ARTÍCULO

Hacia el origen de lo sagrado

Editorial Vuelta, México, 1998
309 págs.
 

La publicación de estos Poemas (1970-1995) significa un acontecimiento dentro del mundo de la poesía de lengua española. ¿Por qué? se preguntará con razón el lector. Porque reúne, salvo el volumen último, Sobre una piedra extrema (1995), del que sólo se toman varias composiciones, toda la poesía de uno de nuestros verdaderos poetas. Tengo que señalar que el autor ha aprovechado esta publicación para introducir diversas correcciones que no cambian sustancialmente ningún poema sino que contribuyen a realizarlo. Un poema no se acaba, se ha dicho, sino en otro poema. La pregunta inicial sigue en pie y yo sigo contestando: verdadero porque desde su libro inicial, Día de aire (1970), ha hecho de su escritura un trabajo riguroso, sostenido en un amplio diálogo con la tradición española que va desde la mística al barroco y de éste a las aventuras modernas de nuestro siglo (las encarnadas por Juan Ramón, Guillén, Cernuda, Paz, Valente), y con las de otras lenguas, cuyas figuras centrales más cercanas podrían ser Stevens, Ungaretti, Seferis y Bonnefoy. Valgan estos nombres no como un panorama sino como valores emblemáticos para situar los extremos de la poesía de Robayna. Pero esto no basta porque hay poetas que, siendo herederos de estas mismas tradiciones, han heredado muy poco, y al enfrentarnos a sus poemas asistimos a recuerdos borrosos y mal pergeñados que significan una traición banal. Hay, pues, que indicar que este volumen que casi totaliza su poesía muestra algo de gran importancia que en nuestros días se olvida tanto en las artes plásticas como en la literatura: es una obra bien hecha y por lo tanto reposa sobre sí misma; es decir, que posee el tiempo suficiente para aguardar su lector. Hay libros que uno los cierra sabiendo o sospechando que con ese golpe de las pastas su contenido desaparece, pero al cerrar este volumen de poemas uno siente que sus palabras siguen viviendo, que tienen la consistencia de un paisaje o de alguien que permanece en una habitación cuando nos hemos ido: más allá de nosotros esos poemas siguen vivos. Quizás no baste y esté bien traer aquí un poema ya muy antologado: «El vaso no es una medida / sino su estancia solamente / una terraza pide al sol: / sólo la luz en que se basa / más alto el vaso no es más alto / ni menos hondo si se alza / terraza alta en su mañana / o luz altiva ya le bastan / lo que reposa en él reposa / sin ser más cosa que mirada» («El vaso de agua»).

La obra poética de Andrés Sánchez Robayna es susceptible de ser dividida en dos partes. La primera abarca desde Día de aire (1970) a La roca (1984), y la segunda se inicia en 1989 con Palma sobre la losa fría y continúa hasta el presente. Ese primer movimiento de su poesía significa un gran esfuerzo por situar su aventura dentro de una poética que exige del poema un extremo despojamiento de todo exceso verbal. Nada más alejado de Robayna que poetas como Neruda o Saint-John Perse, aunque pueda reconocer su valía puntual. Ese primer momento está asistido por una crítica de la explicación, de la amplificación, y de todo movimiento verbal que supone la hipoteca continua a un objeto exterior. Robayna acepta en este sentido por un lado la poética de Pound y por el otro el legado mallarmeano de que la verdadera palabra es la ausencia del mundo. Este extremo no significa que la obra se convierta en vacío sino que opera sobre el vacío, como enseñaron los simbolistas y los mallarmeanos llevaron a sus últimas consecuencias. Por otro lado, poeta de una continua dedicación a la crítica de arte, no como profesional sino como amante de esta disciplina, ha desarrollado una obra (a la que podemos sumar muchas páginas de La inminencia. Diarios, 1980-1995), de gran visualidad. No podría ser de otra manera tratándose de un poeta que ha dedicado varios lúcidos ensayos a Luis de Góngora, escritor eminentemente visual, que hizo de las palabras algo que no sólo podemos oír sino ver. Lo que vemos en la poesía del poeta canario es un mundo moderno que tiene que ver con Paul Klee, Cy Twombly, Tàpies y, algo que no es estrictamente forma: un paisaje que su autor ha contemplado en profundidad y ha convertido en palabras por las que nosotros podemos transitar. Diálogo, pues, tanto con la tradición moderna de la poesía como con la paralela de las artes plásticas de las que ha aprendido la búsqueda de la dignidad del signo y de la presencia.

En la segunda parte, Robayna ha dado un paso más en la profundización de lo que sólo torpemente se puede llamar proyecto, salvo si a ese término añadimos la palabra destino: elección y proyección en lo irremediable. Se trata de libros que contienen poemas de versos más extensos y sueltos, con una referencialidad mayor. En algunos momentos no sólo no huye de las formas clásicas sino que las busca trabajando sobre estructuras endecasilábicas, pero siempre forzando los versos de manera que evita la facilidad, peligro en el que tantos poetas españoles actuales caen y no se levantan. Si ya en la primera etapa el paisaje/naturaleza aparecía como la persistencia más allá de nuestra insuficiencia de ser, ahora descubre la dimensión sagrada de esa realidad. Poesía órfica, en línea con las exploraciones teóricas de un George Steiner; poesía no como depositaria de lo religioso sino como origen de lo sagrado. El poema, y la poesía de Sánchez Robayna es buena muestra de ello, es el testimonio de la distancia y el espacio mismo de la reconciliación. Poesía: cuerpo sumergido que toca, si se lo llama, la claridad.

01/10/1998

 
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