ARTÍCULO

Nacionalismo, arabismo y otros ismos

 

Para desmontar argumentos contrarios no hay nada como crearlos uno mismo, inventar lo que los textos no dicen y adjudicárselo al adversario (real, supuesto u obligado). A veces la cosa pasa de castaño oscuro cuando a un autor no sólo se le interpreta mal, sino que se recortan párrafos (alusión a la pág. XXVI) para que signifiquen lo que no dicen o, ya el colmo, se le endosan posturas contradichas expresamente en el mismo libro, probando, como mínimo, que el crítico no lo ha leído entero. Todo vale. Viene esta consideración inicial a propósito de algunas críticas especialmente agresivas dedicadas a mi obra Al-Andalus contra España. La forja del mito, como la aparecida en Revista de libros (n. o 81, septiembre de 2003), firmada por María Antonia Martínez. No es la única que ve simplemente lo que quiere ver pero, de momento, sí la última: vayan para ella y para todos las siguientes reflexiones.

Dejando aparte descalificaciones personales que no merecen respuesta, los mayores ataques se aferran a una cadena bien trabada: adhesión del autor a las tesis de Sánchez Albornoz sobre la continuidad histórica de España y los españoles, no arremeter contra el mito de España y, como corolario ineludible de los anteriores eslabones, nacionalismo español irremisible del que suscribe que, por lo tanto, está en pecado mortal de progresía y todo cuanto diga, por mucho que lo razone y documente, será despreciable. Del objeto central del libro se dice poco o nada, en unas frases se reconoce y despacha lo acertado de revisar el mito de al-Andalus y de seguida se entra de lleno en lo que interesa: catalogar al autor como albornocista, pidalista y hasta simonetista (lo más bajo del infierno para un historiador progre). Pero la realidad es que el autor no se adhiere a ninguna corriente historiográfica –digan dónde lo hace– porque piensa que la polémica entre Sánchez Albornoz y Américo Castro está periclitada hace años y, en verdad, ambos sostenían posturas de una ingenuidad idealista admirable; y si en algún pasaje se citan la espada del Cid, las joyas de la Reina Católica o los Tercios de Flandes es en tono irónico no muy difícil de detectar. Pero vaya usted con ironías a los entusiastas de los catecismos (de derechas o de izquierdas), las clasificaciones y la compartimentación del pensamiento: si usted no es galleguista, andalucista, catalanista, etc., es por su inconfundible tara españolista, sin escapatoria. Es en balde que en todo el libro no haya una sola frase apologética de la España cristiana –digan dónde la hay– o que a Sánchez Albornoz sólo se le mencione de pasada al principio aunque, a fuer de sinceros, no podamos negar que los materiales de este último –no tanto sus conclusiones– son mucho más sólidos que los de Américo Castro. Creo que pocos historiadores discreparán de esta afirmación. Sin embargo, el objetivo de la obra no es tanto abordar el mito de al-Andalus como el de su pervivencia entre nosotros. Ninguno de los detractores ha querido –tal vez podido– ni rozarlo. Lo que se somete a discusión en Al-Andalus contra España no son las exquisiteces y armonía perfecta de las famosas Tres culturas (eso llegará próximamente), sino la perduración –o no– en la sociedad española posterior a 1614 de elementos culturales –es decir, de vida– cuyo origen pueda entroncarse en al-Andalus con alguna seriedad. Como es imposible probar que el flamenco se deba a raíz árabe ninguna, que la chumbera proceda del norte de África o que el léxico de la artesanía en el campo de Níjar tenga más de un 15% de etimologías árabes, hay que cargar contra el autor por «españolista». Simplemente por no aceptar las verbenas autonómicas organizadas y financiadas –sobre todo en Andalucía, qué le vamos a hacer– a la busca del hecho diferencial perdido que justifique mamarrachadas como los Juegos Deportivos Moriscos de la Alpujarra, las Veladas Andalusíes de Niebla (¡con teatro andalusí incluido!) o la perenne invocación a Las tres culturas, con su correlativo sangrado de fondos y prebendas varias.

La segunda acusación, la de no arremeter contra el mito de España, es fácil de replicar: si ven esa necesidad –todavía más–, que lo hagan ellos, si saben y son capaces. Estamos a la mira. El libro se ocupa de asuntos de mayor interés, a nuestro juicio, ¿o es que estamos obligados a escribir el libro que a ellos les gustaría componer? No creemos en la glorificación mítica de nuestro país, tal como nos la intentaron enseñar en la infancia, con poco éxito desde luego, pero sí nos responsabilizamos y nos sabemos partícipes de un grupo humano determinado que no ha caído ayer de los cielos («Somos lo que somos pero también lo que han sido otros», dice un ultraderechista reconocido como José Saramago) y consideramos que el patriotismo es el respeto que nos debemos a nosotros mismos como comunidad organizada históricamente. Ni más ni menos. Y, por favor, entérense los progres de que la nación española no es una creación del general Franco, sino de los liberales del tiempo, que la oponían a la monarquía absoluta, a la retardataria Iglesia de su centuria y a todo el Antiguo Régimen. Tampoco sería malo que se informaran de la naturaleza ultrarreaccionaria de los movimientos separatistas vasco y catalán (en su origen, ideología, actuación, desarrollo y objetivos actuales) surgidos –qué casualidad– cuando se acabó la empresa colonial y ya por ahí no se podía seguir ordeñando la vaca.

