ARTÍCULO

Andrés Bello: el intelectual hispanoamericano

Editorial Universitaria, Santiago Chile
 

Andrés Bello (1781-1865) fue quizá el intelectual de mayor estatura e influencia en la Hispanoamérica del siglo XIX. Su trabajo –primero en su nativa Venezuela, después desde Inglaterra y finalmente en Chile, su patria adoptiva– y el impacto de su obra le dieron a su nombre una indudable dimensión internacional. En el mundo hispánico se le reconoce por su contribución a la unidad de la lengua castellana. Sus intereses desbordaban la gramática y la lingüística: las relaciones internacionales, la historia, el periodismo, la administración pública, las ciencias naturales, la educación o la jurisprudencia. Pero Bello tiene una de esas famas que, por ser tan grandes, se dan por descontadas, cuyo nombre se cita con frecuencia sin mayor conocimiento, así como se repiten referencias a sus libros hoy con escasos lectores. La excelente biografía de Ivan Jaksic –Andrés Bello: la pasión por el orden – es una invitación novedosa a reconsiderar su extraordinario significado. El mayor de ocho hijos, con padres de ascendencia canaria, Bello nació en Caracas, donde transcurrieron sus primeros veintinueve años de vida. Tras graduarse como Bachiller de Artes en 1800, ingresó poco tiempo después en la administración virreinal. En 1808, con la llegada de la imprenta, lo nombraron redactor principal de la Gazeta de Caracas. Cuando en 1810 los criollos establecieron la junta que precedería a la declaración de independencia, Bello seguía vinculado al gobierno colonial, el paradigma del «funcionario burocrático perfecto». En palabras de Jaksic, «hacía lo que pedían y mantenía sus opiniones como asunto privado». Su talento era ya apreciado. Los encargados de la nueva junta, aún leales a Fernando VII, no sólo lo mantuvieron en el nuevo gobierno sino que lo destinaron en misión diplomática a Inglaterra, donde marcharía con Simón Bolívar y Luis López Méndez en junio de 1810. Su visita a Inglaterra, en principio temporal, se convirtió en exilio duradero, en medio de enormes dificultades financieras y sujeto a las incertidumbres de una independencia que provocaba serios dilemas para quien había prestado leales servicios a la corona. Sus lealtades políticas, como bien lo muestra Jaksic, se transformaron gradualmente. Lamentó primero el colapso del imperio español. Favoreció después una monarquía constitucional. Y finalmente se comprometió con la república. Sus simpatías monárquicas no cayeron bien en el gobierno colombiano, sobre todo cuando una carta que le dirigió a Servando Teresa de Mier en 1821 terminó en manos de Pedro Gual, quien manejaba entonces las relaciones exteriores de la nueva república. Su monarquismo inicial se ajustaba a su espíritu, además de reflejar la influencia de su amigo más cercano durante esos años en Londres, el español José María Blanco White. Y cualesquiera que hubiesen sido sus inclinaciones, para la década de 1820 su trabajo se orientó decididamente a prestar apoyo a la construcción del orden republicano. Bello llegó a Inglaterra en su juventud madura. Durante sus años previos en Caracas ya había manifestado su interés por las más variadas áreas de la administración pública, lo que le brindaría un conocimiento que mantendría hasta el fin de su vida. En Inglaterra profundizó sus estudios y expandió sus horizontes. Fue asistente del filósofo James Mill en sus trabajos sobre Bentham, cuya obra, sin embargo, dejó muy pocas huellas en Bello, alejado por formación y principios de su agnosticismo y constructivismo. Con Blanco White, Bello estuvo más cercano a los círculos intelectuales whig de la casa Holland y de la Edinburgh Review. Pero en Inglaterra también estrechó lazos con otros hombres de letras americanos y españoles. Con el colombiano Juan García del Río promovió y redactó la revista Biblioteca Americana, empresa reanudada en el Repertorio Americano –ambas publicadas en Londres–, esfuerzos de colaboración intelectual destacados, según Jaksic, como entre los «más importantes de la historia de la independencia». La época inglesa de Bello fue productiva –en el campo de la lingüística y en la diplomacia–, pero estuvo marcada más por las dificultades, la tragedia personal y las angustias