ARTÍCULO

Yihadismo, seis años después

Debate, Madrid
Trad. de Gabriel Dols
612 pp. 23,90 €
Foca, Tres Cantos
Trad. de Cristina Piña
336 pp. 18 €
El Andén, Barcelona
Trad. de Diana Hernández Aldana
480 pp. 20,50 €
Anagrama, Barcelona
Trad. de Richard Gross
69 pp. 9,50 €
Paidós Ibérica, Barcelona
Trad. de Marta Pino
348 pp. 19 €
 

Todos nos sentimos amedrentados por la destrucción provocada el 11 de septiembre de 2001. Pero la mayoría de nosotros, independientemente de nuestra orientación política, supusimos que habría personas en los servicios de inteligencia o en el mundo académico que poseerían un conocimiento detallado sobre los yihadistas. Podría llevar tiempo, y po­dría­mos discrepar de los métodos, pero los expertos acabarían llevando a los autores ante la justicia. Qué equivocados estábamos.
La CIA sabía, por supuesto, lo esencial de al-Qaeda, como la ubicación de los campos de entrenamiento afganos y el paradero aproximado de sus principales líderes. Pero cuando, en una mañana de niebla a comienzos de diciembre de 2001, Osama bin Laden se asomó al exterior de Tora Bora, al-Qaeda abandonó el ámbito de la inteligencia táctica y se convirtió en la compleja organización-más-movimiento que, seis años después, aún nos esforzamos por comprender.
Durante unos pocos años, los principales comandantes de la conocida como guerra al terrorismo disfrutaron del beneficio de la duda. Al fin y al cabo, no sabíamos lo que ellos sa­bían. Sin embargo, en cada uno de los años que han transcurrido desde el 11 de septiembre ha pasado a estar cada vez más claro qué poco se sabía entonces de al-Qaeda y cuánto tiempo habríamos de necesitar para entender plenamente la dinámica del yihadismo global.
Desde una perspectiva histórica, esta ignorancia sobre el enemigo convierte a la guerra al terrorismo en un fenómeno único. Raramente se han desplegado tantos recursos sobre la base de una vaga noción de quién es el enemigo y cómo funciona. Quizá no debería sorprendernos que los dos principales dirigentes de al-Qaeda sigan en libertad, que proliferen nuevas organizaciones yihadistas y que el antiamericanismo en el mundo musulmán se haya situado en niveles sin precedentes. Y lo que es más importante, el terrorismo con un número masivo de víctimas ha continuado, como experimentó España tan dolorosamente el 11 de marzo de 2004.
Ha habido éxitos, por supuesto, y muchas de las críticas a la guerra al terrorismo son injustas. Por ejemplo, aquellos que apuntan al aumento de ataques terroristas tras el 11 de septiembre como una prueba del fracaso de la guerra al terrorismo subestiman el papel de los campos de entrenamiento en Afganistán. A mediados de 2001, el número de personas adiestradas y adoctrinadas en los campos era tan grande que resultaba casi inevitable una oleada de terrorismo antioccidental en los primeros años del nuevo siglo. Además, muchos de los males actuales fueron provocados por la invasión de Irak, que se llevó a cabo por motivos completamente diferentes y a la que se opusieron un gran número de profesionales del contraterrorismo. Por último, la proliferación de entidades yihadistas se ve avivada con fuerza por Internet, cuya evolución era difícil de predecir en 2001.
Pero la falta de entendimiento del enemigo ha dado lugar a serias incompetencias y excesos cuyo alcance está empezando a resultar conocido públicamente. Una cosa son las sumas astronómicas de dinero que se gastan en contraterrorismo y en seguridad interna, una gran parte de las cuales han ido a consultorías privadas sometidas a una limitada supervisión. Y otra cosa es el coste humano de la búsqueda de enemigos tras el 11 de septiembre. Una de las visiones menos halagüeñas sobre la guerra al terrorismo, y llegada desde dentro, aflora en los interrogatorios a los detenidos de Guantánamo, cuyas transcripciones se hicieron públicas en 2006. Las conversaciones kafkianas entre los prisioneros y sus acusadores, que se produjeron en una fecha ya tan tardía como 2005, revelan a unos militares estadounidenses con una carencia crónica de responsabilidad y un escaso entendimiento de Oriente Próximo y del activismo islámicoLas transcripciones están disponibles en http://www.dod.mil/pubs/foi/detainees/csrt/index.html. Para otra visión aleccionadora de los absurdos de Guantánamo, véase Clive Stafford Smith, Bad Men: Guantanamo Bay and the Secret Prisons, Londres, Weidenfeld & Nicolson, 2007..
