ARTÍCULO

Réquiem por el héroe insultado

Muchnik, Madrid, 1996
Traducción de M. Rubio Col. Anábasis, Anaya & Mario
 


Se cumple el vigésimo aniversario de la desaparición de André Malraux, y mientras en Francia lo celebran bajo una tonalidad satinada de muerte, en España la fecha coincide con una publicación que posee también el sabor de la mortalidad: un conjunto de diez piezas oratorias escogidas casi todas entre las más significativas intervenciones públicas de Malraux como ministro y que tienen en común la ambición de una elocuencia trascendente a la que mitiga sin cesar una grave ternura.

Los pueblos que veneran a sus muertos acaban siendo maestros en esas tristes cosas. Los franceses, con el fin de honrar al autor de La condición humana, han persistido en una práctica que comienza a ser una costumbre, y han exhumado sus restos para trasladarlos al Panteón de Hombres Ilustres. Que hayan pasado veinte años en esta especie de cuarentena fúnebre hasta su reposo en aquel elevado lugar de la gloria póstuma no es más que la confirmación de que la personalidad notable de Malraux ha superado la prueba del tiempo en el crisol que aquilata a los hombres excelentes a los ojos de sus compatriotas agradecidos. Malraux no siguió en vida otra carrera que la del filo en el que se juntan el naufragio ya inmortal del siglo XX y un heroísmo que trataba de medirse con el mundo, sin volver la espalda a nada que fuera un ataque a la dignidad humana. Al menos una parte de su biografía puede ser contada como el relato de un combate a brazo partido con la muerte y el riesgo fatal, un relato en el que los peligros en que se puso eran proporcionales a la exigencia de vivir con un compromiso, de cara a la acción y de acuerdo con la verdad. De la estirpe de T. E. Lawrence, a quien admiraba y cuya existencia seguramente hubiera adoptado como modelo, no dejó de codearse con la muerte durante años, desde que en 1923 fuera acusado y condenado en Indochina por el robo de obras de arte; en 1934, su avión estuvo a punto de estrellarse en el Aurès argelino; en la guerra española, fue herido por dos veces; en 1940, su tanque cayó en una trampa de la que se salvó de milagro; en el 44, siendo ya uno de los jefes de la Resistencia, fue detenido por la Gestapo y sometido a un simulacro de ejecución. «Sein zum Tode.» La frase fue acuñada por Heidegger para referirse a la única existencia auténtica que concebía, «ser para la muerte», y el crítico Lucien Goldmann la ha relacionado atinadamente con la obra de Malraux. En efecto, su biografía domina y modela su obra como el símbolo de una fuerza que la envuelve, de manera que sus libros son hitos de una larga y única meditación sobre la muerte. Y estas Oraciones fúnebres, en la medida en que son textos menores, traen sencillamente, adornada con los matices justos, la prueba violenta de que el sacrificio liberador de algunos hombres, el culto póstumo que les dedicamos, reúne a partes iguales un sentimiento de admiración y el eco de un espanto, servidos con un artificio que consiste en convertir en hazañas sus acciones y en elevarlos a la categoría de héroes. Malraux dirige el foco de sus oraciones fúnebres a iluminar lo que quiere que sea el veredicto de la Historia sobre su héroes, mientras deja que el tono se le infle en las palabras expelidas, sopladas, como si la voz que las pronunciara procediera de la cúpula omnipresente del tiempo que todo lo traspasa.

Los combatientes de la Resistencia o los deportados en los campos nazis, los personajes como Juana de Arco, pero también los constructores de la Acrópolis y los de las pirámides egipcias, y los artistas como Braque o Le Corbusier, son objeto de estas «oraciones» que emulan la altisonancia de las de Bossuet sólo en la medida en que el propio estilo de Malraux tiende naturalmente a la expresión grandiosa, y por la seriedad que exige el trato con los conceptos de muerte, combate y valor, que se repiten en todas ellas en dosis distintas. Si no resultan cargantes, es el mérito de alguien que está acostumbrado a administrar con tiento la solemnidad del instante y a medir con cuidado los efectos que causan en un auditorio las palabras. Y sobrecogidas debían quedar las muchedumbres que las escuchaban cuando Malraux se aplicaba en señalar y describir con énfasis conmovedor la herida de estos héroes suyos, una herida que casi siempre (la santa Juana de Arco, el organizador de la Resistencia Jean Moulin, el pintor Georges Braque) tiene la forma de una ofensa a su manera de ser consecuentes hasta el fin.

En el fondo, todos los héroes tienen su momento de «héroe insultado». Algo ominoso nos alcanza cuando delante de ellos y en contraste con su «genio» se destaca la imbecilidad o el odio de la especie; un oprobio así es el que, al final, se vuelve contra ellos. La muerte, sin duda, los restituye como los favoritos del mundo que son, y cada evocación póstuma de uno cualquiera de ellos debería convertirse, como lo hace aquí Malraux, en un réquiem general por el héroe insultado: «La gloria encuentra en el ultraje su supremo esplendor». Tal vez con esas palabras pronunciadas en voz alta haya justificado también su propia leyenda de hombre que aunó con ardicia acción y pensamiento. El caso es que con la persuasiva majestad de una gran ceremonia, se nos introduce en distintos momentos de la historia de Francia y Europa como «en el fondo de la gran noche fúnebre» sobre la que sobresalen los festejados héroes. Hoy, cuando la época oscura hace más difíciles los encuentros con héroes y más fáciles los encontronazos con villanos, el mismo Malraux se presenta como el héroe que ha sabido no morir, gracias a la última audacia de su obra.

01/02/1997

 
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