económicas. En 1821 morían su primera esposa –Mary Ann Boylan– y su tercer hijo. Sus penurias financieras estuvieron de alguna forma determinadas por la inestabilidad de las mismas naciones emergentes a las que prestaba sus servicios. El guatemalteco Antonio José Irrisarri describiría a Bello en 1820 como «un verdadero sabio por su carácter y sabiduría y hasta por la resignación con que soporta la pobreza». Su condición económica no mejoró en la siguiente década, mientras se incrementaban sus responsabilidades familiares frente a cuatro nuevos hijos de su segundo matrimonio con Elizabeth Dunn. Agobiado por las preocupaciones económicas, receloso de la falta de simpatía de Bolívar hacia su persona y sin claras perspectivas profesionales en su patria, Bello decidió aceptar el ofrecimiento del gobierno chileno de trabajar como oficial mayor en uno de los ministerios de Santiago. Cuando Bolívar se enteró de los planes de Bello, le escribió al jefe de la legación colombiana en Londres: «Ruego a Ud. encarecidamente que no deje perder a ese ilustrado amigo en el país de la anarquía». Pero cuando el Libertador escribía la carta, ya Bello se encontraba rumbo a Santiago. Nunca se lamentaría de su decisión. Bello llegó al puerto de Valparaíso el 25 de junio de 1829, y allí comenzaría «la etapa más productiva de su vida». Ese «país de la anarquía» al que se refería Bolívar se convirtió pocos años después en la república paradigmática del orden en Hispanoamérica. La contribución de Bello fue inmensa. «Como redactor de prensa, hombre de confianza de los líderes del gobierno, funcionario de la administración pública y uno de los arquitectos de la Constitución de 1833, la biografía de Bello y la historia de Chile –observa Jaksic– se encuentran inseparablemente unidas». A pesar de algunas críticas iniciales contra su presencia, Bello fue apreciado desde su llegada por la sociedad chilena. Aunque contratado por el gobierno liberal de Francisco Antonio Pinto, mantenía estrechos lazos con figuras conservadoras como los Egaña, padre e hijo, con quienes compartía mayores afinidades intelectuales. Su «compadre» Diego Portales, cuyo nombre se identifica con la consolidación de la institucionalidad chilena, lo tuvo en gran estima hasta propiciar su elección como senador en 1837. Las tres administraciones decenales de Prieto, Bulnes y Montt reconocieron sucesivamente su talento, que emplearon también en la redacción de sus mensajes presidenciales al congreso. Hasta el momento de su jubilación en 1852, Bello mantuvo su cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde fue una «figura clave de la política internacional» de Chile. Y en 1843 lo nombraban además rector de la Universidad de Chile, cuya fundación se estableció con su concurso. Bello fue, en efecto, uno de los principales arquitectos en la construcción del conocido «orden portaliano», que sirvió de base al desarrollo chileno durante el siglo XIX. Su aportación fue sin lugar a dudas extraordinaria, por la diversidad de campos que cubrió y por la intensidad de su tarea en las distintas ramas de la administración estatal. Es, sin embargo, en el terreno de las ideas donde la herencia de Bello adquiere toda su dimensión y significado. La productividad intelectual de Bello desde su llegada a Chile impresiona, tanto por su volumen como por su impacto. Sus Principios de derecho degente, libro publicado por primera vez en 1832, se convirtió desde su aparición en «el tratado tal vez más influyente de derecho internacional en Hispanoamérica en el siglo XIX ». A la edición chilena siguieron sendas publicaciones en Venezuela (1837), Colombia (1839), Bolivia y Perú (1844), y dos ediciones más en Chile revisadas por Bello aún en vida (1844 y 1864). Difícil sobrevalorar la importancia de esta obra, dedicada, como Jaksic lo señala, a «fundar la legitimidad internacional de las naciones que surgían del proceso de independencia», cuyo surgimiento no había sido hasta entonces tenido en cuenta por los tratados disponibles en la época. En 1847, Bello publicó su Gramática de la lengua castellana, un trabajo que también tuvo finalidades políticas. Jaksic destaca que aunque hablaba de «gramática nacional», Bello buscó garantizar «un medio compartido de comunicación