Agosto 2017
Revista de Libros
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ARTÍCULO

Responso ante el espejo

Plot, Madrid
155 pp
 

El último libro de Félix Romeo no es una novela: es, a la manera renacentista, nada más y nada menos que un libro, es decir, un centón, una taracea de recortes, recuerdos, hojas de periódico, collage a partir de cartas, artículos, desmemorias, hipótesis y un dolor en el hondón del alma, de la memoria insomne, que ahora, dieciséis años después, el narrador y autor y deuteragonista intenta conjurar con las palabras. No es una novela, pero es mejor que muchos relatos de ficción, y no porque esté «basado en hechos reales», como vulgarmente anuncian las malas películas y muchos salimos corriendo, sino porque la palabra y la memoria, el miedo y el deseo han tejido una cuasiepístola de amor delante del espejo que ha sabido (¡vive dios que ha sabido!) crear un personaje poliédrico, fascinante y misterioso que percute en la memoria de Félix Romeo y le persigue en sus sueños más benignos y en sus pesadillas más sin suelo, en concreto cada jueves veintisiete, con la punzante puntualidad alucinada de un metrónomo.

Surge así, reinventado, de estas prosas de varia invención, de esta silva, de este jardín de flores raras y ajadas, el joven escritor Chusé Izuel, autor de un libro póstumo de relatos publicado con el amenazante título de Todo sigue tranquilo (Madrid, Ediciones Libertarias, 1994), emerge, con voracidad y tristeza propia, el suicida ejemplar, inserto en una antología de poetas suicidas, junto a Eduardo Haro Ibars y otros malditos; pero también se reinventa al amigo del alma, al casi hermano pequeño (con lo que ello conlleva de amor-odio), y a la par, de manera muy eficaz y con gran contundencia narrativa, al hijo pródigo, el hijo que odia y «mata» al padre policía de la secreta, el hijo que lo visita cuando agoniza en el hospital, el hijo que acaricia la pistola reglamentaria del funcionario conservada en casa; y también, y acaso sobre todo, el amante desgraciado, el impotente, el romántico empedernido y tácito, el abandonado por su chica, el que no la mata (sí en un cuento, en su último y desgarrador relato) y, ¿quizá por eso?, se tira del balcón de la casa común, donde él, Félix y Bizen (a quien va dedicado el libro) creen que viven casi felices, eternos de juventud, literatura y borracheras, en una calle céntrica de la dinámica y cosmopolita Barcelona preolímpica. Creo que la clave narrativa de este extraordinario libro está en la página 89, cuando Félix Romeo recrea el funeral corpore insepulto de su amigo y reconoce que no estuvo en él, que se quedó extramuros. Y dice: «Te enterraron en sagrado después de tributarte una misa en la que el cura habló de lo bueno que habías sido y de que eras un hijo ejemplar. No estuve en la misa: me lo contaron. Estaba fuera de la iglesia del cementerio de Zaragoza, llorando o maldiciendo. El cura no te conocía. Yo tampoco te conocía y estoy haciendo como el cura: largar un responso y enterrarte. Lavar mi conciencia».

Como todo texto evocador, como toda larga epístola, éste ha de cautivarnos por la fuerza y el poder de las palabras, que ganan en precisión y sinceridad todo lo que, aparentemente, pierden en retórica y artificio. Pero que nadie se engañe, Félix Romeo es un excelente narrador y esto no es una confesión de parte, al contrario, con materiales de desecho (cartas, cintas, recortes, esquelas, artículos, cuentos de su amigo), quiere decirse, con elementos estrictamente biográficos o meramente literarios, ha urdido una trama suspénsica y, casi, de indagación detectivesca sobre los motivos de la muerte y, lo que es más aterrador, de la culpa propia: el crimen perfecto es aquel que se comete sin intervención explícita del asesino.

Este agónico dolor de la culpa ante aquel balcón abierto y aquel cuerpo desventrado pesa (y lo nota el lector al advertir cómo pondera el narrador, el amigo, la elección precisa de cada palabra) como una pesadilla que se verificará en las más oscuras horas de la noche. La literatura no podía ser suficiente lenitivo, no lo fue para Chusé, y eso que todos sus narradores se parecían a él, como destaca rítmicamente, cada vez que cita un relato de su amigo, Félix Romeo. No era suficiente, no podía escribirse una ficción con los retazos doloridos de la memoria, ni siquiera una biografía (como insiste una y otra vez el autor, indagando, preguntado, investigando, leyendo, escuchando cosas que ya no quieren ni pueden oírse); no, había que desnudarse y evitar hasta el artificio del que recupera los restos dispersos, acá y allá, del amigo hundido en una Nada insondable de la que nadie, ni el autor, supo sacarlo. Había que escribir, no un relato, no una biografía, no una reconstrucción fiel de los hechos, entomológica, precisa, pulcra, aséptica. No. Hubo que arrojarse metafóricamente por el balcón, tirar toda la retórica por la ventana y engendrar este sueño de la razón, amarillo, en el que nunca llueve, porque la lluvia, esa que tanto amaba su amigo, es una cosa que siempre acontece en el pasado.

01/10/2008

 
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