ARTÍCULO

Nueva enciclopedia de la condición humana

Anagrama, Barcelona
Trad. de Fernando González Corugedo
494 pp. 21,50 €
 

Bajo los efectos de aquella Inglaterra gris del thatcherismo y la reconversión industrial, el cine de Stephen Frears, el dirty realism de Carver convertido en realidad por culpa del paro, el alcohol y los conflictos de la multiculturalidad y un mundo de yuppies conviviendo con punks, bajo esos efectos, perjudiciales para la armonía doméstica y el equilibrio emocional, empezó a publicar Hanif Kureishi (1954) sus comedias dramáticas, la primera de las cuales fue El buda de los suburbios (1990). Incluyéndolo en su antología Granta, Best of Young British Novelists, núm. 43 (1993), Bill Buford lo subió a un pedestal desde el que ya saludaban al público anglosajón compañeros de Generación Granta como Kazuo Ishiguro, Martin Amis o Jeanette Winterson. Desde El buda de los suburbios (1990), Kureishi, modelo de narrador poscolonial y multicultural, quiso enseguida para sí un espacio de sátira de costumbres y de reflexión irónica y mordaz acerca de la inestabilidad individual en un entorno social tan deletéreo como desquiciado, hábitat incómodo en el que crecen divorcios, ruinas, hipocresías, libertinajes y otras hiedras que acaban envolviendo y ahogando al individuo como hicieron con el propio autor británico, que reveló en Intimidad (1998), uno de sus relatos principales, sus propios dramas domésticos, mostrando al mismo tiempo que la autobiografía y la crónica personal novelada se confundirían para siempre con la ficción en su obra narrativa. Intimidad se construyó sobre la base del monólogo de Jay, un hombre que, como Kureishi entonces, escribe guiones, está a punto de abandonar su hogar y claudica, ante las dificultades de la vida conyugal y de la madurez, de la vida doméstica. Más tarde vino el volumen de cuentos Siempre es medianoche (1999), en el que perfeccionaba sus aptitudes de radiólogo social retratando la crispación y el enrarecimiento emocional de unos personajes que parecen integrar ya para siempre otra generación perdida, deudora de los mitos y las utopías de los sesenta y caída de bruces sobre la madurez mal llevada y la amargura que trajeron los ochenta. Impecable cronista social, en Siempre es medianoche el autor británico ensancha ese mundillo de extraviados, desheredados, frustrados y confundidos que dibujaba, con la sonrisa del satírico en los labios y el ceño fruncido del trastornado. «¿Cómo puedes atrapar la complejidad y los detalles de las emociones interiores sino con la literatura? Es el medio más próximo para llegar a representarnos cómo somos interiormente», dice Nick en el relato «Eso era entonces», escrito con la intención de atrapar para siempre las sombras de una generación fracasada que trata de comprenderse a la vez que afronta la necesidad de continuar con su vida cotidiana de conciencias desquiciadas, amores de desganada moral y maniobras que permitan asegurarse la supervivencia preservando su individualidad.
El monólogo solipsista de Intimidad, y aquel empleo obsesivo de la primera persona, regresan ahora en Algo que contarte (2008), la magnífica nueva novela de Kureishi que, de nuevo en Londres, bajo Thatcher y Blair, y como ocurría en sus volúmenes de cuentos, pone el dedo en la llaga de la inestabilidad emocional surgida de una sociedad contemporánea cimentada en ídolos de barro, valores morales pervertidos, un desaforado consumismo (que incluye el sexo) y psicopatologías varias, entre las que destaca la neurosis, que muchos tipos padecen sin que ni siquiera lo sepan. Kureishi sigue, pues, en la línea que más le gusta, que no es otra que la de ejercer de enfant terrible que nos hace ver que las cosas no son como aparentan, que bajo nuestra comedia doméstica puede haber un drama y que el rey, hélas, va desnudo. Nada mejor que un psicoanalista para la tarea que pretende llevar a cabo el autor. Y el protagonista de Algo que contarte, Jamal Khan, lo es. Y como tal examina al urbanita trastornado y diagnostica a la sociedad: «En lo más profundo, la gente está más loca de lo que se quiere creer. Su vida diaria está empapada de temores» (p. 12). Como Kureishi, y como Jay, el narrador de Intimidad, Jamal también es un escritor, y la novela, que puede leerse como crónica social, comedia dramática o docudrama en clave de humor (con misterioso asesinato al fondo), cuenta entre sus múltiples atractivos con la virtud de contrastar la amarga denuncia de una sociedad aturdida con la deliciosa impostura literaria de un narrador que en este caso es del oficio, es narrador, y Jamal escribe en Algo que contarte del mismo modo en que escribe sus libros de éxito, siguiendo «la idea freudiana de los estudios de casos como una mezcla de literatura, especulación y teoría» (p. 312), igual que las historias de los pacientes del doctor Khan se asemejan a las de los personajes de los relatos de Kureishi, en una seductora complicidad metanarrativa que el lector advierte enseguida. Todos los ingredientes de la literatura de Kureishi han sido convocados en Algo que contarte, la confesión pública de la intimidad, la autobiografía encubierta, el fracaso conyugal, los melodramas domésticos, el sarcasmo, el prisma de la polifonía (voces múltiples, de múltiples psiques, que reflejan como un caleidoscopio la del propio narrador), y los estragos psicológicos de la hipocresía social nacida de un materialismo voraz, de manera que no es de extrañar que más de un lector piense que la sombra de la autoparodia se cierne sobre el relato. De hecho, el protagonista se diría un personaje arquetípico de Kureishi: camaleónico y siempre enmascarado, atribulado y acelerado por el estrés, se ha divorciado de la depresiva Josephine, educa en solitario a su hijo adolescente Rafi, piensa en la actividad sexual que ya no tiene y en sus enésimas catástrofes amorosas, afronta la relación excéntrica de su obesa y vulgar hermana Miriam, madre de cinco hijos de padres distintos, con Henry, su mejor amigo, y analiza su conciencia a través de la de los demás, entre placebos cotidianos, nihilismos y paranoias, paraísos artificiales, perversiones sentimentales, criaturas desquiciadas y demás parafernalia emocional abastecida por el declive moral de nuestra impagable y complacida sociedad occidental. Algo que contarte adolece de incontinencia verbal, sí, pero proporciona en cambio una excitante sensación claustrofóbica en la que el lector se siente maniatado a una butaca y obligado a contemplar sin descanso ráfagas de imágenes contradictorias y turbulentas en un pantalla gigante que no es sino metáfora de la abstrusa mente humana.

01/01/2010

 
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