ARTÍCULO

Justos (burgueses) por pecadores (revolucionarios)

 

En la era de la convergencia económica y política de los estados europeos, algunas evoluciones historiográficas nacionales parecen estar siguiendo derroteros profundamente divergentes. En Alemania florecen los estudios sobre la composición e identidad de la burguesía europea del siglo XIX ; en España, en cambio, crece el descrédito del concepto mismo de «burguesía» como herramienta conceptual para la investigación y la síntesis en historia contemporánea. En ambos casos se asiste, además, a un ajuste de cuentas con tópicos historiográficos arraigados y en cierta medida opuestos: mientras en Alemania se cuestiona la sempiterna imagen de una burguesía débil y subalterna de la aristocracia prusiana entre los siglos XIX y XX , en España, por el contrario, se ha ido socavando el supuesto heredado de una «burguesía revolucionaria» protagonista de los cambios en la sociedad y en las instituciones decimonónicas. En un sitio se descubren burguesías justo cuando en otro están siendo enterradas. Josep M. Fradera y Jesús Millán han compilado una serie de artículos extraídos del monumental trabajo orquestado por Jürgen Kocka desde la Universidad de Bielefeld, acercando al lector en castellano la nueva dirección de la historiografía contemporánea en la Alemania reunificada. La traducción del libro de Jesús Cruz sobre las prácticas sociales de los grupos medios madrileños desde finales del Antiguo Régimen hasta los comienzos del liberalismo ilustra, por su parte, la manera en que la burguesía española del XIX está quedando reducida a pura leyenda.

La renovación de los estudios sobre la burguesía continental ha partido en Alemania del arraigado debate sobre el Sonderweg o «camino histórico singular». Debido en gran medida a la experiencia del nazismo, toda una generación académica de la República Federal alemana compartió durante la posguerra una representación de su historia contemporánea fundada en la idea de una modernización incompleta, desequilibrada y divergente respecto de la pauta de los países atlánticos. La trayectoria de los territorios alemanes antes y después de la unificación de 1870, se decía, presentaba todo un conjunto de anomalías en la transformación de las estructuras económicas, las instituciones políticas y los valores sociales. Esta peculiaridad histórica de Alemania, que habría desembocado en la crisis sin parangón de su liberalismo en la década de los treinta, apuntaba directamente a la burguesía como crucial responsable de los déficit de compromiso cívico y cultura moderna a escala nacional. Mas, a comienzos de los años ochenta, este consenso historiográfico sufrió la repentina embestida de una serie de historiadores «germanistas» originarios de Gran Bretaña (David Blackbourn, Geoff Eley y Richard Evans en primer término); desde su propia tradición intelectual nacional, estos autores señalaron importantes inconsistencias en la interpretación de esa supuesta singularidad negativa alemana. En particular, objetaron que una burguesía sin protagonismo político hubiera de implicar una cultura burguesa marginal o una sociedad in extenso sin socialización en valores y prácticas burguesas. El proyecto dirigido por Jürgen Kocka a finales de la década de los ochenta revela que la historiografía germana ha ido incorporando críticamente las nuevas propuestas importadas, y que se encuentra en condiciones de efectuar una más ambiciosa revisión de toda esa perspectiva sobre el siglo XIX europeo que en su momento reflejó a la perfección aquel prestigioso texto de Arno Mayer sobre la persistencia del Antiguo Régimen.

Una obra de tres extensos volúmenes publicada en 1988 en alemán ha sido condensada en castellano en un solo libro integrado por una docena de artículos que finalmente ven la luz tras complicados avatares editoriales. En él aparecen reunidas por primera vez en la historiografía europea dos tradiciones metodológicas bien distintas. Una es el enfoque macrosociológico comparativo, de sólida implantación en el mundo académico atlántico, y que tiene en el propio Kocka a un prestigioso baluarte por su experiencia en el análisis de los cuadros medios empresariales alemanes y norteamericanos en el siglo XX . La otra es la corriente de estudios semánticos de terminología histórica, línea profundamente nacional e idiosincrásica de Alemania, que se apoya en el sólido diccionario de conceptos fundamentales (Geschichtliche Grundbegriffe) de Brunner, Conze y Koselleck. Por medio de la primera se cuestiona el estereotipo convencional de una burguesía definida a través de rasgos propios de la inglesa y la francesa, y se propone como alternativa dibujar con precisión y rigor los contornos de los grupos específicos que se daban cita en las clases medias alemanas, lo cual se efectúa a través de sus contrastes con otras clases sociales y burguesías nacionales europeas. A través de la segunda se rechaza de plano la pretensión de definir normativamente y «desde fuera» conceptos como «burguesía» y «clases medias», que eran parte integrante del lenguaje empleado por los propios sujetos históricos decimonónicos y que tienen su propia historia. En suma, se trata de un conjunto de trabajos que comparten el interés por la explicación y la comprensión, que se sirven del análisis cualitativo tanto o más que del cuantitativo, y que proponen una definición abierta y en construcción del concepto de «burguesía», combinando criterios estructurales de clasificación y otros basados en las representaciones colectivas por medio de las cuales se definían las jerarquías sociales emergentes en el orden liberal.

