ARTÍCULO

Nacidos para cooperar

Turner, Madrid
Trad. de Laura González de Rivera
272 pp. 20 €
Katz, Madrid
Trad. de Elena Marengo
184 pp. 17 €
 

La propuesta darwinista de analizar la conducta humana asumiendo, con todas sus consecuencias, el origen evolutivo de nuestra especie, comenzó a ser tomada en serio en el último tercio del siglo pasado, una vez consolidada la teoría neodarwinista de la evolución. Desde diferentes enfoques, está surgiendo un nuevo paradigma naturalista que aborda la explicación del comportamiento humano mediante la investigación de la compleja relación entre el origen filogenético de nuestra mente y la hipertrofiada producción sociocultural que es capaz de generar. El análisis de la cooperación y el altruismo constituye un buen ejemplo de esta línea de investigación.
El prestigioso etólogo Niko Tinbergen señalaba que en el estudio del comportamiento altruista, como en el de cualquier otro, hay dos clases de preguntas que pueden plantearse. La primera de ellas es sobre la causa última que explica este comportamiento y la segunda es sobre la causa próxima que desencadena el mismo. En la primera lo que buscamos es una interpretación evolutiva, esto es, en qué medida este comportamiento ha podido contribuir a la supervivencia del individuo y ha sido, por tanto, favorecido por la selección natural. La selección natural, tal como la describió el propio Darwin, dibuja un escenario de competencia entre los individuos de una especie en su intento de sobrevivir y dejar descendencia, en apariencia incompatible con la cooperación. Sin embargo, la historia de la vida en la Tierra no puede entenderse sin recurrir a la cooperación que ha sido imprescindible para la aparición de nuevos niveles de organización a lo largo del proceso evolutivo. Los genes cooperan en los genomas, los cromosomas cooperan en las células eucariotas, las células en los organismos pluricelulares o, en otro nivel, los insectos sociales o las sociedades humanas dependen de la cooperación. Los biólogos evolutivos han sido capaces de identificar varios mecanismos que permiten que la selección natural favorezca la evolución del comportamiento cooperativo y altruista. Se trata, sobre todo, de procesos tales como la selección de parientes, el altruismo recíproco y, en algunos casos concretos, de procesos de selección de grupos, más cercanos a la idea original darwinista que consideraba erróneamente que estos caracteres altruistas habían sido seleccionados porque promueven el bien de la comunidad. Respecto a la segunda cuestión, la causa próxima que desencadena el comportamiento, así como el papel que desempeña el aprendizaje, la fisiología o los circuitos neuronales en su desarrollo, la respuesta suele dejarse al terreno de la psicobiología.
Frans de Waal, uno de los más eminentes primatólogos contemporáneos, catedrático y director del Yerkes Primate Center en la Universidad de Emory en Atlanta, y autor de varios textos de éxito, alguno de los cuales hemos comentado en esta misma revista Véase, por ejemplo, nuestro artículo «Los orígenes de la moralidad», Revista de Libros, núm. 136 (abril de 2008), pp. 24-28. , conecta ambas preguntas mediante el concepto de empatía en el primero de los libros objeto de este comentario. El autor define empatía como la capacidad para: a) compartir y sentirse afectado por el estado emocional de otro, b) evaluar las razones del otro, y c) identificarse con el otro y adoptar su perspectiva. Puesto que esta definición se extiende más allá de lo que existe en muchos animales, el término empatía lo aplica también incluso si se cumple únicamente el primer criterio. Su tesis es que la empatía evolucionó en los animales como el principal mecanismo próximo del altruismo y que desencadena los actos altruistas, eso sí, de acuerdo con las predicciones evolutivas de la selección de parientes y del altruismo recíproco.
A lo largo del libro, De Waal discute el origen y los tipos de empatía, que ilustra con abundantes ejemplos que cubren casi toda la escala biológica. Muchos de ellos corresponden a lo que denominaríamos anécdotas, teniendo en cuenta que este término no tiene connotaciones peyorativas en una disciplina en la que no es posible, ni ético, crear situaciones en el laboratorio en las que se provoque dolor o sufrimiento. Así nos habla de monos Rhesus que se niegan a usar una palanca que les proporciona alimento a la vez que produce un shock eléctrico a su compañero, o de delfines que sostienen a flote a compañeros enfermos para evitar que se ahoguen. También nos recuerda el famoso suceso ocurrido en 1996 en el zoo de Chicago y que dio la vuelta al mundo. Un niño de tres años cayó a la zona de los gorilas y quedó inconsciente en el suelo. Entonces, Binti Jua, un gorila hembra de ocho años, se acercó al niño ante la aterrorizada mirada del público, tomó delicadamente al niño en sus brazos y lo depositó al otro lado de la verja.