Los organismos encargados de la seguridad no estaban solos, por supuesto, en su ignorancia sobre el yihadismo. Los expertos en Oriente Próximo a ambos lados del Atlántico han rehuido desde hace tiempo el estudio de la militancia islamista por miedo a alentar la islamofobia y una agenda política proisraelí. En estas comunidades existía una tendencia a sencillas explicaciones basadas en la injusticia y a ignorar el papel de las personas y las organizaciones que activaban la generación de la violencia. Este es en parte el motivo por el que las principales contribuciones a la literatura sobre al-Qaeda en los primeros años tras el 11 de septiembre llegaron de periodistas de investigación, no de expertos universitarios.
Afortunadamente, nuestro entendimiento del yihadismo ha mejorado de forma considerable en los últimos años, porque la academia ha empezado a tomarse el tema con mayor seriedad, y porque han pasado a estar disponibles nuevas fuentes primarias cruciales. Puede que el informe final de la Comisión del 11 de septiembre quedara archivado en 2004, pero el proceso de comprender a al-Qaeda no ha hecho más que comenzar.
Un primer paso en este proceso consiste en establecer los hechos básicos sobre la historia de al-Qaeda. Esto es más difícil de lo que parece, ya que el 11 de septiembre desató una avalancha de escritos en los que la verdad se mezclaba con una serie de mitos y teorías de la conspiración más o menos creíbles. ¿Fue Bin Laden realmente un playboy en el Beirut de los años setenta y un títere de la CIA en el Afganistán de los años ochenta? ¿Asistía realmente a partidos del Arsenal en Londres y a or­gías sexuales en Marruecos en los años noventa?Para estas observaciones especialmente interesantes, véanse Adam Robinson, Bin Laden: Behind the Mask of Terror, Edimburgo, Mainstream, 2001, y Kola Boof, Diary of a Lost Girl: The Autobiography of Kola Boof, Long Island, Seaburn, 2006..
En Osama de cerca, el periodista de investigación Peter Bergen lleva a cabo un intento de separar la verdad de la ficción en torno al hombre más buscado del mundo. Bergen, que conoció a Bin Laden en 1997 y que lo ha investigado ininterrumpidamente desde entonces, está bien cualificado para la tarea; pocos fuera de al-Qaeda saben más sobre Bin Laden que él. El enfoque de Bergen es el de un historiador: encontrar el mayor número de personas posible que hayan conocido a Bin Laden en vivo y recoger sus testimonios. El libro presenta el fruto de ocho años de investigación de campo por el mundo islámico en los que Bergen ha localizado a más de cincuenta personas que conocieron a Bin Laden, amasando un volumen de documentación extraordinario.
El formato de Osama de cerca es poco convencional y sorprendente. En vez de dar forma a una narración fluida –lo que hizo en su anterior y muy aclamado libro sobre al-Qaeda, Guerra Santa S. A.–, Bergen da un paso hacia atrás y deja que las fuentes hablen por sí mismasPeter Bergen, Guerra Santa S. A. La red terrorista de Osama Bin Laden, trad. de Juan José Pérez Rodríguez, Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2002.. El libro presenta una larga serie de citas cuidadosamente dispuestas y separadas por comentarios del propio Bergen. Se trata de una elección audaz por parte del editor y del autor, que podría haberse decantado por la opción más segura –y probablemente más satisfactoria económicamente– de una biografía al uso. El resultado es un texto que requiere algún tiempo para acostumbrarse a él, pero que ofrece grandes recompensas para el lector fiel. Rico en detalles y anécdotas, presenta indudablemente el retrato más matizado de Bin Laden al que podemos acceder. Y, lo que es más importante, arroja nueva luz sobre la historia de al-Qaeda y el islamismo militante.
