ARTÍCULO

Alexandar Tisma: A las que amamos

 

«Al convertir Stendhal y Balzac a personas cualesquiera de la vida diaria, en su condicionalidad por las circunstancias históricas de su tiempo, en objetos de representación seria, problemática y hasta trágica, aniquilaron la regla clásica de la diferenciación de niveles, según la cual lo real cotidiano y práctico sólo puede encontrar su lugar en la literatura dentro del marco de un género estilístico bajo o mediano, es decir, como cómico-grotesco, como entretenimiento agradable, ligero, pintoresco y elegante. Con ello dieron cima a la evolución que se venía preparando desde hacía tiempo (desde la novela de costumbres y la comédie larmoyante del siglo XVIII, y más claramente aún desde los tiempos del Sturm und Drang del prerromanticismo) y abrieron camino al realismo moderno, que desde entonces ha venido desplegándose en formas cada vez más ricas, en concordancia con la realidad continuamente cambiante y expansiva de nuestra vida.»

Esta es una de las conclusiones de Erich Auerbach en su admirable tratado de la representación de la realidad en la literatura. La cita es larga, pero viene que ni pintada para encabezar un par de reflexiones narrativas a propósito de la obra de Alexandar Tisma, un autor yugoslavo (o serbio, ya no sé cómo habría que nacionalizar tras la guerra de los Balcanes a este enemigo declarado de Slobodan Milosevic) desconocido en nuestro país, de cuya obra central (siete títulos en total) se dispone a publicar el editor de Acantilado. Anteriormente a esta novela que comentamos, se publicó El Kapo, una novela sobre la necesidad de exponerse a la venganza o al perdón de un judío camuflado bajo un bautismo católico de conveniencia que, en el campo de exterminio, se convirtió en kapo y sobrevivió al horror a costa de sus correligionarios. Es una novela contundente, muy bien medida, de gran valor documental, sin merma de su alta exigencia narrativa, que situó a su autor en la línea del realismo tradicional y quizá por ello relegado al conjunto de notarios de la historia, grupo y calificación absolutamente inmerecida.
 

A las que amamos es un libro verdaderamente singular. En apariencia, a medida que se avanza en su lectura puede pensarse que estamos ante un conjunto de vidas sueltas que, ligadas por el cruce de personajes y su existencia en una sola ciudad (Novi Sad, tras la Segunda Guerra Mundial), no dejaría de parecerse, salvando las distancias, a aquella película de Robert Altman, Vidas cruzadas, basada en unos relatos de Raymond Carver, un realista de la cotidianidad. El relato contiene las vidas de unas cuantas prostitutas y sus alcahuetas en una ciudad triste y pobre que se recupera de la hecatombe de una guerra que ha asolado al país eslavo como al resto de los contendientes; su principal ocupación es empezar a recuperarse del estrago. En momentos como éste, el ejercicio del poder en pequeña escala es campo abonado para parásitos y mediocres, y la pequeña burguesía, el modesto funcionariado, el comerciante al por menor, se convierten en portadores de una ley de sordidez cuya recompensa es tan mezquina como ellos mismos.

En ese mundo, la prostitución se convierte en uno de los emblemas de la doble moral, de la hipocresía social y de la resignación a malvivir. De una parte, las personas que representan la decencia contemplan el ajetreo del ejercicio del viejo oficio con una dureza y frialdad sólo comparable a la poquedad de su peculio y a la escasez de sus sentimientos; por otra, la necesidad rompe muchas barreras: estamos en esa época característica en que por un par de medias nuevas o, simplemente por no saber qué hacer ante la miseria, las alcahuetas andan todo el día y toda la noche de arriba para abajo consiguiendo nuevas pupilas, no siempre obligadas por el hambre, sobre las que conseguir una comisión. Estamos en un barrio bajo de Novi Sad y se trata de sobrevivir, pero también de salir de allí y de conseguir un estatus social por parte de las más fuertes. Beba es una de ellas y, en cierto modo, representa a ese personaje de nuestro tiempo que es el «emergente», esa figura que atraviesa las clases sociales en busca de otro estado. Ella misma lo hace sentir con esas palabras finales que representan el paso adelante, el estadio siguiente a la miseria y reconstrucción de la posguerra: «Beba siente el poder de su cuerpo sano y recio sobre los tejidos que lo envuelven y ocultan, sobre las telas de los vestidos y las medias, sobre el cuero de los zapatos. Siente que es mejor y más fuerte, y merecedor de esos seductores materiales que lo ciñen, y está resuelta a conquistar los derechos que corresponden a semejante cuerpo».