También analiza los mecanismos subyacentes a la empatía. En la década de los noventa del siglo pasado, unos neurocientíficos italianos estaban midiendo la actividad de las neuronas individuales de un mono en una región del cerebro denominada córtex premotor mediante unos electrodos muy finos. Esta región contiene neuronas que se activan al agarrar o manipular objetos: algunas se activan cuando el mono toma un cacahuete y otras si rompe la cáscara. La sorpresa surgió cuando uno de los investigadores cogió un cacahuete para dárselo al mono: la misma neurona que había reaccionado cuando el mono agarraba un cacahuete reaccionaba también si veía a alguien realizar la misma acción. A estas neuronas se les llama neuronas espejos porque reflejan las acciones de otros. Existe un mecanismo por el que se activan determinadas regiones del cerebro, tanto si experimentamos una emoción (disgusto, dolor, felicidad) como si observamos a otra persona experimentar esa emoción. Supongamos ahora que tenemos que decidir entre compartir o no el alimento con otro compañero y ambos estamos hambrientos. En el imaginario habitual de la sociobiología deberíamos hacerlo si nuestro colega es pariente (compartimos genes con él) o si esperamos que en el futuro sea él quien comparta con nosotros (reciprocidad). Sin embargo, gracias a los circuitos neuronales comunes, el dilema es algo diferente. Si tomamos toda la comida, no sólo seremos testigos del sufrimiento del compañero, sino que lo sentiremos aunque sea de forma atenuada. En cambio, si la repartimos sentiremos también su alegría y su agradecimiento. La decisión no sólo se guía por nuestra sensación de hambre, sino también por el placer o dolor que va a causarnos el disfrute o el sufrimiento que experimente la otra persona.
Aunque casi todos los sociobiólogos admiten que nuestra naturaleza, heredera evolutivamente de nuestros antepasados animales, se caracteriza tanto por la cooperación como por la competencia, hay que reconocer que muchos de ellos han resaltado los elementos egoístas de la misma y relegado a un segundo plano las tendencias de afecto y empatía que los humanos pueden sentir hacia sus semejantes, algo que los aproxima a Thomas H. Huxley y los aleja de Darwin. De Waal es el autor que se ha rebelado con más fuerza contra esta visión de un mundo humano descarnadamente competitivo y egoísta, y ha enfatizado los aspectos altruistas y cooperativos, llegando a veces a acuñar términos paradójicos (prefiere denominar altruismo egoísta al egoísmo, esto es, altruismo hacia uno mismo). En filosofía, se denomina falacia naturalista a la idea que trata de justificar la bondad de algo por el hecho de ser natural. Por ejemplo, incurre en la falacia alguien que pretenda justificar las acciones egoístas humanas como consecuencia de que el egoísmo es consustancial a nuestra naturaleza. De Waal tropieza a veces en una versión más simpática, pero igualmente falaz, de ese razonamiento cuando intenta justificar el altruismo humano en función de la generalidad de estos comportamientos en el mundo animal. De hecho, el título del libro, La edad de la empatía, sugiere una doble propuesta: por una parte, la conveniencia de rastrear filogenéticamente nuestra condición empática para otorgarle así un estatus de propiedad natural; por otra, el deseo de alcanzar una nueva etapa de la humanidad en la que la empatía ocupe una posición central. Como indica el autor en la última frase del libro: «Hacer un llamamiento a esa capacidad innata sólo puede ser ventajoso para cualquier sociedad». Falacias al margen, es difícil no empatizar con el autor en sus buenos propósitos.
Una línea similar a la mantenida por De Waal, que aboga por la continuidad evolutiva de una amplia gama de capacidades cognitivas y emocionales entre animales y humanos, constituye el hilo conductor del libro Justicia salvaje. Sus autores, el etólogo cognitivo Marc Bekoff y la escritora experta en bioética y teología Jessica Pierce, sostienen que la cooperación, la empatía y la equidad han de considerarse factores evolutivos sin los cuales no puede entenderse el comportamiento social de numerosas especies. Defienden, en suma, que la moralidad es una estrategia adaptativa para vivir en sociedad que ha evolucionado de manera particular en muchas sociedades animales, además de en la humana. Dos son las cuestiones relevantes ante este planteamiento: primero, qué entienden los autores exactamente por moralidad y, segundo, qué utilidad tiene redefinir una palabra con un significado filosófico complejo para poder aplicarla a una parte del mundo animal. Como reconocen los autores, en los estudios del comportamiento suele utilizarse la expresión comportamiento prosocial para identificar lo que ellos denominan comportamiento moral. Sin ser sinónimos, moral y prosocial son conceptos que se solapan en gran medida. Para que los autores consideren moral un comportamiento prosocial en una especie dada han de cumplirse ciertos requisitos: por ejemplo, un determinado nivel de complejidad en la estructura social, con normas de comportamiento establecidas según directrices emocionales y cognitivas sobre el bien y el mal, una cierta complejidad cerebral que sirva de base para los sentimientos morales, capacidades cognitivas avanzadas (buena memoria) y una cierta flexibilidad en la conducta. Esto deja fuera a muchos animales, pero encaja bien con los mamíferos en general y los primates en particular. Más de la mitad del libro consiste en un entretenido anecdotario de comportamientos morales que los autores agrupan en torno a tres categorías: cooperación, empatía y justicia.
