ARTÍCULO

Alfred Polgar: un vienés pura sangre

Quaderns Crema, Barcelona, 1998
Trad. de Manuel Lobo
152 págs.
 

Hay escritores que en su día gozan de un protagonismo innegable y absoluto y que, con el paso de los tiempos, caen en el olvido, o se hace, simplemente, más difícil su recuperación e «interpretación», desde la estrechez perezosa y reductiva de tiempos posteriores que anulan de entrada toda curiosidad o visión amplia y panorámica de un momento cultural e histórico de caracteres singulares.

No es casualidad que Marcel Reich-Ranicki, alguien que goza hoy de tanta influencia y notoriedad en el ámbito alemán como gozó en su día el escritor Alfred Polgar (Viena, 1873-Zurich, 1955) haya sido el encargado de rescatar a este autor espléndido hoy absorbido por las grandes e imponentes sombras literarias de su tiempo. Como hemos dicho, Reich-Ranicki, el gran pope de la crítica alemana actual, conocido rastreador asimismo de genios contemporáneos, sería el responsable de la edición en 1982 de los seis volúmenes de la obra completa de Polgar, en la editorial Rowohlt de Hamburgo. «Hombre de la cultura» básico en su tiempo, maestro de escritores, Polgar compartiría protagonismo junto a algunos de los mejores escritores de este siglo, concentrados, hasta los años de la segunda guerra mundial, en el famoso, e irrepetible, eje vienés-austríaco: Musil, Broch, Kraus, Schnitzler, Werfel o Roth.

Vienés pura sangre, con una formación multidisciplinar, de la que se fue impregnando al lado mismo de los grandes genios (es paciente del médico y aclamado autor teatral Arthur Schnitzler, que lo consideraba uno de sus más «severos críticos»), precisamente su inteligencia, independencia e inmensas dotes creativas hicieron que, aun trabajando siempre en periódicos, Polgar no se contagiara de forma irreparable por lo efímero, los tics y las modas del momento. Hoy, las ficciones mínimas, las escenas, los pensamientos aforísticos infiltrados en sus textos, las sátiras o los retratos vívidos y fulminantes de este gran observador y crítico melancólico que era Polgar son leídos con la misma fascinación y admiración que provocaron en su día.

Maestro del que luego sería uno de los grandes del siglo, Joseph Roth, entre sus defensores y devotos contó con lo más granado de la época. Walter Benjamin decía de él que era un escritor «que ama la naturaleza, allá donde ésta le da la espalda a los hombres» y que la Viena en decadencia hizo su aparición «como un sello premonitorio que Polgar ya había sabido leer». Por su parte, el temidísimo Karl Kraus lo lanzaría a la fama desde las páginas de Fackel y su contemporáneo Kurt Tucholsky, que se suicidaría en Suecia, en la primera ola de exiliados del Reich, lo definió como «el escritor más refinado de su generación». Kafka alabó en diversas ocasiones sus textos que «influyen y educan», y, por fin, el genial Musil que radiografió la decadencia austro-húngara, dijo de él: «Nos ha hecho el inestimable servicio de olfatear las mixtificaciones mejor camufladas». Como muchos de los de su generación y en su doble vertiente maldita (intelectual austríaco y judío), Polgar es un tránsfuga del siglo, el siglo de la barbarie, que, en su caso, no alcanzaría los límites de autodestrucción que tuvo para muchos de sus amigos, como por ejemplo, Stefan Zweig. Testigo de dos guerras en el suelo europeo que un día abandonará, Alfred Polgar (nacido Polák), en 1915, cuando ya era un reconocido crítico teatral y musical, es reclutado por el ejército y se le envía al «grupo literario» del Archivo de Guerra en Viena, junto con el citado Stefan Zweig y otros. Desde el fin de la guerra, en 1918, comenzará su carrera periodística, como responsable cultural y literario de diversas publicaciones de la época en Viena. En 1927, junto con Sigmund Freud, Robert Musil, Alfred Adler, Franz Werfel y otros, firma en Viena una declaración a favor de la socialdemocracia. De 1925 a 1933 vivirá en Berlín, hasta que, tras la quema del Reichstag, se traslada de nuevo a Viena, pasando temporadas en Zurich y París. En 1935, al cumplir 60 años, Thomas y Heinrich Mann, Joseph Roth y otros importantes escritores publican en un periódico el texto «Dank an Alfred Polgar» (Agradecimiento a Alfred Polgar). Tras la anexión, en 1938, de Austria, y encontrándose casualmente en Zurich, Polgar comenzará con su mujer su largo periplo y exilio. Huyendo sin cesar y denegándole, tanto los suizos como los franceses, la nacionalidad, por fin, desde Lisboa, el 4 de octubre de 1940, se embarcará rumbo a Nueva York. En el histórico barco, símbolo del exilio y dispersión de lo mejor de la intelectualidad centroeuropea de la primera mitad del siglo están también Heinrich y Golo Mann, Alma y Franz Werfel. Desde su llegada a América, Polgar, recomendado por Thomas Mann, comenzará sus trabajos y colaboraciones para la Metro de Hollywood, junto con Alfred Döblin y Walter Mehring. A partir de 1949, hasta el año 1955, en que muere en un hotel de Zurich, Polgar comenzará a alternar sus cada vez más dilatadas estancias europeas con su residencia en Nueva York. Asimismo, desde esos años y con motivo de sus publicaciones, se le empiezan a dedicar en Alemania homenajes por parte de la prensa y de numerosas personalidades.

