bastante original, pero que, al ocupar el primer plano de la atención narrativa, mantiene oculto o poco accesible el referente de un conflicto dramático más vasto que se hace esperar en exceso.

Esta circunstancia da lugar a una sensación de desequilibrio en la estructura global, lo que quizá constituye el extremo más discutible de la novela. Sin embargo, merece la pena esperar al ecuador del libro para asistir al desarrollo de la verdadera peripecia que le da pleno sentido y coherencia. Porque si durante la primera mitad los tres personajes principales (Benito, su hermano Lalo y la novia de éste, Nines Ganuza) habían permanecido casi aislados en las aguas de una narración casi estancada, a partir de ahora comienzan a dibujar vínculos complejos que, activados por un incidente trágico, desembocan en el trazo de un triángulo emocional bastante intenso y original. De este modo, el solipsismo, la impermeabilidad de Benito Lacunza a cualquier incidencia del sentimiento, van haciendo progresivas concesiones a la ternura y a la entrega, al tiempo que Nines parece recobrar el rumbo de una vida dominada por la dejación de la propia dignidad. Ahora bien, para que tengan lugar estas y otras metamorfosis, que conducen a un desenlace esperanzador aunque abierto, Lalo ha tenido que realizar un acto de renuncia definitivo, justo ese gesto con el que la bondad extrema paga su tributo a la fatalidad.

Gracias a este cambio de dirección El trompetista del Utopía exorciza el peligro de convertirse en un juego reiterativo con sus propias peculiaridades estéticas, y se adentra con valentía en la exploración de algunos temas de gran calado, como no podía ser menos en un relato que, en última instancia, aspira a constituirse en la épica pequeña y algo disparatada de unos seres en busca de la felicidad. Por eso, los personajes se definen en el combate que mantiene la inercia de sus errores pasados con la voluntad de ser mejores ante ellos mismos y ante los demás. En esa pugna, que no se resuelve definitivamente pero que sí deja abierta una puerta a la esperanza, tiene un papel definitivo la presencia de una figura como Lalo Lacunza, cuyo comportamiento casi angélico cumple, si no una misión ejemplarizante, sí iluminadora. De hecho, la indagación sobre la bondad, sobre sus condiciones de viabilidad y su sentido en un mundo de mezquindades, es uno de los aspectos más estimulantes de El trompetista del Utopía , no sólo porque se formule a través de mecanismos estrictamente literarios, sino por la misma rareza del tema, al que el estigma de su aparente simplicidad lo aleja de plumas reticentes a la ambición y el riesgo. Aramburu vuelve a certificar que estas dos cualidades son inherentes a su forma de entender la novela, incluso cuando, como ocurre con ésta, esté compuesta en un tono menor.

01/11/2003

 
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