ARTÍCULO

ERNEST HEMINGWAY. AL ROMPER EL ALBA

 

Los exagerados elementos de puro marketing que han rodeado la aparición de este libro no deberían impedirnos hacer de él una lectura desprejuiciada. También habrá que soslayar esa presión de la incorrección política, que tanto parece incitar últimamente al rechazo de Hemingway, en nombre de su bravuconería viril, su gusto por las armas y demás inclinaciones al «vivere pericoloso» que sin duda tuvo. Y es que parecen correr malos vientos para la obra y la figura de papá Ernest. De todas maneras, Al romper el alba no es un libro compuesto finalmente por él, sino «restaurado» (sic) por su hijo Patrick, y el sedicente restaurador confiesa que el texto original es el doble de extenso que el que él nos presenta. Y con todo, en este libro se conserva, a la vez y como materia bruta, lo más estimable y lo peor del extraordinario escritor norteamericano. El libro resulta una novela a pesar de su evidente condición de crónica. Escrito en primera persona, el narrador es el propio Hemingway, que dirige un centro oficial de caza desde la autoridad y responsabilidad de Gran Cazador Blanco, mientras se preocupa, no sólo de los asuntos cotidianos de su grupo de control cinegético, sino de la posibilidad de que lleguen hasta su campamento unos terroristas mau mau evadidos de la prisión, e intenta que su mujer Mary pueda cazar un gigantesco león escurridizo. Los prolegómenos de esa aventura, la propia caza, la fiesta subsiguiente y otros pormenores, constituyen la trama de la novela.

Que la pluma original es de Hemingway no parece que pueda negarse. El estilo de la narración tiene su sello: es conciso, pero errático, sin concedernos nunca del todo la información que esperamos, sino soltándola poco a poco, a veces a través de súbitas iluminaciones, apoyando el relato en sucesivos entrelazamientos, como las telas de araña, y con el propósito de que la descripción de una realidad concreta y dinámica tenga a la vez una apariencia abstracta e inmóvil, fijada ya para siempre, a la manera de un mito. Acaso sea cierto que Hemingway no escribió ninguno de los «libros del siglo», pero nadie puede negarle el haber inventado uno de los «estilos del siglo». Como en todas sus novelas y libros de relatos, Hemingway se muestra aquí gran narrador, capaz de construir a la vez, y con apariencia de gran naturalidad, muchos estratos dramáticos: el del espacio físico en que transcurre la aventura –el campamento, en medio de la naturaleza salvaje, con sus diversos ritmos–, el de los miembros del safari, de diferentes etnias y culturas, el de la gente ajena que con ellos se relaciona, el de su mujer, ansiosa por cazar ese león huidizo, el de la «novia» nativa del narrador, el de las bestias que sirven de alimento o de objetivo al campamento. Aunque el lector pueda estar harto de ciertos tópicos sobre los safaris y sus peripecias de caza, y más en los tiempos ecológicos que vivimos, y también saturado de la leyenda sobre la majestad original de la naturaleza africana y el inevitable Kilimanjaro, acabará entrando en el libro y asistiendo con fruición a todos los pasajes de la aventura. «Mi excusa es que yo fabrico la verdad al inventarla más verídica de lo que hubiera sido. Eso es lo que hace a los escritores buenos o malos», dice el propio Hemingway en un momento del libro, y no cabe duda de que, por encima de los tópicos, hay en él un núcleo de poderosa verdad narrativa.

Junto a ello está lo peor de Hemingway: bastantes diálogos que pretenden ser chispeantes y resultan empalagosos, y el propio papá Ernest haciendo gala de ciertas actitudes y conductas que rayan en lo grotesco. No hay que olvidar que, en el momento de redactar el libro, el autor tenía cincuenta y tantos años. Con ello no quiero decir que no pudiese copular con su esposa varias veces en una misma noche, tener una aventura amorosa con una joven nativa, romper de un disparo el espinazo de un león a la carrera a muchos metros de distancia, consumir bebidas alcohólicas a todas las horas del día o salir descalzo y armado únicamente con una lanza, para enfrentarse en solitario a la noche rugidora. Lo que quiero decir es que, en el personaje que relata esta historia verdaderamente vivida por él a esa edad, no parece haber ni una pizca de percepción de ello, y hasta las evocaciones de ciertos momentos de la adolescencia carecen de esa perspectiva que solamente puede conseguirse después de bastantes años de experiencia, y cuando uno está ya más allá de la madurez. En este sentido, el personaje principal del libro, ese escritor cincuentón que debiera ser la suprema conciencia temporal del conjunto, creo que resulta poco lúcido, y excesivamente vacío. En un momento de la narración, Hemingway dice que «nunca será un reproche decir que [se] ha conservado un corazón de niño, la sinceridad de un niño, la frescura y la nobleza de un niño». Sin embargo, otra cosa es no asumir las cicatrices y hasta la ironía a que obligan los años. En el ejercicio de esa «religión» que Hemingway comparte con ciertos miembros del campamento, en su euforia por no oler como los demás blancos, en su radical pretensión de encarnar una «actitud tribal» frente al universo mundo, además del juego de un escritor millonario que se divierte en un safari de lujo creyendo –o simulando creer– en la profunda verdad de su actitud, parece esconderse un comportamiento propio de la sólida insolvencia de un Guillermo Brown. Esa especie de alucinación pueril, en ningún momento cribada por un punto de crítica o siquiera de humor, es sin duda lo más endeble del libro.

Acaso el fallo se deba, precisamente, a que no ha sido el autor quien, en definitiva, ha afinado y resuelto la novela, y que en esos aspectos de la elaboración de personajes, y por ello de sentimientos, es imposible que el «restaurador», al trabajar con la materia bruta, haya podido sustituir el talento del autor. Pero el libro no es superfluo, pues además de cerrar –es de suponer–, la obra de un importante narrador del siglo XX , matiza la personalidad excesiva de un hombre mitificador y mitificado, que hoy parece de buen gusto –político y no estético, insisto– demoler.

01/10/1999

 
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