ARTÍCULO

Objetos literarios yuxtapuestos

Alfaguara, Madrid
234 pp. 16,50 €
Mondadori, Barcelona
138 pp. 15,90 €
 

¿Es aún posible usar los géneros literarios de manera inocente? ¿Cuántos autores serios se sientan hoy a escribir, digamos, una novela de horror que no sea al mismo tiempo un comentario sobre historia literaria, una serie de guiños posmodernos, un mosaico mal o bien teselado de citas? Carlos Fuentes, no hace mucho, vampirizó el cuento de vampiros, trasladándolo a México. La enorme trilogía de Javier Marías, Tu rostro mañana, filtra la novela de espionaje a través de la filosófica. O pensemos en las novelas policíacas de Eduardo Mendoza, donde el caudal de la historia es irrigado por cuanto afluente genérico brota de la biblioteca del autor, desde la comedia de enredo hasta la ciencia ficción, pasando por la novela histórica. Estos y otros escritores contemporáneos se relacionan con los géneros como discípulos que, sabiéndose más listos que el maestro, buscan subvertir o superar sus enseñanzas. En esencia, son exponentes de un posmodernismo fiable, que mientras emplea ciertos materiales declara abiertamente una distancia irónica.
En los libros de Álvaro Enrigue, en cambio, es difícil dirimir qué es pastiche y qué es apropiación desenfadada. Su literatura es rica por desconcertante. Mediante un posmodernismo «poco fiable», hace de la indefinición su piedra de toque. Funciona, si se quiere, como el arte conceptual, creando violentas yuxtaposiciones de objetos, en este caso objetos narrativos. En Vidas perpendiculares, las voces y los géneros se suceden vertiginosamente, sin que se nos den pistas, hasta bastante avanzada la novela, de cuáles son la verdaderas relaciones que los unen. Con una prosa liviana y enérgica, Enrigue empieza narrando la historia de Jerónimo Rodríguez Laera, un niño mexicano nacido en 1936 en el seno de una familia disfuncional, con una madre insatisfecha y un padre tiránico al que sólo le interesan las mujeres y el dinero. Jerónimo es «lento», silencioso, una especie de «monstruo» que parece captar todo sin responder a nada. El padre, más intransigente en sus juicios, lo considera un retrasado mental y se deshace de la vergüenza que le causa enviándolo primero a vivir a las habitaciones de los sirvientes y, cuando el niño crece, a la terraza de la casa, en un aislamiento casi total. Sólo después de la muerte del padre, Jerónimo recupera la «normalidad».
A esta historia narrada en capítulos elípticos y digresivos, que pueden leerse como una novela de educación, van entremezclándose narraciones más breves. Son las «vidas perpendiculares» del título, porque Jerónimo, en apariencia, recuerda el ciclo de sus reencarnaciones. ¿Quién ha sido Jerónimo? Un troglodita de épocas prehistóricas que se separa de su grupo después de oponerse a su padre; un sacerdote napolitano «cazamonjes» que se enamora de una dama de alcurnia y acaba descubriéndose hijo bastardo de Francisco de Quevedo; una mujer griega que, en la Palestina de siglo I, manda asesinar a su padre para poder casarse con un comerciante judío; una mujer china que se enamora de su raptor, después de que éste aniquile a su familia. Las historias son sumamente variadas, pero el motivo del amor difícil y el enfrentamiento entre padres e hijos se repite en todas. La matanza arquetípica del padre trasciende el simbolismo hacia el final, cuando nos enteramos de que las historias están escritas por Jerónimo. «La verdad es que hasta ese momento no se me había ocurrido que los recuerdos de mis vidas perpendiculares fueran artificiales, prótesis recogidas entre las bibliotecas que la vida me fue sembrando en el camino». Enrigue plantea la posibilidad de que lo que hemos leído sean los desvaríos de un alucinado. Siempre se puede contar con que un asesino tenga un estilo fantasioso.
Así como proliferan los géneros narrativos, hay una excitante promiscuidad de registros. Sobre la madre de Jerónimo se dice en un momento: «En 1936 Mercedes era una mujer de alma babosa y chata, oprimida por una educación cuyo objeto fue mantenerla en un estado infantil. También es posible pensar, más generosamente, que alguien de diecinueve años y casada con una bestia millonaria desbarrancándose hacia la senectud es, por definición, una niña». «Alma babosa y chata» es una combinación excelente, pero, aún mejor, es la de «bestia millonaria» (registro bajo-medio) y «senectud» (alto) a través de una metáfora inesperadamente vivaz. La vejez se asocia por lo general con la inmovilidad, la decrepitud, pero para Enrigue las cosas son peores: uno se «desbarranca». Enrigue sorprende a menudo con su fuerza metafórica: la memoria es un «animal incontrolable»; el cerebro de Jerónimo es «un atascadero de monstruos». Y sus alusiones suelen ser más que un simple guiño. Jerónimo piensa en un momento: «yo somos muchos», lo que no sólo es una elaboración interesante del famoso «Yo es otro» de Rimbaud, sino un aforismo muy resonante en el marco del libro.
Muchos de estos elementos, desde el posmodernismo que no declara necesariamente una distancia irónica hasta las combinaciones lingüísticas inesperadas, estaban presentes en la primera novela de Enrigue, publicada en México en 1998 y ahora reeditada en España. La muerte de un instalador es quizás una diatriba en contra de las trivialidades del arte moderno, pero es también una novela que se regodea en la trivialidad, en decorados artificiales, en el kitsch y el tremendismo ampuloso que Barthes llamó «barroco fúnebre». La trama es sencilla. Otra «bestia millonaria», el excéntrico mecenas Aristóteles Brumell –que, como su nombre, es una mezcla de pensador y dandi–, planea unir arte y vida de manera macabra, mediante una enorme puesta en escena. Su principal víctima será Sebastián Vaca, el creador de instalaciones del título, un hombre que «carece de genio» pero es «un tipo inteligente, eso sí». Genio es lo que le sobra a Brumell, en proporciones equivalentes a su falta de moral. Brumell buscará –y conseguirá– probar que el artista está a merced, no sólo del mercado, sino además del mercader, pero para ello deberá reducir la vida de un hombre a mercancía.
El riesgo que corren ambas novelas es el que corre muchas veces el arte conceptual: no apelar de manera directa al temperamento del lector, ni involucrarlo emocionalmente con los personajes o la trama, sino presentarle arquetipos de los que pueden deducirse conclusiones sobre ciertos temas, como la relación vida-arte o padre-hijo. En Vidas perpendiculares, además, uno siente que las ficciones no están lo suficientemente cosidas como para formar un centón coherente. Pero quizás esto sea intencional. A Enrigue le interesan los cabos sueltos y la manera imperfecta en que las voces llegan hasta nosotros. La contracubierta caracteriza al libro como una «novela cuántica, donde los tiempos y espacios son simultáneos». Son, también, recurrentes. Dueño de una pluma afilada y de una avispada inteligencia narrativa, Enrigue narra de manera no lineal historias que al avanzar vuelven siempre sobre sí mismas.

01/11/2008

 
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