El principal hallazgo empírico de esta investigación comparada es una identidad burguesa germana que, pese a la subalternidad política respecto a la aristocracia Junker, y en parte precisamente por ello, desarrollaría unos rasgos nítidamente marcados frente a otros grupos sociales. Esta interpretación cuestiona abiertamente el supuesto de que en los grupos estratégicamente débiles se imponen valores ajenos. Pero además, concluyen los trabajos, el relativo aislamiento de esta burguesía no bloqueó su capacidad de influencia sobre la sociedad antes y después de Bismarck: más bien al contrario, todo indica que sus valores fueron tiñendo numerosas instituciones sociales y culturales, aunque el balance es variado debido a que los grupos que constituían las clases medias alemanas estaban desunidos por los orígenes y la trayectoria. Al hilo de esta nueva síntesis se producen importantes renovaciones de enfoque que no pueden pasar inadvertidas a los lectores españoles. Destaca el brillante artículo de Langewiesche sobre la compleja relación entre liberalismo y burguesía en el siglo XIX europeo, que somete a escrutinio la noción convencional de «revolución liberal»; también merece consideración especial el completo análisis comparado de Mosse sobre las variadas posiciones de las burguesías europeas dentro de las élites dominantes y frente a las respectivas aristocracias, así como el sugerente artículo de cierre de Frevert sobre el «aburguesamiento» de una institución tan típica del ethos de la nobleza del Antiguo Régimen como es el duelo.

Tenemos aquí, en definitiva, una reivindicación en regla de que Alemania tuvo su burguesía y, por extensión, de que el XIX sigue siendo un siglo incomprensible sin la burguesía. Sin duda, es el concepto mismo de «burguesía» el que ha experimentado cambios significativos en ese trayecto: ahora se entiende ésta como un grupo variado por sus orígenes y por las distintas posiciones que ocupa dentro de las instituciones del liberalismo y en su esquema de reputaciones sociales. Con todo, la burguesía se distingue con claridad por las imágenes que sus miembros comparten acerca de otros grupos y por el sentido general que dan a los cambios de la época. Puede objetarse que la nueva definición es menos analítica que la tradicional noción clasista. La contrapartida, no obstante, es que se vislumbra todo un nuevo espacio abierto para el estudio de los grupos sociales en la historia contemporánea, pues una vez deshecha la identificación entre burguesía y revolución (o si se prefiere, entre burguesía y modernización económica, social o política exitosa), lo que viene a ocupar el primer plano es el universo de la socialización burguesa y, en torno de ella, el análisis de los contornos de la moderna sociedad civil país a país. Para los compiladores, de lo que se trata es de estudiar «la inserción de la racionalidad burguesa... en conjuntos sociales complejos» (pág. 20); más bien habría que decir que lo que Kocka está aventurando –de forma análoga a otros como Peter Gay en sus estudios sobre la experiencia burguesa– es una historia de «lo burgués» como sensibilidad, es decir, una suerte de antropología necesariamente compleja y sutil cuyo conocimiento histórico obliga a despojarse de las típicamente ilustradas distinciones entre lo público y lo privado, entre racionalidad y emotividad... Se trata de un enfoque que recomienda también incorporar al análisis las representaciones colectivas de la época para comprender cómo se construyen los sujetos sociales a partir de los recursos culturales (o interpretativos) disponibles en cada contexto histórico nacional.

