ARTÍCULO

Anales de la tribu

Seix Barral, Barcelona
416 pp. 20 euros
 

A riesgo de parecer abrupto, pero acorde entonces con el tono de las páginas que aquí van a comentarse, dos precisiones previas se imponen antes de entrar en materia: la primera, que nadie espere unas memorias al uso; ya en el preludio manifiesta explícitamente el autor que no es «un memoriógrafo ingenuo» y que prefiere «lectores avisados».Tanto, que en realidad este libro se presenta como «memorias» por la misma razón que tantas obras se llaman «novelas»: tan solo porque así se autocalifican en la portada. Estamos más bien ante un ejercicio muy intelectualizado de reconstrucción caprichosa del pasado para ajustar cuentas con los orígenes, tanto en lo ideológico como en lo personal. Si a ese designio ensayístico, muy respetable por lo demás, se le quiere llamar memorias, sea, pero el crítico tiene que dejar constancia y el lector saber a qué atenerse. En segundo lugar, y en contra de mi criterio habitual en estas lides, permítaseme una mínima alusión subjetiva, derivada del hecho –orillemos una vez más la ingenuidad– de que el lector de estas líneas se preguntará qué tiene que decir sobre el ámbito vasco alguien completamente ajeno al mismo, como quien esto escribe. Nos hemos acostumbrado tanto a que sobre lo vasco sólo pueden opinar con conocimiento de causa los vascos, que introducir un punto de vista externo parece precisar una justificación. En realidad tendría que ser todo lo contrario, pues si de algo está saturado ese mundo es de endogamia y una clausura tal que afecta incluso a los más críticos de sus miembros: es sintomático que las propias rememoraciones excéntricas de Juaristi no escapen a ese sino.
Y, en efecto, mirado desde fuera, que es lo que supongo que se me solicita implícitamente al encargárseme este comentario, lo que se impone al espectador distanciado es la constatación de una atmósfera enrarecida y opresiva, un ambiente que empuja sistemáticamente al individuo a sacrificarse ante los ídolos de la tribu.Teóricamente, si hay algo que rechaza Juaristi es la idea de sacrificio, el sustrato que alimenta los dos grandes pilares de la identidad vasca, la religiosidad y el nacionalismo, hasta el punto de que su atracción por el judaísmo –el último de sus espectaculares vaivenes ideológicos– se basa, según reconoce en las páginas finales, en su vertiente «antisacrificial». Precisamente por ello resulta más paradójico que toda la trayectoria vital del autor no sea en el fondo más que una persistente voluntad de integración en colectividades más o menos providencialistas, desde la temprana adhesión a ETA VI a la incorporación al Partido Socialista de Euskadi, pasando por el comunismo entre otras etapas intermedias, en una deriva en la que si hay algo en común es siempre la necesidad de que el militante se entregue –hasta la muerte si es preciso, y en el caso vasco no es precisamente una licencia– en aras de lo sagrado de la causa.
Es verdad que Juaristi reconstruye todo este recorrido vital e ideológico con una cierta frialdad, a veces como si no estuviera hablando de él mismo. Contribuye a ella un uso muy eficaz de la ironía y una erudición que, por otro lado, se convierte a menudo en un lastre para la lectura, sobre todo cuando se dedican largos párrafos a disquisiciones filológicas que, me temo, sólo apasionarán a los estudiosos del eusquera. En general, los no especialmente entusiastas de la producción intelectual de Juaristi hallarán muchas dificultades para sumergirse en una narración que muchas veces se interrumpe, por ejemplo, para dar paso a poemas cuya presencia resulta algo forzada en el desarrollo de los acontecimientos. Con todo, el asunto principal de estas páginas, y el que merece la mayor atención del autor, no es otro, como hasta el menos avisado sospechaba desde el principio, que el retrato de una ciudad –Bilbao–, unos personajes –familia, amigos, camaradas– y, sobre todo, un ambiente social, político y cultural, en el que se forja la educación sentimental de nuestro autor. Se habla aquí, sobre todo, de las décadas de los sesenta y setenta, y muy a vuelapluma de los ochenta en adelante.
«Me complace descender –escribe Juaristi– de una antigua estirpe de carpinteros». Como tantas otras cosas de este libro, es éste un rasgo más inventado o «recreado» que fiel a una realidad mucho más prosaica, pero sirve como testimonio de una devoción por un material, la madera, «moralmente superior al hierro y a la piedra».Y también, conviene añadir, bastante más frágil, más expuesto a los rigores de un clima áspero. Nos referimos, claro está, a una atmósfera espiritual, que se traduce en primer término en una integral «formación del espíritu nacionalista», requisito indispensable para que poco después, el «PVA (patriota vasco angustiado)» se enrole en la causa suprema, la «liberación nacional». Si hay algo verdaderamente estremecedor en el libro de Juaristi es la naturalidad con que aparece dibujado ese itinerario, una trayectoria –ocioso es decirlo– que trasciende la circunstancia individual para convertirse en sociológicamente representativa de un tiempo y un país, que diría Raimon. Poco importaba, en definitiva, que se viniera de un ambiente carlista, jesuita, peneuvista o comunista, pues todos los afluentes desembocaban en el mismo río: en el fondo, ingresar en ETA no era tanto una cuestión de prestigio como la consecuencia natural –la maduración– del compromiso.
Desde luego que aquella ETA no era la de los años ochenta y noventa. Juaristi habla de una «ETA burguesa, la ETA del Ensanche bilbaíno» (p. 139) y, más adelante, al hacer balance, no reconoce vinculación efectiva entre aquellas «ridículas conspiraciones de adolescente» y el «monstruo» que siguió (p. 328). Pero el problema, como él mismo se apresura a reconocer, era la mitología que servía de coartada para matar o morir, empezando evidentemente por ese «pueblo vasco» en cuyo nombre todo estaba permitido.Y aunque ahora Juaristi, desde la atalaya de los años, denuncie mistificaciones o simples mentiras –«Nuestros padres mintieron, nosotros mentimos y, a este paso, nuestros hijos seguirán mintiendo»-, es obvio que también, en su momento, antes de aquellos «años de plomo», él también creyó en la causa.
En fin, los seguidores de Juaristi lo encontrarán aquí en plena forma: brillante, incisivo, egotista, sarcástico, arbitrario en más de un sentido, tan apasionado con las etimologías como displicente con las personas, con sus filias (Gabriel Aresti) y sus fobias (de Oteiza a Picasso), fiel a sus amigos, lacerante con los «ex» (Aranzadi, Atxaga) e implacable con los enemigos de siempre (por ejemplo, Arzalluz). Por seguir en esta última órbita, no faltarán, como suele pasar en estos casos, los que sólo se interesen por escrutar quién aparece y quién no, y cómo es tratado cada cual.Y a fe que tendrán materia para ello, no sólo por el considerable número de nombres propios que asoman en estas páginas como, sobre todo, porque el autor no ahorra comentarios con los que más de uno va a regodearse. En este aspecto, puede decirse sin temor a errar que Juaristi casi nunca defrauda. Pero, en un plano más serio, el libro se justifica plenamente como retrato de un «pequeño mundo» ensimismado y agobiante que no es precisamente, como diría Zweig, el «mundo de ayer» sino, mutatis mutandis, el de hoy mismo.

 

01/05/2006

 
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