ARTÍCULO

Zapeo de varia lección

Alfaguara, Madrid
266 pp. 18 €
 

Aunque hace ya más de un trienio que la llamada «Generación Nocilla (Afterpop o Mutante)» popularizó el anuncio –y la prescripción– de un cambio de paradigma estético, el debate sobre la epistemología literaria del grupo (reacio a marchamos generacionales, pero activamente corporativista) aún acompaña sus nuevos títulos y protagoniza cada statu quo del panorama narrativo actual. Es evidente que el impulso del mercado, ávido de enfrentamientos y de marbetes simplificadores, impulsó la inercia de una querella clásica (antiguos contra modernos) que, además de engalanarse con el consabido brillo de lo novedoso (lo posmoderno en nuestro país ha sobrevivido como un ultramarino enlatado), se avivó con la ambición programática de los disidentes, que han sabido utilizar la web, refractaria a hegemonías críticas, como centro de especulaciones teóricas y de hermandades sotto voce. Sin embargo, no deja de sorprender que, después de un período de tiempo considerable, el logro más sobresaliente del movimiento haya consistido en transmutar su reactivo crítico en un género, paraliterario pero autosuficiente, que precede y escolta las creaciones.
Siempre se podrá justificar que esta hipertrofia teorética no es más que una ilusión óptica, consecuencia del pretendido carácter disruptivo de algunas de sus propuestas, pero no me cabe duda de que, si el ruido de fondo permanece, es porque los miembros del colectivo no han podido o no han querido desprenderse todavía, en el terreno estrictamente creativo, del parapeto de su poética (si es parapeto o impedimenta lo aclarará mejor el tiempo, desde luego, que una crítica literaria).
Manuel Vilas es una de las voces más originales y consolidadas de su promoción, por eso sorprende que en Aire Nuestro necesite aplicar con tanta transparencia el código deontológico de la comunidad «mutante». El libro está compuesto por once capítulos de temática diversa que representan sendos canales de televisión (Telepurgatorio, Informe semanal, Cine X, Fútbol...) y va precedido de un prólogo, mitad manifiesto («Como se sabe, Aire Nuestro es una cadena de alta cultura televisiva» que «surge cuando nuestro fundador advirtió la naturaleza irreal de la circularidad de la Tierra»), mitad manual de instrucciones, en el que se reafirman algunos apriorismos de la narrativa afterpop. Ante la cosmovisión caleidoscópica del hombre del siglo XXI, por ejemplo, Aene Televisión ofrece contenidos intercambiables; y, en consonancia con la virtualidad de lo real en nuestra era, se flirtea con la ucronía, con la inverosimilitud o con la mutación de la identidad del autor implícito bajo el precepto de que «si la materia es televisable, la materia existe». Por supuesto, también se nos previene de que «los once canales que te ofrecemos tienen un único objetivo: son una demo. Si quieres más, habrá más».
Es evidente que, además de ingeniosas supercherías, hay un desafío lúdico en este prefacio; un juego legítimo que se sirve del humor y del discurso crítico, en la estela de Borges o del Stanislaw Lem de Vacío perfecto, para vestir la antigua fe en el poder taumatúrgico del creador con los ropajes de la desconfianza posmoderna. Sin duda, son esos ingredientes los que, pasados por el tamiz de lo zarzuelero, Manuel Vilas ha aprovechado con más tino en obras anteriores. Pero no puede decirse lo mismo de otros postulados asumidos aquí por el autor y que sólo admiten ser entendidos en sentido recto, ya que es su naturaleza preceptiva la que explica las inconsistencias literarias del libro.