Bergen demuele especialmente la extendida teoría conspiratoria de que Bin Laden colaboró con la CIA en los años ochenta. Cita a personas en el seno de al-Qaeda que ridiculizan la insinuación, y a occidentales en labores humanitarias que estuvieron en contacto con los árabes en el Afganistán de los años ochenta, que afirman que fueron recibidos con una hostilidad extrema.
El libro también pone fin al debate sobre la existencia de al-Qaeda con anterioridad a 1996. Jason Burke y otros (incluido el firmante de estas líneas) han cuestionado la visión de al-Qaeda como una organización coherente y con conciencia propia fundada a finales de 1980, señalando la ausencia casi total de fuentes textuales anteriores al 11 de septiembre que contengan el nombre «al-Qaeda»Jason Burke, Al Qaeda, trad. de José Manuel Álvarez Flórez y Julia Ángela Pérez Gómez, Barcelona, RBA, 2004.. En su libro, Bergen presenta actas recientemente desclasificadas de las reuniones fundacionales de al-Qaeda en 1988, así como testimonios de los primeros años noventa confirmando la existencia de la organización.
Una de las partes más valiosas del libro es la gran colección de testimonios de reclutas que estuvieron en los campos de entrenamiento de al-Qaeda a finales de los años noventa. Documentan la evolución de la infraestructura de los campamentos desde unos inicios muy lentos en 1996 hasta un modernizado centro de entrenamiento y adoctrinamiento para los yihadistas antioccidentales. Bergen también arroja luz sobre el pensamiento que se esconde tras los ataques del 11 de septiembre. La intención de Bin Laden era provocar una invasión estadounidense de Afganistán en la que Estados Unidos habría de quedarse atascada, como le había sucedido a la Unión Soviética en los años ochenta, lo que provocaría el posterior colapso como consecuencia de la carga económica de la guerra. Resulta irónico que Estados Unidos eligiera más tarde situarse en el escenario imaginado por Bin Laden, aunque no en Afganistán, sino en Irak.
A propósito, Bin Laden no fue nunca un play boy en Beirut; era un joven tímido y piadoso. No fue a partidos del Arsenal ni participó en orgías sexuales, si bien sí acompañó a su hermano Salem en un viaje de negocios a Suecia en 1970.
Osama de cerca no es un libro para principiantes; como más se disfruta es con un cierto conocimiento previo del tema (que puede adquirirse con The Looming TowerLawrence Wright, The Looming Tower: Al Qaeda and the Road to 9/11, Nueva York, Knopf, 2006.de Lawrence Wright). Tampoco se trata de un texto analítico organizado en torno a un argumento central. Sin embargo, el libro de Bergen es una obra de referencia de la historiografía que sobrevivirá a la mayor parte de las restantes obras que conforman la literatura sobre al-Qaeda.
Quienes se asombren de por qué ha hecho falta tanto tiempo para establecer una versión fiable de las andanzas de Bin Laden se sorprenderán incluso más al saber cuánto tiempo se necesitó simplemente para recoger sus palabras. Desde comienzos de los años noventa, Bin Laden ha estado pidiendo a gritos que se le prestara atención por medio de numerosas declaraciones, dando cuenta siempre de sus intenciones antes de llevarlas a la práctica. Pero no fue hasta 2005 cuando estas declaraciones resultaron accesibles a un público occidental más amplio gracias a la publicación de Mensajes al mundo, un compendio de los textos de Bin Laden editado por Bruce Lawrence, un catedrático de religión de la Duke UniversityCasi simultáneamente se publicó una compilación de textos sobre al-Qaeda en francés: Gilles Kepel et al., Al-Qaida Dans Le Texte, París, Presses Universitaires de France, 2005..