España, junto con Portugal y los países nórdicos, queda fuera del eje comparativo de estos trabajos (no así Italia, que está presente en algunas comparaciones relevantes). Las razones son tal vez meramente técnicas; pero lo cierto es que la sensación de excentricidad de la historiografía española se dispara al contrastar esta ambiciosa propuesta procedente del Zentrum für Interdisziplinäre Forschung de Bielefeld con la trayectoria reciente del debate sobre la revolución burguesa en España, sintetizado en la obra de Jesús Cruz. El estudio de las bases sociales de la «revolución liberal» española lleva a este hispanista de origen español afincado en Estados Unidos a efectuar un minucioso estudio de las fuentes de riqueza y las estrategias de ascenso social de diferentes contingentes de las clases medias madrileñas –comerciantes, banqueros, burócratas y políticos– desde mediados del siglo XVIII hasta el primer liberalismo. El análisis remarca la continuidad, en sus prácticas de reproducción social, de las nuevas élites urbanas respecto de los hábitos heredados del Antiguo Régimen; de paso, le sirve al autor para revisar veinte años de historiografía contemporánea.

Cruz se apoya también en dos corrientes teóricas y metodológicas, pero muy distintas de las invocadas por Kocka. Por una parte, en la nueva historia económica, cuyas recientes interpretaciones sobre las causas y el perfil del atraso histórico de España respecto a Europa son asumidas como punto de partida para definir el contexto y los límites de la actividad económica de las élites sociales y políticas entre los siglos XVIII y XIX . Por otra parte, en la antropología social y cultural de la familia, reforzada por el empleo de las nociones de «capital social» y «habitus» de Pierre Bourdieu. Pese al interés de estas dos perspectivas por separado, no está claro que Jesús Cruz haya sido capaz de vadear la inmensa falla epistemológica que separa el radical individualismo utilitarista de la teoría económica respecto del colectivismo de la sociología de Bourdieu, salto para el que resulta insuficiente la invocación de E. P. Thompson y su vaga noción de «experiencia».

La investigación hace patente la contradicción entre ambos enfoques. El autor asume que una clase «no se define como un agregado de agentes con una misma posición en el proceso productivo, sino como un conjunto de normas, hábitos, significados, costumbres y símbolos con los que se identifican grupos de individuos» (pág. 20); pero el método de estudio de esas clases medias es el análisis de una muestra de personajes individuales aleatoriamente extraídos de protocolos notariales. Puesto que para el autor las normas y prácticas colectivas no se explican desde microfundamentos sino a partir de nociones macrosociales, la muestra empírica debería haberse adaptado a esa básica autoexigencia teórica, definiendo una heurística más adecuada que la estadística probabilística y la biografía modélica que emplea. La muestra en sí tampoco es del todo apropiada, según manifiesta su sesgada cronología: aunque el autor proclama que su estudio de los grupos medios madrileños abarca un arco centenario –1750 a 1850–, los datos se concentran especialmente en el lapso 1780-1820, dejando fuera precisamente los años del primer liberalismo, consolidado sólo a partir de 1833-1840; ello facilita claramente que algunas conclusiones empíricas abonen esa imagen de continuidad con el universo de conductas heredadas del siglo XVIII .

Estamos, en cualquier caso, ante un prolijo trabajo de reconstrucción de prácticas sociales de un nutrido elenco de personajes relevantes del Madrid de finales del Antiguo Régimen. Ello da a la investigación entidad por sí sola y hace del estudio un ejemplo avanzado de prosopografía histórica. Cruz rastrea la urdimbre de relaciones personales, matrimoniales, empresariales y de afinidad de varios centenares de notables madrileños, realizando el más acabado cuadro hasta ahora disponible de la oligarquía financiera y política de la capital en el paso al siglo XIX . Explota con buen método la abundante pero dispersa información de los protocolos notariales, y logra configurar un catálogo altamente representativo de la estructura de la riqueza patrimonial de las clases medias madrileñas, clasificando los distintos grupos ocupacionales según la composición de sus fortunas, sus niveles de ingresos y sus orígenes territoriales y sociales. Sobre esta base de datos cuantitativa, Cruz reconstruye trayectorias individuales y redes colectivas de personajes representativos en busca de sus estrategias de reproducción económica y ascenso social. Y afirma que, por detrás de su discurso público modernizador, estas élites, en sus prácticas cotidianas privadas, se servían de redes de amigos y parientes para mejorar su posición, se apoyaban principalmente en la familia como instrumento de dominación y concebían las relaciones sociales en términos de prestigio, lealtad personal y solidaridad estratégica. Del elenco de trayectorias seguidas resulta destacable la perfilada biografía que hace de Cabarrús, arquetipo de un modo de hacer colectivo innovador en el lenguaje pero tradicional en lo sustantivo.