Escasa racionalidad muestran quienes exhiben la última moda española: no sentirse españoles, aunque participen hasta la médula de todos los factores que componen el imaginario y el conjunto de valores, antivalores, prejuicios, gustos, etc., propios de esta comunidad humana; y sin conocer, con frecuencia, otra lengua sino la española. Un fenómeno acomplejado de vacío mental, frivolidad y alienación más cercano a la psiquiatría que a la antropología o la sociología y que la actual búsqueda y exageración de hechos diferenciales por todos los rincones pretende llenar magnificando obviedades, destacando los rasgos distintivos y tratando de ocultar los comunes, que son mayoritarios. Bien es cierto que en nuestra contemporaneidad no hay inocencia ni desprendimiento romántico alguno: siempre que una oligarquía local percibe, con razón o sin ella, que puede gestionar e instrumentar en su propio beneficio los recursos económicos cercanos, descubre la independencia como bálsamo infalible, triaca contra todos los males. Y, a continuación, los descubrimientos ya no cesan: exacerbación del culturalismo; resurrección de lenguas (o su invención: en Andalucía están inventando el andalú); elevación a categorías cósmicas de anécdotas que, con suerte, se quedan en folclore; exhibición estratosférica, bien subvencionada, de cualquier jarana local...

No ha faltado quien considere «acientífico», «ahistórico» e «inaceptable» (caso de M.A.M.) intentar situar las barbaridades perpetradas por españoles en su contexto histórico, en la época en que se producían, reclamando al tiempo alguna forma de autocrítica del lado de los descendientes de las víctimas de entonces, en este caso musulmanes. Y no vemos por qué: ¿deberemos insistir en el masoquismo de la autoflagelación? Creo que no somos pocos los españoles hartos de este juego morboso y bobo que, en el mundo entero, sólo practican los alemanes, bien que por causas más directas, cercanas y concretas, aunque motivos para callar –si nos metemos por esa senda– tengamos todos los seres humanos. Todos. Pero tampoco sobra recordar la gran afición de algunos arabistas a repartir, o denegar, con gestos de Zeus, certificados y patentes de ciencia: ¿desde qué alta tribuna? En la última crítica, que comentamos, se enjuicia el libro con mentalidad de miembro de tribunal de tesis doctoral, máximo grado intelectual que puede alcanzar la mayoría de los arabistas: faltan conclusiones (obviamente, M.A.M. ha utilizado las ediciones primera y segunda, porque en la tercera y cuarta se dice con claridad qué se piensa al respecto: que el lector extraiga los aprovechamientos morales que estime oportunos, pues el autor no es un vendedor de catecismos ni un maestro con puntero); no se menciona bibliografía española de los últimos veinte años sobre al-Andalus..., lo cual es falso, pero además el objeto del libro es otro, como ya hemos indicado; y, sobre todo, M.A.M. descubre, como si diera con una bolsa de petróleo, que algunos capítulos habían sido publicados en revistas especializadas, gran pecado, al parecer, que contraviene las sanas costumbres del buen doctorando. A falta de argumentos de fondo, se atacan cuestiones secundarias que a los lectores poco importan. Y a propósito, lo explicaré sólo una vez: no se trata de artículos sueltos parcialmente publicados y reunidos en un libro con más o menos acierto, sino justamente de lo contrario, es decir, capítulos de una obra unitaria aparecidos en revistas ante las dificultades encontradas en varias editoriales para dar a la luz un libro tan poco a la moda y tan políticamente incorrecto como el aludido. Gustaría a no pocas gentes que el libro –como tal, entero– no hubiese asomado nunca, porque en el limbo de las publicaciones especializadas podía dormir el sueño de los justos para toda la eternidad. Y es normal que así lo vean: les incomoda que se ponga en discusión, fuera del minúsculo corralito de los arabistas, si el rey está vestido o desnudo, el chiringuito en suma. Un chiringuito en el que basta para entrar esgrimir una nula experiencia de vida en países árabes y un dominio menos que somero de la lengua árabe, amén de un título universitario, claro. En la actualidad, gracias a la ley universitaria del PSOE que padecemos –y que el PP no se ha atrevido a corregir en profundidad por no soliviantar a los múltiples intereses creados– se puede llegar a catedrático de árabe (a titular no digamos) sin haber demostrado nunca un conocimiento real de esa lengua. Y cada palo que aguante su vela.

Sería bueno que M.A.M. indique dónde confundo árabes con musulmanes (como lapsus puede ser, pero dudo haber caído en tal error), cuándo afirmo que hispanorromanos y visigodos eran «españoles», lo cual me incluiría de lleno en la línea de Sánchez Albornoz –mi opinión es justo la contraria, véase la pág. 111– y, en especial, por qué ser arabista me obliga a desconocer y rechazar el noventa por ciento de nuestra cultura, es decir, la latina (M.A.M. ni huele el tono humorístico del amor edípico a la Mamá Latina), so pena en caso contrario de incurrir –según M.A.M.– en esquizofrenia. ¿Es que la estrechez de la visión del mundo que tantos arabistas arrastran debe afectarme también a mí? Allá ellos si estiman que tal profesión les induce a andar de militancia proárabe perpetua; a mí, desde luego, no. Por fortuna, no nos han faltado el apoyo y las opiniones favorables de personalidades de nuestra Cultura, con mayúscula (arabistas incluidos). Por ellos y por los lectores que han contribuido anónimamente a difundir el libro, demostrando que el campo no está vacío y abandonado, seguimos en esta incómoda guerrilla. Hasta pronto.

01/12/2003

 
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