Mensajes al mundo es una colección de traducciones anotadas y editadas de veinticuatro de las declaraciones más importantes de Bin Laden entre 1994 y 2004. Todos los textos han sido traducidos del original por James Howarth, por lo que son más exactos que las traducciones que circulan por Internet. Enriquecido por los comentarios discretos pero esclarecedores de Lawrence, el libro es de lectura muy accesible.
Estamos, por supuesto, ante discursos marcados por el odio que reclaman el asesinato masivo de civiles. Pero quienes esperen sermones religiosos se quedarán sorprendidos. No hay complejas disquisiciones teológicas, por la sencilla razón de que los oyentes a que se dirige Bin Laden, las masas de musulmanes, no están versados en las sutilezas de la jurisprudencia islámica. El discurso de Bin Laden es profundamente político y elegante en su sencillez. Es populismo en su faceta más eficaz y más aterradora.
El tema central del discurso de Bin Laden es el sufrimiento y la humillación de la nación musulmana (la umma) a manos de los no musulmanes. Bin Laden brinda una visión del mundo nacionalista y panislámica según la cual la umma afronta una amenaza existencial protagonizada por fuerzas exteriores encabezadas por Estados Unidos. El principal recurso teó­ri­co de Bin Laden es la enumeración de símbolos de sufrimiento:ejemplos de situaciones en que los musulmanes han sido humillados u oprimidos por no musulmanes, como Palestina, Chechenia, Cachemira y, sobre todo, el país natal de Bin Laden, Arabia Saudí, donde el ejército estadounidense «ocupa» los lugares sagrados del islam. El único modo de defenderse contra este ataque, defiende Bin Laden, es enfrentándose militarmente a Estados Unidos. Los musulmanes necesitan librar una yihad global para expulsar a Estados Unidos del mundo islámico y, en última instancia, liberar todos los territorios que han estado en algún momento bajo soberanía musulmana. Uno de los territorios que habría de liberarse sería al-Andalus, tal y como recordó Ayman al-Zawahiri a sus seguidores en 2006.
Mensajes al mundo nos permite seguir las principales etapas de la evolución intelectual del primer ideó­lo­go de al-Qaeda. En la primera mitad de la década de 1990, a Bin Laden le preo­cu­pa­ba fundamentalmente criticar al régimen saudí y a sus líderes religiosos por su sumisión ciega a Estados Unidos. Tras darse cuenta de que la defensa política era inútil, declaró la guerra a las tropas estadounidenses en Arabia Saudí en agosto de 1996. Como en el reino desoyeron su llamada a la yihad, decidió declarar la guerra total a Estados Unidos. En febrero de 1998 ar­ticu­ló la doctrina de la yihad global, señalando que «matar a los estadounidenses y a sus aliados –civiles y militares– es un deber individual para todo musulmán que pueda hacerlo, en cualquier país en el que sea posible hacerlo». Desde entonces, todas las declaraciones de Bin Laden han perseguido convencer a los musulmanes de la necesidad de combatir a Estados Unidos y sus aliados.
Aunque el discurso de Bin Laden ha evolucionado, hay algunas constantes, una de las cuales es Palestina. Por alguna curiosa razón, ha aflora­do una percepción –especialmente en Estados Unidos– de que a Bin Laden no le preocupó la causa palestina ­hasta después del 11 de septiem­bre, cuando encontró políticamente oportuno mencionarlaVéase, por ejemplo, Peter Beinhart, «Front Lines», The New Republic, 1 de octubre de 2001.. Esto es fácticamente equivocado. Como deja claro Peter Bergen, los primeros discursos públicos de Bin Laden a finales de los años ochenta fueron sobre Palestina y la necesidad de boicotear los productos americanos debido al apoyo que brindaba Estados Unidos a Israel. Mensajes al mundo no deja asomo de duda: Palestina aparece mencio­nada en siete de las ocho declara­ciones anteriores al 11 de septiembre y en trece de los dieciséis textos posteriores a los atentados. Palestina es el símbolo supremo del sufrimiento musulmán y el mensaje de Bin Laden sería más débil sin ella. La creencia de que Palestina es irrelevante para la guerra al terrorismo es probablemente el mayor engaño de la época posterior al 11 de septiembre.