Más delicada es la respuesta a la segunda cuestión. Dejando a un lado los posibles réditos editoriales, resulta difícil encontrar razones que justifiquen el uso de conceptos como justicia o moral aplicados al mundo animal. Es cierto que al hacerlo se resalta la continuidad evolutiva entre nuestra especie y los otros primates, pero se hace desde una perspectiva que consideramos errónea. Lo antipático, inquietante y, al tiempo, terriblemente atractivo del darwinismo proviene de que nos incita no tanto a humanizar a los animales sino a naturalizar al ser humano, descargándolo de cualquier pretensión de finalidad o de trascendencia incluso en sus capacidades cognitivas más apreciadas.
El tercero de los libros reseñados, a pesar de su pequeño tamaño, es el más riguroso y ambicioso en sus planteamientos teóricos. Su autor, Michael Tomasello, uno de los más importantes expertos en el campo de las ciencias cognitivas, codirector, entre otras distinciones, del Instituto Max Plank de Antropología Evolutiva, comienza su ensayo destacando dos rasgos de la cultura humana que son singulares de nuestra especie: la transmisión cultural acumulativa y la creación de instituciones sociales. Sugiere que detrás de estas dos características hay todo un conjunto de habilidades cooperativas que son también exclusivas de los humanos entre los primates actuales. Al problema de la cultura acumulativa le dedicó en su momento un espléndido libro Michael Tomasello, The Cultural Origins of Human Cognition, Cambridge, Harvard University Press, 1999. . Ahora, en este ensayo, se centra en el análisis de la ontogenia y la evolución tanto del altruismo humano como de la cooperación para beneficio mutuo, prestando especial atención al papel que desempeñan ambos comportamientos en el origen de las instituciones sociales.
El texto se articula en torno a tres temas principales que han sido objeto de sus trabajos de investigación durante más de dos décadas. En primer lugar, se cuestiona si el altruismo en los humanos nace o se hace. Tomasello y sus colaboradores han comparado la conducta de niños entre uno y dos años con la de chimpancés en diversas situaciones experimentales y han llegado a la conclusión de que los niños de un año exhiben inclinaciones altruistas en un grado que no se observa en ningún otro primate. En este sentido, Tomasello piensa que los datos experimentales disponibles avalan una interpretación de la naturaleza humana más próxima a las tesis de Rousseau que a las de Hobbes, sin que ello suponga negar la presencia de inclinaciones egoístas que promueven la supervivencia y el autointerés. Este altruismo innato de los niños es más acusado a la hora de proporcionar información a otras personas o compartir recursos que a la de ayudarlas en acciones concretas. A medida que los niños crecen, empiezan a comportarse de manera menos ingenua, condicionando su comportamiento altruista a la conducta de los otros y a hacer aquello que piensan que se espera de ellos. Es decir, aprenden a seguir normas y reglas sociales.
En segundo lugar, Tomasello analiza el comportamiento cooperativo para beneficio mutuo y constata que los niños humanos a partir del primer año de vida difieren de los chimpancés en su capacidad para establecer un sentido colectivo de la intención, un nosotros, que les permite compartir expectativas, derechos y obligaciones cuando participan en una tarea colectiva. Los humanos hemos desarrollado una capacidad de coordinación de nuestras acciones sin la cual la acción colectiva difícilmente podría tener más éxito que la individual. Por último, Tomasello se aleja de la ortodoxia dominante cuando defiende que el motor evolutivo que impulsó la conducta y la organización social en nuestra especie no fue el desarrollo del altruismo en sentido estricto, sino la cooperación para el beneficio mutuo. Sostiene que las normas sociales se construyen, por así decirlo, sobre la intencionalidad compartida y la coordinación de tareas y que la interacción cultural en clave normativa es la que ha permitido el desarrollo de procesos cooperativos complejos y de las instituciones sociales que organizan el comportamiento en las poblaciones humanas.
El libro termina con la mirada crítica de cuatro relevantes científicos que muestran algunas discrepancias con las tesis del autor. Joan B. Silk, experta en cooperación primate, defiende el papel central del altruismo en la evolución de la cooperación humana, argumentando que la coordinación para beneficio mutuo no está exenta de la acción egoísta de los individuos participantes. Sin embargo, en nuestra opinión esto no anula la tesis de Tomasello, ya que, a nivel teórico, resulta más fácil defenderse de las acciones egoístas en una situación de beneficio mutuo que en una de altruismo genuino. Carol S. Dweck, psicóloga social, critica la importancia que atribuye Tomasello a las predisposiciones innatas altruistas y sugiere que el aprendizaje previo y el desarrollo de expectativas puede condicionar la conducta social incluso en niños muy pequeños. En otras palabras, piensa que la educación es clave en nuestro desarrollo altruista. Por su parte, el filósofo Brian Skyrms, sin negar que en la cooperación humana puedan estar implicadas capacidades cognitivas complejas, destaca que no son necesarias en otros muchos organismos en los que la cooperación es incluso tanto o más intensa. Por último, Elizabeth S. Spelke, psicóloga del desarrollo, apunta que la intencionalidad compartida y la coordinación necesitaron el desarrollo previo del lenguaje que, para ella, sería el verdadero motor de todo el proceso.

01/05/2011

 
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