Pero, entretanto, en el entretanto que es esta novela, cuántas personas nos van a mostrar unas vidas por las que más les valiera morir que seguir viviendo y, que a pesar de todo, prosiguen con su día a día debido a la misma razón por la que el ser humano no deja voluntariamente de respirar por muchos y malos que sean sus dolores y sus desgracias; lo que quiere decir que no es en realidad esperanza lo que los sostiene, sino la pura supervivencia animal lo que les anima, aunque hay algo que los distingue del animal: en unos casos, la ternura; en otros, la capacidad de conmover, aun a través de la sordidez y la mezquindad. Las alcahuetas (Katerina, Paula, la tía Ruza) son, en su mercadeo, una especie de comisionistas que toman y pierden chicas, no alcanzan a tener sobre ellas otro poder que el de procurarles habitación en sus casas pobres y oscuras. No hablamos de madames ni de casas de lenocinio, sino de buscadoras de cuerpos que salen a la calle para cogerlos al vuelo y ofrecerlos: hablamos de la prostitución más elemental. Todo es impreciso y frío, hay entrega física y hay una mecánica de la entrega, el aire es espeso en las casas, fuera el tiempo es desapacible y parece que unos y otros avanzan como fugitivos camino de una cama ínfima. Hay una polifonía de formas de sexo, siempre comercial, aunque por debajo de la lujuria asoma tanto la necesidad de dinero, como el afecto, el afecto del perdedor, en algunos casos. Es también el clima oculto de una ciudad empobrecida en el que mujeres no obligadas por la miseria buscan un dinero para caprichos, un alivio, un desahogo y a las que los hombres acuden a escondidas, también guiados por la intermediación de las alcahuetas al acecho. De estas últimas mujeres, de las que no necesitan el dinero por estricta supervivencia, hace Tisma una descripción muy precisa: «Ella está complacida, sabe lo que va a comprar con el dinero y sabe por eso que no es vana su belleza. El marido sólo la tiene arrendada, no la ha comprado. Y el cliente regresará en cuanto se harte de dos o tres modistillas cálidas». Hay una especie de ruina moral que alcanza a todos en estos tiempos de penuria y reconstrucción. Con todos estos elementos construye Tisma un espacio agobiante, pesaroso y extraordinariamente vivo.

Y ahora volvamos al poder de expresión del realismo tradicional. En un principio cabría pensar que estamos ante un texto que pertenece al género denominado «tipos y costumbres», que se limita a encadenar situaciones de un colectivo –una barriada de la ciudad, por ejemplo– y que opera más cerca del documental que de la creación literaria de envergadura. De hecho, el empleo por parte del autor de todos los elementos de la cotidianidad (habitaciones, camas, sábanas, ropa interior, vestidos, objetos de uso diario, etc.) podría pertenecer perfectamente a una crónica periodística que intenta retratar un ambiente en un momento determinado. Ninguno de los personajes ofrece un progreso narrativo, salvo Emina y Beba, las dos prostitutas de actitudes opuestas que se encaminan la una a su destrucción y la otra a su ascenso social. Los demás se limitan a aparecer y mostrar aspectos de sus vidas, se diría que con intención aparentemente retratista. Pero recordemos una evidencia: toda verdadera novela que se precie de tal define su ambición al mostrar su intención y de ésta puede decirse con toda seguridad que su intención acaba yendo bastante más allá de la exposición de situaciones. Situaciones que, por cierto, son variantes de una situación común: el estrago de la miseria. O mejor dicho: la clase de corrupción que anida en la miseria.