Los libros de Bergen y Lawrence se complementan muy bien entre sí y nos permiten comprender tanto al hombre como el mensaje. Sin embargo, del mismo modo que la Segunda Guerra Mundial no puede entenderse del todo estudiando simplemente a Hitler y Mein Kampf, el yihadismo no puede comprenderse únicamente desde el punto de vista de sus líderes; debe estudiarse también desde abajo, desde la perspectiva de los soldados de a pie.
Esto es justamente lo que nos permite hacer el libro Dentro de Al Qaeda de Omar Nasiri (un seudónimo). Dentro de Al Qaeda es el relato autobiográfico de un islamista belga-marroquí que fue reclutado por los servicios de inteligencia franceses y británicos para espiar a los yihadistas en Europa y Afganistán en los años noventa. Tras ser abandonado por sus protectores antes del 11 de septiembre, Nasiri escribió el libro para expresar su desilusión tanto con los yihadistas como con los servicios de inteligencia. El libro ofrece un relato desde dentro, con un grado de detalle único, del panorama yihadista en Europa y Afganistán en un momento crucial de transición en el que al-Qaeda no era aún un actor fundamental y el terrorismo antioccidental no estaba todavía al orden del día. Su relato es tan extraordinario que nos vemos obligados a cuestionarnos su autenticidad. Sin embargo, el relato es demasiado detallado y demasiado coincidente con otros testimonios como para ser una falsificación.
La historia de Omar Nasiri comienza en 1994, cuando se ve envuelto en una red de islamistas argelinos en Bruselas por medio de su hermano mayor, más religioso que él. Sus relaciones con los radicales son tensas después de robarles dinero y decide trabajar para la inteligencia francesa a cambio de protección. Después de que su segura casa sea bombardeada y sus camaradas sean arrestados en marzo de 1995, Nasiri decide ir a Afganistán para recibir entrenamiento como yihadista. Pasa casi un año en los legendarios campos de entrenamiento de Khalden y Derunta junto con aspirantes a yihadistas llegados de todo el mundo. En 1996 se traslada a Gran Bretaña, donde entra a formar parte del vibrante escenario islamista de «Londonistán», al tiempo que envía informes a los servicios de inteligencia franceses y británicos. En 1998, el pasado puede más que él; una de las personas a las que había traicionado en Bruselas llega a Londres, y Nasiri se ve obligado a huir. Es abandonado por sus protectores franceses y acaba en Alemania, donde finalmente abandona el trabajo de espía.
Uno de los aspectos más sorprendentes de la historia de Nasiri es la importancia de los factores mundanos y no ideológicos en el reclutamiento individual para el activismo yihadista. Para Nasiri y muchos de cuantos lo rodean, el afán de aventura y la camaradería parecen más importantes que la ideología. Esto es congruente con los descubrimientos de Marc Sageman, un experto estadounidense que mostró que la radicalización es sobre todo un proceso social, no ideológicoMarc Sageman, Understanding Terror Networks, Filadelfia, University of Pennsylvania Press, 2004.. La mayoría de las personas se ven arrastradas hacia el activismo a través de amigos y parientes y se radicalizan en pequeños grupos por medio de juegos de apuesta. La ideología, defiende Sageman, entra en juego más tarde.
Otra importante lección de Dentro de Al Qaeda es que el radicalismo islámico es un fenómeno políticamente heterogéneo. La yihad significa esencialmente cosas diferentes para las distintas personas. En el libro se presentan tres agendas políticas bien diferenciadas: la agenda «socio-revolucionaria» de los amigos de Nasiri en Bruselas, que apoyan la lucha contra el régimen argelino; la agenda «yihadista clásica» del propio Nasiri, que quiere librar una guerra convencional en Bosnia, y la agenda «yihadista global» de al-Qaeda, que quiere utilizar el terrorismo internacional contra Occidente. Nasiri es extremadamente crítico con la táctica terrorista de los socio-revolucionarios y los yihadistas globales, pero él sigue considerándose un mujahid, o guerrero sagrado.
