ARTÍCULO

Los nuevos textos órficos

 

En su libro De Homero a los magos (1999, trad. de Xavier Riu, Barcelona, Acantilado, 2002) escribe Walter Burkert al comenzar el capítulo que titula, con un epígrafe muy significativo, «El orfismo redescubierto»: «No existe ningún otro ámbito de los estudios clásicos, y en particular de la historia de las religiones, en que la situación haya cambiado tanto en los últimos decenios como en el caso del orfismo. Ha habido una serie tal de nuevos descubrimientos que cualquier tratamiento escrito, digamos, antes de 1980 está superado. William K. C. Guthrie escribía en su libro Orpheus en 1935:"Sobre este tema no ha aparecido ningún testimonio notable, ni es probable que aparezca". Estamos contentos de que se equivocara».

Entre los nuevos hallazgos, que han venido a modificar a fondo y ampliamente el panorama de nuestro conocimiento del orfismo hay que destacar, de manera significativa: el papiro de Derveni, un rollo papiráceo de mediados del siglo IV a.C., descubierto en 1962, que contiene un comentario presocrático a un antiguo poema órfico, y que puede datarse a fines del siglo V a.C.; las laminillas áureas de algunas tumbas de Italia y Creta, portadoras de instrucciones para el viaje al más allá del iniciado; unas enigmáticas inscripciones en hueso halladas en Olbia, colonia griega en los bordes del Mar Negro, fechadas en el siglo V a.C., y unas curiosas pinturas en vasos de Tarento.

La colección tradicional de los Orphicorum Fragmenta ha quedado radicalmente renovada y enriquecida con estas aportaciones tan sorprendentes, con tantos y variados textos que nos permiten configurar un nuevo panorama acerca de la extensión de la antigua secta órfica y sus creencias fundamentales.Todavía puede ser válido, en grandes líneas, y en su marco histórico, mucho de lo que el ya citado William K. C. Guthrie exponía hace casi setenta años en su excelente Orfeo y la religión griega. Estudio sobre el «movimiento órfico» (trad. de Juan Valmard, Madrid, Siruela, 2003), pero los nuevos materiales obligan a reconsiderar con mucho interés todas esas nuevas aportaciones y textos que ahora tenemos sobre ese movimiento espiritual y esa secta mistérica de tan amplia resonancia en la cultura y la religiosidad griega. Para ello contamos ahora con estos estudios recientes de Alberto Bernabé, sin duda uno de los mejores especialistas en esta temática y excelente conocedor de la amplísima bibliografía actual sobre ella.

Como ya hace tiempo se había subrayado, el movimiento órfico supone un enfrentamiento a las tradiciones religiosas de la ciudad griega y, en definitiva, una nueva concepción del ser humano y su destino. Bajo el nombre del mítico Orfeo, cantor y trágico viajero al Más Allá, surgen una serie de textos que predican y atestiguan esa nueva religiosidad, esa doctrina de salvación sobre el hombre, su alma, y su destino tras la muerte. Marcel Detienne insistió hace ya mucho tiempo en la escisión de los órficos con respecto a la comunidad religiosa de la polis. «El Orfismo se mueve exclusivamente en un plano religioso. Es una secta que pone en tela de juicio la religión oficial de la ciudad. En particular, a dos niveles: uno de pensamiento teológico, otro de prácticas y comportamientos. El Orfismo es fundamentalmente una religión de libro, más bien de textos, con las cosmogonías, teogonías e interpretaciones que éstas no dejan de engendrar. En lo esencial, toda esta literatura parece elaborada contra la teología dominante de los griegos, es decir, la de Hesíodo y su Teogonía [...]. Al ser el Orfismo una literatura inseparable de un género de vida, la ruptura con el pensamiento oficial entraña diferencias no menos grandes en las prácticas y en los comportamientos. Aquel que opta por vivir a la manera órfica, el bíos orphikós, se presenta, en primer lugar, como un individuo y como un marginado, es un hombre errante, semejante a esos Orfeo-telestes que van de ciudad en ciudad, proponiendo a los particulares sus recetas de salvación, paseándose por el mundo como los demiurgos de antaño» (Marcel Detienne, La muerte de Dioniso, Madrid, Taurus, 1982, pp. 133-134, y algunas páginas más, sugerentes, sobre la posición órfica entre Apolo y Dioniso, en La escritura de Orfeo, Barcelona, Península, 1990, pp. 181-210). Miembros de una secta al margen de la política, gente de libros y textos sagrados, y al mismo tiempo practicantes de sus ritos mistéricos y de un peculiar ascetismo –con preceptos estrictos como el no comer carne ni derramar sangre animal o vestir telas de lino–, los órficos dejaron una larga huella en textos como los mencionados, pero también importantes ecos en muy diversos autores, especialmente sugestivos en algunos filósofos (como recoge Bernabé muy bien en el segundo de los libros reseñados).