El primer elemento de potencia literaria, de invención literaria, está en la prosa de Tisma. Su uso no es funcional, como lo sería en una crónica, sino creativo. Veamos un ejemplo: «Es la hora de la oscuridad, de las luces eléctricas, de las sombras alargadas. Sin ruido, con paso de lobo, sus ojos amarillos brillando a la luz vacilante, sale a la plaza Mayor y se desliza furtivamente junto a los muros de las altas casas donde parpadean los escaparates de las tiendas, los cafés y los cines». La creación de un clima que envuelve al personaje mismo y lo connota es perfecta; pero, además, enlaza con una tradición literaria; recordemos el comienzo de un poema de Baudelaire, «Le crépuscule du soir»: «Voici le soir charmant, ami du criminel; / Il vient comme un complice, à pas de loup; le ciel / Se ferme lentement comme une grande alcôve, / Et l'homme impatient se change en bête fauves». ¿Qué es lo que tenemos aquí? La descripción de un clima, pero es un clima que va mucho más allá de la información documental: construye una imagen cuyo fin es sugerir un estado de ánimo que se corresponde tanto con el ambiente, como con el personaje que da vida a ese ambiente.

La creación de personajes, por su parte, es circular en aquellos que sostienen el conjunto del ambiente, el escenario, incluso el clima vital; pero hay personajes como Beba, el relojero Spiler, Emina y su penosa relación con Devic, el propio Devic, que son los que guían el relato, los que se constituyen en su efecto narrativo; entonces la descripción pasa de ser ambiental a ser personal; veamos a Emina: «Pero después, cuando emerge sola del sótano de Miluska y sale del estrecho portal al cielo vespertino, que es sólo media hora más oscuro que cuando entró, ya camina hacia su casa entre la multitud de paseantes que el calor de la tarde ha atraído a la calle, comprende el contraste entre la exaltación anterior y la soledad del momento. Comprende cuán fallida, cuán locamente derrochada es su carrera en pos del amor, cuánto sus esfuerzos por mantenerlo eclipsan el mismo amor [...]. Todavía no se ha rendido, todavía no quiere renunciar, sino que con una fuerza instintiva insatisfecha clama por esa fuente que alimenta el amor. Su deseo es estar una vez más, aunque sea la última, con Devic en su casa».

Entonces es cuando percibimos que Tisma abre un abanico de personajes cada uno de los cuales cumple su función. La función sustancial es establecer la red de entregas a la desgracia, a la imposibilidad de prosperar y al uso del cuerpo como único y triste beneficio de una vida cruel. En esa red en la que todos están de un modo u otro atrapados por la misma situación general de declive moral circula la vida como una araña que cuenta sus presas y entonces comprendemos que la creación del clima que se corresponde con esa imagen es, en realidad, una representación literaria de la vida donde, como muy acertadamente señala el autor del texto de contraportada, «la novela explora la dimensión social del deseo, su oscuro poder». Es este punto, el del deseo, el que mueve todos los hilos de la narración porque, finalmente, lo que aborda la novela es la mostración del deseo que, además de ser una mezcla de rutina y necesidad, se manifiesta como motor de los intereses humanos. La creación del clima, entonces, se levanta por encima de lo documental, de lo costumbrista, y se consolida como una reflexión acerca de los mecanismos de la moral social. No es una reflexión conducida hacia un fin determinado, sino abierta y expuesta al lector con una suerte de extraña objetividad que no excluye la compasión, pero que tampoco se apoya en ella. Y ese deseo se manifiesta como oscuro y perturbador en la medida que, como señalaba antes, el verdadero asunto de la novela es la corrupción; no la corrupción del dinero fluyente, sino la de la miseria fluyente, la de la carencia, la pobreza y la mezquindad.

El vigoroso y delicado realismo de Tisma encuentra en esta novela una excelente exhibición de sus mejores cualidades. El autor utiliza un narrador deliberadamente objetivo cuya voz establece un perfecto acuerdo con su mirada. Ése es el logro que impregna de manera particularmente afortunada todo el espacio de este relato en el que el tiempo apenas parece discurrir, como un discreto, pero necesario, invitado a la reunión de vidas que se entrecruzan en el desolado marco de la posguerra de la ciudad de Novi Sad.

01/02/2005

 
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