con otros países hispanoparlantes», y «mantener la continuidad con la evolución histórica del castellano». Bello también creía en el poder de la lengua como instrumento para promover, a través de la educación, las virtudes y la moral. Como lo expresa Jaksic, «el lenguaje era tal vez el pilar más importante de un concepto de república, puesto que proporcionaba la clave para el desarrollo de una cultura postcolonial». Una cultura que, lejos de cualquier rompimiento radical con el pasado, Bello concebía sobre sus antiguas raíces hispánicas. Ese interés por asegurar el cambio de forma gradual, con respeto por la matriz histórica de las nuevas naciones, se volvió a reflejar en el Código Civil que Bello terminó de elaborar en 1855. Fue, según Jaksic, su obra «más importante [...] y la de mayor impacto jurídico, político y social». Sus repercusiones desbordaron las fronteras chilenas. Diversos estados de la federación colombiana lo acogieron como suyo desde 1858, y en 1873 el Congreso lo adoptó para toda la república. El Código de Bello fue así mismo adoptado por El Salvador, Nicaragua, Ecuador, Panamá, Honduras y Venezuela, mientras que influyó en las respectivas legislaciones de Uruguay, Brasil, Argentina y Paraguay. Todas estas y otras de sus múltiples tareas intelectuales y administrativas estuvieron unidas por el propósito central de la obra de Bello, que Jaksic retrata en el título de su biografía: «la pasión por el orden». El orden que surge de su análisis es el de un principio cargado de valores positivos, asociados con la consolidación de la soberanía y de los estados nacionales, y con la seguridad como garantía de la libertad. En contra del Bello conservador, popularizado desde el siglo XIX por su ex alumno José Victorino Lastarria, Jaksic ofrece la imagen sutil de un liberal moderado, enemigo de la violencia jacobina y defensor del gradualismo, un Bello comprometido no «con líderes específicos» sino con la construcción de «un sistema político y legal impersonal». Tanta productividad exigía una devoción al trabajo que, como lo describe Jaksic, Bello mantuvo durante el resto de su vida en Santiago: «Se levantaba de madrugada, bebía una taza de chocolate caliente y trabajaba en la casa hasta el almuerzo (9-10 a.m.) [...]. A continuación, dividía su tiempo entre el Ministerio de Relaciones Exteriores. La cena se servía temprano, entre las 4:30 y las 5:00 de la tarde, y era seguida de caminatas ocasionales [...]. Enseñaba clases privadas en su casa, en donde también preparaba sus artículos para El Araucano». Los problemas de salud y el dolor de las pérdidas de otros hijos lo acompañaron en sus últimos años. Lo perseguía también la nostalgia eterna del exiliado. Al frente de su cama había colgado un grabado de Caracas que le había enviado su hermano, «quizá el último objeto que contemplen mis ojos cuando diga adiós a la tierra». Dijo adiós en 1865, a los setenta y cinco años de edad. Y en el cortejo de su despedida se contaron unas diez mil personas, un «gentío –según El Mercurio– de todas las clases y condiciones sociales», en muestra del general aprecio que alcanzó a conquistar entre los chilenos. La vida y obra de Andrés Bello son examinadas en el libro de Ivan Jaksic de forma magistral. En su búsqueda de fuentes manuscritas, el número de archivos y bibliotecas visitados por el autor es impresionante: en Santiago, Caracas, Simancas, Londres, Oxford, Boston, Madrid, Berkeley, Cambridge, Bloomington, Washington, Liverpool. Jaksic combina la rigurosidad académica con una prosa fluida para producir una ejemplar biografía intelectual, género todavía inexplorado por la historiografía moderna hispanoamericana. Al reconsiderar el significado de Bello, Jaksic ha logrado también revalorar el importante papel de las ideas en la historia de estas naciones. Y demostrar que los intelectuales hispanoamericanos del siglo XIX, entre los que Andrés Bello ocupa un lugar destacado, no fueron meros imitadores de las modas europeas de la época.

01/04/2004

 
COMENTARIOS

José Ramón Bravo 25/05/13 11:46
Buen artículo: he tenido el gusto de publicarlo en mi sitio web www.hispanoamericaunida.com, citando autor y fuente.
Un cordial saludo
José Ramón Bravo

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