La historia de Omar Nasiri también arroja luz sobre los problemas y los dilemas de la obtención de información por parte de los servicios de inteligencia dentro de las comunidades yihadistas. Nasiri da la impresión de ser una persona muy difícil que cambia de opinión con frecuencia, se siente ofendido fácilmente y culpa a otros de sus desgracias. En este sentido, recuerda mucho a Aukai Collins, otro informante yihadista que se volvió en contra de sus protectores y escribió un libro sobre sus experienciasAukai Collins, My Jihad, Guilford, Lyons Press, 2002.. Collins es un converso estadounidense que se radicalizó a comienzos de los años noventa y combatió en Chechenia y Kosovo, al tiempo que colaboraba parcialmente con la CIA y el MI6. Tanto Nasiri como Collins revelan con afán de venganza los nombres, el aspecto y los métodos de trabajo de sus antiguos jefes, lo que provocaría, sin duda, el consiguiente rechinar de dientes en Langley y París.
No hace falta ser un psicólogo para darse cuenta de por qué Nasiri era una persona insegura. Tras mudarse en varias ocasiones entre Marruecos y Bélgica siendo un niño, siempre se sintió como un extraño. De los diez a los quince años vivió con una familia de acogida debido a un problema médico, y mientras él no estaba, su madre se divorció de su violento padre. Nasiri era la arquetípica alma atormentada con problemas de identidad.
Aunque Nasiri no participó nunca en actos terroristas, encaja en la descripción de El perdedor radical trazada por el famoso intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger. En este breve ensayo de fácil lectura, Enzensberger reflexiona sobre los procesos psicológicos y las causas más profundas que se esconden tras las atrocidades terroristas. Escrito en un estilo sencillo, literario, despojado de la jerga de las ciencias sociales, la lectura del ensayo se convierte en una experiencia diferente y estimulante.
La tesis de Enzensberger es que el terrorismo es cometido por personas marginadas y humilladas que han encontrado consuelo y un reforzamiento personal en colectividades que adoptan la forma de grupos militantes. Sin embargo, la mayoría de los grupos militantes de los años sesenta y setenta bien han desaparecido, bien han adoptado una agenda muy local desde que el final del comunismo redujo su atractivo global. Hoy, un único movimiento puede librar una guerra a una escala global: el islamismo. Este movimiento debe su fuerza a su carácter descentralizado y a su capacidad de explotar los agravios religiosos, políticos y sociales. Es un fenómeno esencialmente moderno que utiliza tácticas terroristas y medios sofisticados.
La causa más profunda del crecimiento del islamismo –defiende Enzensberger– es la esclerosis intelectual del mundo árabe y musulmán, tal y como ha documentado el Informe Árabe sobre Desarrollo Humano. La hostilidad de los ulemas medievales hacia el conocimiento profano impidió el progreso y envió al mundo islámico a un estado de atraso civilizacional casi permanente. Esta inferioridad económica y científica ha creado un sentimiento de humillación que resulta especialmente doloroso porque choca con la sensación de superioridad sobre otros pueblos que ha caracterizado a los árabes desde hace siglos. El resultado es una hipersensibilidad colectiva a las críticas llegadas desde fuera y una tolerancia de la violencia ejercida contra otros. Esto crea, a su vez, un entorno beneficioso para el islamismo y el terrorismo.
Enzensberger no pretende ser un científico social; se asigna el papel de intelectual público y presenta el ensayo como un intento humilde e independiente de comprender. Esto resulta especialmente laudable en nuestra época de especialización y compartimentación académicas. Sin embargo, no lo exime de la crítica a la sustancia de su argumentación, que resulta muy problemática.
