ARTÍCULO

Alegría de escribir, y de vivir

Anagrama, Barcelona, 267 págs.
Trad. Javier Albiñano
Anagrama, Barcelona, 335 págs.
Trad. Javier Albiñano
 

Lo desconcertante de un escritor como Albert Cohen (1895-1981) es que, a la vez que en cada ocasión sabemos qué vamos a leer –más aún, conocemos incluso el escenario y los personajes–, siempre nos sorprende: privilegios de una escritura a caballo de la libertad y la alegría. Quizá sea lo mismo.

Ese es el caso de Los esforzados (libre pero admisible traducción de Les valeureux [1972], algo así como Los valiontes, a medias entre valiosos y valientes), en el que vuelven a aparecer Pinhas Solal, alias Comeclavos, y Sultán de los tosedores, y Bey de los Mentirosos y Capitán de los Vientos (entre otros muchos nombres), junto con sus cofrades y primos Mattathias Solal, alias Capitán de los Avaros, el pequeño Salomón Solal, el anciano y piadoso Saltiel y el apuesto quincuagenario Michaël, que arrasa entre las muchachas de su barrio en Cefalonia con un cráneo rasurado y grandes mostachos teñidos de negro y en forma de croissant. Todos ellos, judíos sefardíes emigrados a Grecia algunas generaciones antes pero muy orgullosos de venir de Francia, de la que se consideran aún hijos y cuyo idioma todavía hablan en una versión un poco apolillada, forman el grupo de los esforzados ––protagonistas directos de otros dos libros, Solal (1930) y Comeclavos (1938), e indirectos de la conocida Bella del señor (1968)–, una de las pandillas más peculiares y divertidas pero no sólo divertidas de la literatura... de la literatura... ahí está el primer problema: ¿de qué literatura, de qué etiqueta, de qué manual forma parte la obra de Albert Cohen?

Porque es que Albert Cohen fue un judío sefardí nacido en una familia de comerciantes de Corfú en 1895, que estudió Derecho en Ginebra y se nacionalizó suizo, y que a partir de 1925 fue delegado sionista en la Sociedad de Naciones. Durante la guerra estuvo junto a De Gaulle, a partir de 1947 trabajó en la diplomacia internacional de protección de los refugiados y después dirigió una oficina de las Naciones Unidas, antes de consagrarse, a partir de 1951, por completo a la literatura. Murió en 1981. Y aunque escribió en francés, con un placer y gusto evidentes –no casualmente los esforzados leen a Villon, Ronsard, Rabelais y Montaigne con no menor constancia que si fuera un ritual patriótico–, su obra está entretejida, por este orden, de pasión por la sensualidad mediterránea, amor a lo judío –militancia sionista y nostalgia por el lado más humano de la vida en los viejos barrios judíos sefardíes–, e internacionalismo abierto hasta el extremo de que Solal no sólo profesa tal admiración por lo inglés que solicita un título de sir, sino que también aspira, por qué no, al de cardenal católico (un cardenal judío, se entiende, en una generosa pero lógica interpretación del espíritu ecuménico). ¿Acaso no lee también el Nuevo Testamento? Y ello, en el convencimiento de que aunque Moisés es «nuestro maestro sublime», Jesús es un hombre perfecto y un gran profeta.

En realidad esta apertura de espíritu de Solal y el narrador no viene a ser más que un síntoma: el de la libertad y alegría –acaso lo mismo, como se ha dicho– con que estos libros están escritos. Una libertad que reordena el mundo: pues Comeclavos no reinventa el mundo, sino que lo reordena, que es más difícil (véase su desternillante pero lúcida versión de Ana Karenina), y una especie de expresionismo que parece, se intuye, se respira –pues no hay forma de demostrarlo–, es consecuencia directa del entusiasmo de crear, escribir. Una creación que iría a caballo de su propio impulso. Algo en la línea de la farsa, que se alimenta de las risas que provoca, también en el creador, algo emparentado con la risa sabia de Ubú y Pantagruel (Comeclavos traga menos que los héroes de Rabelais, aunque tal vez disfruta más), pero también con la sonriente humanidad de los vagabundos de Steinbeck en aquella cuatrilogía del Palacio de los Golpes: Tortilla Flat, Calle de la Sardina, De ratones y de hombres y Tierno Jueves.

De los varios portentos que reúne la obra de Cohen no es el menor el de repetir unos personajes, los esforzados, sin que se resienta la capacidad de sorpresa y novedad. En cierto modo el lector cómplice asiste a nuevos episodios que van no revelando sino enriqueciendo un mundo, aunque cada libro se puede leer de forma independiente. Pero el mayor portento es muy probablemente el de convencernos de esos personajes no tanto fantásticos como desmesurados. Porque si la corriente mayoritaria de la novela moderna intenta hacernos creer en personajes que son idénticos a nuestros vecinos, que a su vez son idénticos a los personajes de las teleseries, y no siempre acierta, que alguien lo consiga con personajes que convertirían en loco a cualquier otro que se atreviera a proponerlos raya sin duda en el portento. Quizá el truco estribe en que los personajes pueden ser desmesurados pero sin perder nunca de vista la escala verdaderamente humana del sentimiento, la risa, la razón.

Esta última entrega de Los esforzados (toda la serie está publicada en Anagrama, que acaba de sacar Comeclavos en bolsillo) sí incluye una novedad, y es el ocasional punteo en la novela de unas alusiones a un mundo en extinción, el de los judíos de los viejos barrios europeos; y a una amada mucho más joven que recoge la narración y que de toda evidencia se va a quedar sola, pues el narrador se sabe condenado. El último portento es, pues, el de un condenado escribiendo con semejante amor y alegría de vivir. Con semejante juventud.

01/10/1999

 
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