ARTÍCULO

Amparada por los cielos de la poesía

 

Poeta, narradora, especialista en estética, autora de ensayos sobre filosofía, poesía y teatro, María Fernanda Santiago Bolaños (Madrid, 1962) publicó su primera novela, El tiempo de las lluvias, en 1999, a una edad en que ya no le cuadraría el adjetivo de joven, y una segunda, Un ángel muerto sobre la hierba, en 2001, ambas en esta misma editorial. Ninguna parece haberle granjeado el reconocimiento que, a juzgar por ésta que saca ahora, merece.

He aquí una novela sorprendente y original dentro de lo que se lleva ahora mismo en la narrativa española, digna de atención aunque sólo fuera por ese carácter diferente, pero que nos tememos, quizá por la misma razón y por aparecer en una editorial periférica, que puede pasar inadvertida; lo que, desde luego, no se merecen la novela ni la autora. Paradojas y debilidades de nuestro mundo periodístico y crítico.

El jardín de las favoritas olvidadas es, como queda apuntado, una novela que se sale de todos los caminos por los que transitan los narradores actuales. Es, además, una novela de notable ambición. Ambas características son, sin duda, dos virtudes, independientemente de sus logros o del acierto con que la autora lleve a cabo su propuesta. Otras características son el marcado tono poético y el culturalismo que la envuelven. Las dos tienen sus riesgos. La novela parece, como dice uno de sus personajes de sí mismo, querer vivir amparada por los cielos de la poesía. Ese tono le confiere un aire particular, sugestivo, elegante y bello a menudo, pero también la aboca a ciertos excesos y expresiones arriesgadas o discutibles: «toda la habitación arde de mujer y caracola», «canas y arrugas como pájaros que te cantan en la piel», «tejiendo, con su dolor, el más hermoso ajuar para el alma». La voluntad de hacer un texto poético es evidente en esas y otras muchas expresiones, así como en ciertas reiteraciones que imponen un ritmo a los párrafos, acercándolos al poema.

Por otra parte, el mayor riesgo del culturalismo es que siempre parece estar dirigido a lectores semicultos, cuando no estar escrito por autores semicultos. Lo último no es, desde luego, el caso de nuestra autora, pero las referencias culturalistas pueden parecer excesivas en algún momento. Éstas van de la paráfrasis del comienzo de Así hablaba Zaratustra con que arranca la novela a las numerosas citas de místicas, visionarias y beguinas en general que salpican su última parte, pasando por múltiples alusiones a la cultura clásica y la mitología. Como dice un personaje, y eso puede verse como una clave de la novela, «nada hay más indispensable, en los momentos definitivos de la vida, que la mitología: por su mediación, todos los seres humanos, alguna vez, tienen un instante de gloria» (a ese instante de gloria aluden el título y otros momentos de la novela). Ese tipo de referencias y afirmaciones desentonarían en la boca de los personajes que las profieren (marineros a los que no cabe suponer una gran educación) si esta fuera una novela realista. Pero no estamos ante una obra de ese tipo, pese a que, en algunas páginas de la segunda parte, la historia narrada tenga que ver con las luchas antifranquistas y la represión, con la transición a la democracia, y se refiera también a los inicios de la revolución cubana. Pero no se engañe el lector: esos temas, que en otras manos habrían dado para una crónica realista, en las de Santiago Bolaños adquieren tintes más bien simbólicos.

Y si a algún lector de este comentario le sorprende que una novela como la que se le estaba presentando derive hacia la historia política reciente de España, sepa que esa es la misma sorpresa que tiene quien la lee. El jardín de las favoritas olvidadas arranca con el tono poético y la paráfrasis nietzscheana que quedan dichos, para presentar enseguida elementos propios del folletín: un niño abandonado en un convento, criado por las monjas, un ambiente de pobreza (estamos en 1877). La peripecia de ese niño fuera del convento está entre la novela picaresca y la de iniciación, de la mano de un particular preceptor que le enseña el mundo y la vida recorriendo los mares. Dividida la novela en tres partes, las dos siguientes saltan en el tiempo, centrándose en la nieta de aquel niño abandonado y en su hija y madre de aquélla, en unos años que van de los cincuenta a la actualidad, para contarnos sus respectivas historias de amor, y oscilando siempre entre el tono poético, onírico y simbólico, y el realismo de otras escenas.A veces, incurre en una suerte de realismo mágico a la gallega (pensamos en el Torrente Ballester de La isla de los jacintos cortados; si el protagonista de aquélla veía el pasado en las llamas de la chimenea, la de Santiago Bolaños lo lee en una orquídea y lo escucha en una caracola).

Esos giros, esa mezcla de materiales no es lo único que puede sorprender o desconcertar en El jardín de las favoritas olvidadas. El lector tendrá que ir adivinando a quiénes pertenecen las voces que llenan la novela, voces casi siempre de personajes que han muerto, otro elemento de realismo mágico. Esas voces que hablan como por encima de lo que está ocurriendo sugieren un gran tinglado teatral (la autora, de hecho, llama a las tres partes de la novela Acto primero, Intermedio y Acto segundo) en el que encajaran los hechos narrados; algo como lo que planteaba Mankiewicz en películas como Mujeres en Venecia (en que la trama era un remedo de Volpone) o La huella. Parecida sensación de estar ante un gran guiñol tiene en algunos momentos el lector de esta novela. Un gran guiñol, en todo caso, construido con sabiduría por la autora.

Por lo demás, el aire teatral no se impone en el libro hasta el punto de que deba considerarse como otra cosa distinta a una novela. No sólo aparece en una colección de narrativa, sino que las acotaciones son tan libérrimas como las de Valle. Digamos, en fin, que la autora plantea sus propias reglas, que el lector encontrará más o menos satisfactorias, pero que, no cabe duda, suponen una propuesta innovadora para una narrativa como la española actual, a veces demasiado conformista. Hemos dicho que a nadie se parece Santiago Bolaños. Por buscarle algún parentesco, esa prosa poética (pero, en el caso de nuestra autora, con mayor peso del argumento) la han cultivado aquí, en los últimos años otras excéntricas, en el sentido estricto de la palabra, como Menchu Gutiérrez y, en algún título, la poeta Luisa Castro.

Este tipo de novelas corren siempre el riesgo de caer en cierta pretenciosidad. Sólo lo corre Santiago Bolaños, y si a alguien le parece que cae en ella, en nuestra opinión es un precio bajo a cambio del muy saludable chorro de aire fresco que trae una novela como ésta, en la que para encontrar deslices lingüísticos haría falta el candil de Diógenes.

01/10/2005

 
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