Para empezar, no está nada claro cuál es el fenómeno que Enzensberger está tratando de explicar. En cualquier contexto, deja que sea la imaginación del lector la que decida si es el terrorismo islamista en Occidente, la violencia cometida por los musulmanes en términos más generales, o simplemente el islamismo como tal. Lo que es más importante, la macroexplicación de Enzensberger –que sugiere una cadena causal en cuatro pasos desde la hostilidad medieval hacia el conocimiento profano al pobre desarrollo humano y de ahí al islamismo y, por fin, al terrorismo– es poco más que una especulación intelectualmente atractiva. Si el mundo musulmán se ha retrasado mil años, ¿por qué llega ahora la reacción violenta? ¿Por qué varían tanto el nivel y el tipo de violencia a lo largo del mundo islámico? ¿Por qué algunos musulmanes se convierten en violentos perdedores y no otros? Y, ¿es el nivel de violencia islamista antioccidental realmente tan alto como para resultar indicativo de una crisis de la civilización? El perdedor radical es una serie de ideas y sentimientos bien escritos y que invitan a la reflexión sobre las relaciones musulmano-occidentales en un momento especialmente tenso de la historia. Desgraciadamente, sin embargo, es poco lo que añade a nuestra comprensión del yihadismo.
El enfoque deliberadamente subjetivo y cualitativo de Enzensberger constituye el polo opuesto del enfoque árido y cuantitativo de Robert Pape, un catedrático de ciencia política de la Universidad de Chicago. En el libro Dying to Win, Pape intenta comprender el fenómeno de los ataques suicidas con bombas, el máximo símbolo del terrorismo yihadista, valiéndose para ello de una exhaustiva base de datos de 315 ataques suicidas llevados a cabo entre 1980 y 2001.
Dying to Win es una de las obras aparecidas en estos últimos años dedicadas al terrorismo suicidaVéanse también Diego Gambetta, Making Sense of Suicide Missions, Oxford, Oxford University Press, 2005; Farhad Khosrokhavar, Suicide Bombers, Allah’s New Martyrs, Londres, Pluto Press, 2005; y Ami Pedahzur, Root Causes of Suicide Terrorism: Globalization of Martyrdom, Political Violence, Nueva York, Routledge, 2006.. Mientras que la mayoría de los restantes libros se centran en el reclutamiento individual para el terrorismo suicida, Pape pregunta en qué contexto y para qué propósito utilizan los grupos militantes los ataques suicidas. Ofrece una serie de argumentos provocadores y contrarios a lo que cabría esperar intuitivamente que convierten a su libro en uno de los más ardientemente debatidos en la literatura sobre el tema.
Los ataques suicidas con bombas parecen presuponer una fuerte convicción religiosa. Seguramente sólo una firme creencia en una vida después de la muerte –complementada en el caso del yihadista por la recompensa de setenta y dos vírgenes– podría llevar a seres humanos a cometer este tipo de violencia. No es así, defiende Pape; un alto porcentaje de los ataques de su base de datos han sido llevados a cabo de hecho por grupos profanos, en especial el LTTE (Tigres para la Liberación de la Patria Tamil) de Sri Lanka. El común denominador entre grupos que utilizan el terrorismo suicida no es su religiosidad, sino la naturaleza territorial de su lucha. Los principales autores de ataques suicidas entre 1980 y 2001 –como los Tigres Tamiles en Sri Lanka, Hizbollah en el sur de Líbano, Hamás en Israel o el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) en Turquía– estaban todos luchando por un territorio contra un adversario democrático. Pape concluye por ello que la causa fundamental del terrorismo suicida no es la religión, sino la ocupación extranjera. El terrorismo suicida parece ser también especialmente eficaz contra democracias con su prensa libre y sus opiniones públicas cambiantes. Esto es lo que él llama la «lógica estratégica del terrorismo suicida».
Pape ha sido objeto de fuertes críticas por diversos motivos, el más importante de los cuales es su supuesto fracaso a la hora de explicar los ataques suicidas de al-QaedaVéanse fundamentalmente Assaf Moghadam, «Suicide Terrorism, Occupation, and the Globalization of Martyrdom: A Critique of Dying to Win», Studies in Conflict and Terrorism, núm. 29 (2006), pp. 707-729, y Scott Atran, «The Moral Logic and Growth of Suicide Terrorism», The Washington Quarterly, vol. 29, núm. 2 (primavera de 2006), pp. 127-147.. Muchos no se han dejado convencer por el argumento de Pape de que al-Qaeda está luchando contra lo que es percibido como una ocupación estadounidense de la Península Arábiga. Algunos de los ataques más mortíferos, como las bombas de Madrid y Londres, se han llevado a cabo en lugares donde no existe ninguna ocupación perceptible y por parte de personas que no son ni remotamente víctimas de una ocupación. Además, en Irak, la mayor parte de los ataques suicidas no se dirigen contra los ocupantes, sino contra civiles chiitas.
