ARTÍCULO

Una promesa vacía

Fundación José Manuel de Lara, Sevilla
190 pp. 18 €
 

Los cincuenta millones de muertos que, según la mayoría de las estimaciones, habría dejado la Segunda Guerra Mundial permiten imaginar innumerables duelos y catástrofes personales. Excepto unos pocos héroes y tiranos de renombre, son esos millones de muertos desconocidos los que forman el rostro anónimo de la Historia. Indagar en la enorme fosa heredada del conflicto más sangriento del planeta permite enfrentarse a un compendio de atrocidades que ponen a prueba el concepto de Humanidad. Pese a las advertencias de Adorno, después de Auschwitz se ha escrito poesía y, por supuesto, mucha prosa. Cuando van a cumplirse sesenta y cuatro años del fin de ese infierno, numerosos escritores siguen buscando allí las oportunidades para escarbar en el alma del animal humano. Eso es lo que ha procurado también José Ángel Cilleruelo. Al menos de ahí arranca Al oeste de Varsovia.
Ubicándose en la pequeña localidad polaca de Zielona Góra, cerca de la frontera con Alemania, Cilleruelo inicia su historia con la violenta llegada de los alemanes, una fría mañana de octubre de 1939. En el instituto del pueblo se presentan dos oficiales del ejército del Führer que irrumpen en el despacho del director y obligan a todos los profesores a abandonar sus clases y salir fuera, bajo la lluvia. Ante ese grupo de hombres y mujeres mojados y desconcertados, los oficiales descubren que falta un profesor que se ha negado a dejar su aula por no interrumpir el examen que lleva a cabo. Ese es Cezary Cieślak, el héroe relegado del libro, que sólo aparece minutos más tarde ante los restantes profesores para acabar muerto bajo la lluvia en las primeras páginas. La historia se desencadena a partir de ese tiro en la cabeza que la narradora intenta esclarecer desde el presente.
¿Una novela histórica? No. Tal vez, en cierto modo, un reclamo por los olvidados/as, por los que cayeron inexplicablemente, sin ser héroes pero guardando su dignidad. La historia de un hombre sin historia. En las primeras páginas, Cilleruelo da la impresión de estar interesado en un rescate de traza melancólica que, a partir de un personaje negado por «el curso de los acontecimientos», permita reconstruir los intersticios de una existencia rota en un lugar lejano y olvidado. El pago de una deuda, por decirlo de alguna forma. Visto así, Al oeste de Varsovia despega con la reunión de una serie de elementos privilegiados para desarrollar una ficción de corte histórico.
Sin embargo, una vez que el argumento comienza su andadura, la trama se embrolla en un disolvente zigzagueo entre el pasado de este profesor y poeta de vanguardia asesinado y el presente de la narradora que se traslada a Zielona Góra para investigar esa muerte en medio de sus propias dudas sentimentales. De hecho, a partir de la tercera parte (de las cinco que componen el libro), la historia del profesor Cieślak pasa a ser secundaria y cualquier descubrimiento relacionado con su poesía, su existencia o su asesinato comienza a ser anecdótico. En lugar de hacerse cargo de las posibilidades que plantea inicialmente, la novela cambia el punto de gravitación. Pasan a primer plano los desvelos de la narradora y sus tretas para intentar escamotear pequeñas piezas de información sobre ese profesor de provincia que, por algún motivo, se le ha metido entre ceja y ceja. En determinado punto nos enteramos de que la narradora ha decidido llevar a cabo su indagación sobre la muerte de Cieślak por una historia de amor que acabó mal con un nieto del profesor.
El cambio del punto focal no tiene por qué ser algo inadecuado per se. Significa, eso sí, que la preponderancia que toma la narradora como personaje debiera verificarse en relación con el argumento. Sin embargo, en la medida que la indagación desplaza el punto de atención desde el profesor asesinado a la joven que investiga sobre su vida, la trama se hace cada vez más caprichosa. Si ya es difícil explicar por qué la muerte de Cieślak fue inmediatamente negada por todos sus colegas del cuerpo docente, la contribución de personajes como Tamara, la prostituta omnisapiente con quien la narradora comparte habitación en un albergue de Zielona Góra, le resta credibilidad a la investigación. Por mucho que puedan saber las prostitutas sobre los hombres, las coincidencias poéticas entre las memorias que la meretriz guarda de sus clientes pasados y la investigación que realiza su compañera de cuarto sólo son posibles en un plano de una fantasiosa sensiblería.
Según explica el propio Cilleruelo en su blog (http://elvisirdeabisinia.blogspot.com), se trata de una novela concebida bajo un orden específico de alternancia entre el pasado y el presente, al modo en que una composición lírica ordena sus versos en una estrofa. Este juego compositivo, que no añade especial claridad, tampoco evita el progresivo alejamiento del tema planteado al comienzo. En realidad, si hay que buscar un elemento decisivo en el desarrollo de la trama, probablemente el más recurrente es, por algún motivo, el sexo. Así, para llevar a cabo su investigación, la protagonista se acicala para seducir a la archivista del pueblo o tiene un affaire inexplicable con Olgierd, su otro informante, quien la lleva a un hotel de citas «cuya puerta», relata la narradora antes de entrar, «no era blanca y de repente la vi blanca: yeso cuajado de la espera que sus brazos convirtieron en talco sobre el culito de un bebé». En la misma línea, una de las pocas cosas que la narradora logra averiguar sobre Cieślak es que participó en un trío con Olga, su mujer, y con uno de sus colegas del instituto, Janusz. La información más reveladora de Tamara, la prostituta, le permite descubrir que uno de sus antiguos clientes fue alumno del instituto donde enseñaba Cezary Cieślak. «Tamara –exclama emocionada la narradora–, eres una filósofa. Y, sobre todo, un cielo».
Para rematar, la protagonista acaba confesándole a Tamara el rodaje de una película porno en la que debió trabajar en Berlín para pagar el aborto de la criatura de Cieślak que llevaba en sus entrañas. Al llegar a este punto, el momento seminal de la narración, a saber, la muerte de Cezary Cieślak a las afueras del instituto de Zielona Góra, parece tan borroso que uno acaba preguntándose cómo encaja todo esto en un mismo libro.

01/06/2009

 
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