La prosa de Polgar, ágil y chispeante, de una riqueza descriptiva, metafórica y poética fuera de lo común, adquiere en los textos seleccionados para el volumen La vida en minúscula cimas máximas de lo que es su muy depurado y agudo estilo literario. Cimas que se dan en el Tratado sobre el corazón que abre el citado volumen, en el recorrido de estampas geográficas y anecdóticas de Ciudades a las que nuncacon seguí llegar, o en la perfección clásica e impecable de El abrigo, un tenebroso relato ambientado en el París de la ocupación nazi, que hace pensar en el cuento de Gogol del mismo título. Fino analista y burlón implacable, Polgar rehúye siempre los lugares comunes, las certezas inamovibles de los patrones culturales habituales, las aproximaciones rutinarias y universales, la incontestable evidencia y la sensatez de una visión estrecha pequeño-burguesa, como entonces se llamaba, o cómplice deliberada de los índices de audiencia y del imaginario más común, como ahora se diría. Detalles huidos y ocultos tras las apariencias, imágenes de una gran originalidad, llenas de vigor y audacia, de saltos continuos en el vacío para alcanzar el más pleno sentido, se alternan, en su fría disección de escalpelo, con iluminadas píldoras de pensamiento concentrado, o si no, con certeras, sutiles e irónicas divagaciones en torno a temas hábilmente disfrazados de «asuntos de poca monta». Su antibelicismo convencido, su escepticismo radical que odia todo tipo de autoridad, su sarcasmo contra la época de «grandes ideas» y patriotismos que le tocó vivir, ofrecerá algunas de sus perlas cultivadas en textos como el de Discurso, por desgracia nuncapronunciado, ante la tumba de lasvíctimas: «Al morir por ella, habéis causado un daño irreparable a la "Idea" por la que vivisteis; vuestra muerte, en el mejor de los casos, le ha servido de adorno, de patético atavío [...]. Hace avanzar la causa por la que habéis muerto, afirman los pregoneros de vuestra iglesia». Militares, médicos, oficinistas, prostitutas, nazis, harapientos y vagabundos, la guerra y la línea Maginot, esos cientos, miles de «granos de arena en la orilla de la existencia» serán los protagonistas de Polgar, rescatados de los centros neurálgicos que «toman decisiones» («nada de vida, sólo energía») y que mueren anónimamente como moscas, arrastrados por la sucia corriente y la avalancha imperiosa y triunfante de la Historia.

01/08/1998

 
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