La primera de esas fragilidades atañe a la adscripción genérica de Aire Nuestro. La editorial presenta el libro como novela y el propio autor lo ha defendido como tal, pero no es nada fácil conceder ese marchamo a un conjunto de capítulos reunidos sin continuidad narrativa (lineal, fragmentaria o cuántica) ni personajes que los transiten. Como mucho, y desde una perspectiva muy relajada, podrían contemplarse algunos chistes intertextuales (como el de Johnny Cash y Elvis Presley ofreciendo al narrador, en capítulos diferentes, la vista de su pene) o la recurrencia de ciertos iconos-fetiche (algunos poetas del 27, por ejemplo) como mecanismos de cohesión propios de algunos ciclos de cuentos. Sin embargo, desde una perspectiva más rigurosa, con lo que habría que hermanar Aire Nuestro es con las silvas de varia lección, pues el único continuum del libro es su prurito didáctico; no en vano se avisa en el prólogo de que «no pensamos en satisfacerle a usted, sino que pensamos en satisfacer a su inteligencia». Sólo en ese terreno especulativo, en efecto, tienen sentido los febles argumentos con los que se justifica que Aire Nuestro es una novela: que un supuesto mando a distancia, del que no se dan pistas, haría las veces de cronotopo, que el género no viene determinado por la forma, sino por un «imperativo moral» (es decir, que también podría ser el yelmo de Mambrino), o que la sinergia (antes, plurisignificación) constituye un valor en sí mismo (como si las novelas muy malas no fueran mucho más sinérgicas que las mediocres).
Instalados en esos dominios del prejuicio, donde cada elemento literario está sustentado por una premisa unívoca de carácter estético, sociológico o cultural, podremos afrontar mejor la lectura de Aire Nuestro. Podrá asumirse así, por ejemplo, que el efecto de la autoficción, de la que Dante, por supuesto, no tuvo noticia, es tan poderoso que basta con que el nombre del autor adopte una naturaleza proteica (Manuela Vilas, la primera escritora transexual de España, Richard Vilas, un mulato muy bien dotado, etc.) para que cualquier lector contemporáneo, incluso quien haya leído Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (al que Vilas, por cierto, le debe más de lo que parece), se cuestione el estatuto ontológico de la identidad.
Tampoco la materia narrativa es ajena a estos requisitos. El sentido de muchas anécdotas de Aire Nuestro depende en gran medida del valor simbólico que se otorga a una vasta y heterogénea nómina de iconos culturales y políticos (Paulina Rubio, Lorca, Juan Carlos I, Laín Entralgo...) cuyos comportamientos y actos, inopinados e inauditos, sirven para ver la historia desde otro prisma. La propuesta, aunque no es nueva (seguimos recordando Fabulosas narraciones por historias), tiene el atractivo de enriquecer la igualación de la alta cultura con la cultura pop –la bandera de la narrativa mutante– con ingredientes propios de la tradición hispánica. Sin embargo, la habilidad de Manuel Vilas para proyectar una mirada goyesca y carnavalesca sobre España no basta en este caso para atenuar una falacia muy extendida: que el icono eqtá revestido de una significación trascendente y consensuada. ¿Por qué ha de comulgar el lector con un mesiánico Elvis Presley? Dicho de otro modo, si la ficción y el discurso literario no son capaces de transmutar esos referentes en símbolos, a lo máximo que podemos aspirar es a consignar indicios.
No considero muy descabellado sospechar que ese escamoteo del indicio es precisamente lo que mantiene viva la narrativa española de última hora, pues exige a quien no quiera ser tildado de anacrónico (dizque antes de Nocilla Dream todo era Galdós) que abrace las teorías del paradigma afterpop, con lo cual el bucle del éxito queda garantizado. Dice una nota a pie de página de este libro que «Narrar es ofender. Explicar es amar a los demás». Y se agradece que se aclaren las cosas.
Con todo, es indudable que Aire Nuestro se consolidará como obra señera de la «Generación Nocilla». Menos claro queda si su autor se parará a mirar los pasos por dónde lo han traído o seguirá contribuyendo a engrandecer una poética tuneada, algo que se parece mucho, por cierto, a una crítica literaria que no puede contar el argumento de la obra.

01/06/2010

 
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