Según Cruz, a mediados del siglo XIX es patente que «en profunda contradicción con los principios más elementales del ideario liberal» (pág. 207) las nuevas élites reproducían aún los duraderos hábitos sociales del status y el privilegio del Antiguo Régimen. La interpretación resulta persuasiva, sobre todo si uno asume de antemano los criterios dicotómicos –público/privado, personal/contractual...– con que aparecen clasificadas de forma excluyente las diversas prácticas que definen a los protagonistas de su estudio. Lo cierto es que con este utillaje conceptual es muy difícil identificar actitudes sociales «modernas» o «revolucionarias», incluso en el siglo XX y para otras sociedades más desarrolladas. Pero incluso aceptando su enfoque, el autor no parece reparar en que esa «constante ambivalencia entre el discurso público y las prácticas privadas» (pág. 175) de las clases medias del XIX , más que mostrar la persistencia de «habitus» tradicionales, ilumina en realidad uno de los rasgos probablemente más definitorios de lo que, desde el romanticismo, se identifica como parte de la sensibilidad burguesa: la hipocresía. Detrás de la generalización de esas dobles morales que Cruz recurrentemente atribuye a sus notables madrileños ha de haber necesariamente todo un sutil pero profundo y duradero cambio cualitativo en los valores colectivos legítimos.

Con todo, es posible que las clases medias españolas de la primera mitad del siglo XIX estuvieran, como concluye Jesús Cruz, mucho más fuertemente impregnadas de valores heredados que sus homólogas europeas. Lo que, en cambio, no resulta de recibo es que para interpretar así la sociedad del primer liberalismo sea indispensable enterrar la noción de «burguesía» como categoría analítica y descriptiva, según propone en su revisión final del largo debate sobre la revolución burguesa en España. La comparación con la propuesta de Kocka resulta altamente pertinente en este punto. Cruz se parapeta detrás del supuesto –plenamente deudor de la tradición de las teorías de la modernización– de que la burguesía debe preexistir a la revolución y, a la vez, de que dicha burguesía es completamente dependiente de los resultados de la revolución. Dados los límites para el cambio estructural revolucionario que Jesús Cruz asume para el caso español, no hay en buena parte del siglo XIX espacio para el desarrollo de la sociabilidad burguesa. Con estos presupuestos, se hace pagar a justos (burgueses) por pecadores (revolucionarios). Por el contrario, en los textos editados por Fradera y Millán, la sociabilidad burguesa es posible aunque no tenga éxito la revolución y a pesar del limitado protagonismo burgués en el proceso revolucionario; la burguesía adopta, eso sí, una fisonomía singular país a país que corresponde justamente al historiador desentrañar.

La diferencia no es baladí; afecta a la supervivencia de conceptos básicos para el análisis histórico. Cruz rechaza que con el concepto de «burguesía» se pueda dar cuenta de la configuración de las clases medias españolas decimonónicas. Pero la alternativa que propone es decepcionante para el científico social: el término «notables» es más bien descriptivo y sintético, no puede medirse en términos de valor analítico con la noción de «burguesía» replanteada por los de Bielefeld. La gran paradoja de Los notables de Madrid es, además, que el título original de la obra en inglés era bien diferente, e incluía términos preñados de significado: Gentlemen, Bourgeois and Revolutionaries [caballeros, burgueses y revolucionarios]. La sustitución de «burguesía» por «notables» parece ser así el peaje que Jesús Cruz debe pagar por ocupar un puesto en una historiografía, la española, que evoluciona a contracorriente de una parte importante de la europea, pues ni siquiera en la Francia que ha popularizado a estos «notables» se cuestiona la necesidad de un concepto analítico de «burguesía», término que además estaba perfectamente incorporado en el lenguaje de la sociedad civil posrevolucionaria europea. Aplicando la hipótesis avanzada por Kocka para la burguesía del XIX , podría sugerirse que esa aparente capacidad que muestra la historiografía española actual a la hora de imponer convenciones a los especialistas que quieren ser reconocidos en ella tal vez no sea otra cosa que expresión de su debilidad y aislamiento en el contexto internacional.

01/10/2001

 
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