De entrada, el credo órfico propone una innovadora interpretación del ser humano, como compuesto de un cuerpo y un alma, un alma indestructible que sobrevive y recibe premios o castigos más allá de la muerte.Algo de eso estaba en Homero, pero allí era el cuerpo el verdadero yo del hombre, mientras que para los órficos es el alma lo esencial, lo que el iniciado debe cuidar siempre y esforzarse en mantener pura para su salvación. El cuerpo es un mero vestido, un habitáculo temporal, una prisión o incluso una tumba, según su famosa frase soma sema, para el alma, que en la muerte se desprende de esa envoltura terrena y va al más allá a recibir sus premios o sus castigos, que pueden incluir algunas reencarnaciones o metempsicosis en otros cuerpos (y no sólo humanos), hasta lograr su purificación definitiva y reintegrarse en el ámbito divino.

Para expresar su credo, los órficos recurren a una mitología de temas muy definidos: de un lado, a una teogonía –muy distinta de la hesiódica, como ya apuntamos– y, de otro, a una teoría soteriológica, de larga influencia posterior, sobre el destino del alma. Especial relieve tiene un mito dionisíaco que, en la interpretación órfica, explica el carácter patético de la vida humana, en una condena en que el alma debe purgar un crimen titánico. Según ese mito, los antiguos Titanes, bestiales y soberbios, mataron al pequeño Dioniso, hijo de Zeus y Perséfone, atrayendo al niño con brillantes juguetes a una trampa. Lo mataron, lo descuartizaron, lo cocieron y lo devoraron. Zeus los castigó fulminándolos con su rayo (sólo el corazón del dios quedó a salvo, y de él resucitó entero de nuevo el hijo de Zeus). De la mezcla de las cenizas de los abrasados Titanes y la tierra surgieron luego los seres humanos, que albergan en su interior un componente titánico y otro dionisíaco. Nacen, pues, cargados con algo de la antigua culpa, y deben purificarse de ella en esta vida, evitando derramar sangre de hombres y animales, de modo que, al final de la existencia, el alma, liberada del cuerpo, casi tumba y cárcel, pueda reintegrarse al mundo divino del que procede. El proceso de purificación puede ser largo y realizarse en varias transmigraciones del alma o metempsicosis. De ahí el precepto de no derramar sangre humana ni animal, ya que también en formas animales puede latir un alma humana (e incluso la de un pariente). Al iniciarse en los misterios, el hombre adquiere una guía de salvación, y por eso en el Más Allá los iniciados cuentan con una contraseña que los identifica, y sabe que debe presentarse ante los dioses de ultratumba con un saludo amistoso, como indican las laminillas órficas que se entierran con ellos. Las laminillas áureas apuntan instrucciones para realizar bien la katábasis y entrar en el Hades (no beber en la fuente del Olvido, sí en la de la Memoria, proclamar «también yo soy un ser inmortal», etc.).

La teogonía órfica es muy curiosa e interesante, porque recoge ecos de teogonías orientales y concede un papel esencial a divinidades marginadas del repertorio hesiódico, como la Noche, el Tiempo, Fanes, y habla del Huevo Cósmico primordial, o del Reinado de Dioniso. Pero no podemos detenernos aquí en sus detalles pintorescos. Esta mitología está expuesta en textos de muy diversas épocas, y se compone de fragmentos muy distintos, empezando por breves restos de muy antiguos poemas y concluyendo con las glosas de época tardía donde sin duda se mezclan ecos filosóficos variados. Ahora la lectura y análisis del papiro de Derveni y esos otros hallazgos de lemas y nombres divinos nos han ayudado a ver cómo hubo una tradición de textos antiguos en verso y comentaristas en prosa, al margen de símbolos y contraseñas.Ya sabíamos que los órficos fueron muy aficionados a escritos y libros de nivel diverso, unos más de proselitismo popular y otros más refinados.Y al final, como era de esperar, confluyen con algunos textos de magia.

Todo este conglomerado mitológico, ideológico, religioso, queda muy bien presentado en los textos pulcramente traducidos y puntualmente comentados de estos dos libros. El segundo, con sus «Materiales para una comparación entre fragmentos presocráticos y textos órficos», resultará especialmente atractivo para los estudiosos de la historia de la filosofía griega. Ya sabíamos, desde hace tiempo, que en las Purificaciones de Empédocles resuena con un renovado fervor poético y filosófico la doctrina órfica y pitagórica sobre la transmigración de las almas y el peregrino destino del hombre arrojado al torbellino del mundo y rechazado por uno y otro elemento.Y podíamos rastrear cómo Platón ha recibido influencias de esa teoría sobre el alma toscamente alojada en un cuerpo mortal. Pero en este examen más completo, que toma en cuenta muchos testimonios y fragmentos, podemos advertir otros probables ecos y numerosas coincidencias. Como los que hay, por ejemplo, entre los términos contrarios tan del gusto del oscuro Heráclito y algunas enigmáticas inscripciones de Olbia, donde se presentan en citas contrapuestas: «Vida-muerte, paz-guerra, verdad-mentira, cuerpoalma». También son interesantes las precisiones en la notable afinidad entre órficos y pitagóricos (más interesados éstos en la política y las ciencias exactas). En fin, esta compilación tan completa, bien programada y tan filológicamente lograda representa un indiscutible paso hacia delante en nuestro conocimiento del pensamiento presocrático. Hay que agradecer además el buen estilo de una exposición que nos permite ponernos al día de los progresos en este campo con una presentación tan ordenada y tan precisa.

01/10/2005

 
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