Los modelos del terrorismo suicida han cambiado considerablemente en los últimos cinco años. Para empezar, el número de ataques se ha disparado, sobre todo como consecuencia del conflicto de Irak; otra información fiable de la base de datos sugiere que más del 80% de todos los ataques suicidas de la historia han tenido lugar con posterioridad a 2001. Además, desde 2003 aproximadamente, hemos visto tácticas suicidas empleadas por grupos yihadistas revolucionarios en Pakistán y el norte de África que no utilizaron en el pasado ataques suicidas con bombas.
Sin embargo, los numerosos puntos débiles e inexactitudes de la obra de Pape no invalidan su tesis central, que es que la propensión de un grupo a las tácticas suicidas varía en función del tipo de lucha que esté librándose. Pape es demasiado categórico en sus afirmaciones y pone demasiado énfasis en la ocupación en su sentido literal. Probablemente no es la ocupación sino el nacionalismo lo que genera el terrorismo suicida. Los grupos nacionalistas tienen una base territorial, pero no están viviendo necesariamente bajo una ocupación. Los recientes acontecimientos en Pakistán y Argelia son excepciones que confirman la regla. La tendencia global es muy clara: los grupos nacionalistas han llevado a cabo más atentados suicidas con bombas que los grupos revolucionarios. Hasta 2003, el grupo egipcio al-Gamaa al-Islamiyya y el GIA (Grupo Islámico Armado) argelino combatieron ambos a sus regímenes locales, pero prácticamente nunca se valieron de ataques suicidas con bombas. Parece, pues, que los grupos nacionalistas tienen un mayor poder movilizador que los grupos revolucionarios. Expresado de otra manera, los hombres morirán por su pueblo, pero no necesariamente por una idea de un sistema de Estado.
Por lo que respecta a al-Qaeda, podría defenderse convincentemente que representa una forma de nacionalismo religioso centrado en la comunidad imaginada de la umma. Como deja claro Mensajes al mundo, el discurso de Bin Laden se concentra enteramente en la nación musulmana y sus textos están integrados por largas listas de símbolos de sufrimiento, la mayoría de los cuales son conflictos territoriales. Puede que quienes colocaron las bombas en Madrid en 2004 –algunos de ellos y sus cómplices han sido recientemente condenados en la sentencia dictada el pasado mes de noviembre– no fueran víctimas personales de una ocupación, pero sí habían pasado a verse como parte de una nación musulmana oprimida y humillada. En una cinta de vídeo difundida tras el atentado, su portavoz decía que ha­bían actuado para vengar a sus hermanos musulmanes en Irak. Los militantes mataron a conciudadanos españoles para vengar a hermanos en la fe a los que nunca habían conocido: tal es el poder del nacionalismo panislámico.
Más de seis años después del 11 de septiembre, el estudio del yihadismo no ha hecho aún más que comenzar. ¿Por qué ha hecho falta tanto tiempo? Una razón, por supuesto, es que, cuando empezamos, lo hicimos prácticamente desde cero. Otro factor es que hace falta tiempo para que salgan a la luz las fuentes fundamentales. El motivo más importante, sin embargo, es sin duda nuestra indignación emocional ante la violencia de al-Qaeda, que nos ha impedido aproximarnos al fenómeno de­sa­pasionadamente y sin prejuicios. Las sociedades golpeadas por el terrorismo son siempre las peor situadas para entender a sus enemigos. Es únicamente cuando vemos a los yihadistas no como agentes del mal o como fanáticos religiosos, sino como seres humanos, cuando tenemos la posibilidad de comprenderlos.

Traducción de Luis Gago

 

01/01/2008

 
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