ARTÍCULO

El jinete de las raras palabras

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 1997
Trad. de Pedro Martínez Montávez, con la colaboración de Rosa I. Martínez Lillo
420 págs.
 

Para los lectores no demasiado numerosos que en 1968, hace ya casi treinta años, recibimos como una revelación inesperada la primera entrega de las Canciones de Mihyar el de Damasco vertidas al castellano, esta edición íntegra y bilingüe de ahora nos devuelve –una vez más de la mano de su traductor Pedro Martínez Montávez– no sólo retazos de una memoria tal vez adormecida, sino también la emoción de sumergirnos de nuevo en unos poemas que parecían escritos en el alba del mundo, cuando el desierto y la selva se afanaban, con la complicidad de los volcanes, en ganarle terreno al mar. Con el libro entero ante los ojos, es ya imposible sustraerse a esa sensación de escritura inaugural que se desprende de cada página, de cada poema, de cada verso. Quizá porque Adonis, el poeta, por esos años de 1960 y 1961 en que compone las Canciones, está inmerso, casi absorto, en una doble tentativa contradictoria de afirmación y negación: por una parte, en la reconstrucción de un lenguaje poético radicalmente nuevo y contemporáneo que, sin embargo, extraiga su fuerza expresiva del legado clásico; por otra, en la búsqueda urgente de una identidad como ciudadano y como hombre o, más bien, en el rechazo de toda identidad que le venga impuesta por el nacimiento, la circunstancia personal y la historia.

Son los años en los que trabaja activamente en la revista Shi'r (Poesía), fundada en Beirut en 1957, una de las publicaciones literarias de vanguardia en lengua árabe más interesantes, abiertas e innovadoras de la época; son los largos meses pasados en París, en contacto vivo y directo con la literatura europea del momento; es el instante impreciso y demorado en que piensa adoptar la nacionalidad libanesa y renunciar, por tanto, a la siria, decisión que tomará en 1962, inmediatamente después de lanzar a la calle estas Canciones de Mihyar el de Damasco, el juglar errante que anuncia una lengua nueva en un mundo en perpetua creación y destrucción, el jinete de las raras palabras que «el mar ha cambiado de lugar y ha transportado, entero, un continente», el renegado que «no tiene antecesores, y encuentra sus raíces en sus pasos».

Desde entonces, Ali Ahmad Saíd Ésber en el carné de identidad o en el pasaporte, Adonis en la cabecera de sus escritos, ha ido levantando paso a paso, línea a línea, una de las experiencias más densas y fértiles de la literatura árabe contemporánea. A través de su producción poética sobre todo, pero también mediante una polémica y meditada labor ensayística y de crítica literaria, una obra que sobrepasa la veintena de títulos, sin contar una muy personal antología de la poesía árabe clásica en tres volúmenes. El lector español dispone ya de algunos ejemplos de esta doble dedicación: un poemario de 1965, Libro de las huidas y mudanzas por los climas del día y la noche, publicado en edición bilingüe en 1993 por las mismas Ediciones del Oriente y del Mediterráneo que nos ofrecen ahora las Canciones de Mihyar; dos largos poemas de la década de los setenta, recogidos en un solo volumen bajo el título de Epitafio para Nueva York (Hiperión, 1987); y un ensayo en 1971, Introducción a la poesía árabe (UAM, 1976), donde se revisa la herencia poética árabe y se abren nuevas perspectivas a su interpretación.

Las Canciones de Mihyar el de Damasco son un centenar y medio de poemas, breves casi todos ellos, repartidos entre siete capítulos que se inician –excepto el último– mediante un salmo en prosa rítmica y, a modo de calendario genesíaco, desgranan los pasos de un desarraigado que avanza «en un clima de nuevas escrituras», reduce el tiempo a un destello suspendido, ensancha el espacio hasta los límites del cielo y recorre sin esperanza el camino de la utopía, anunciando la muerte de los dioses y su propia muerte repetida, aunque no renuncie jamás a compartir los signos que descubre en su extravío, en el corazón de su laberinto: Perplejo como está, nos ha enseñado / a descifrar el polvo.

Porque, como en los poemas de su amigo Yves Bonnefoy, el universo de Adonis se convierte en una «morada de signos», de visiones interiores que reconstruyen la realidad o, más bien, erigen otra realidad y un lenguaje nuevo y tenso para poder decirla, cantarla, para expresar el choque dialéctico entre la visión y la interpretación. En el primer capítulo, «El jinete de las raras palabras», los poemas están en tercera persona: es la presentación del personaje, un trasterrado que vaga por vastos espacios recién creados entre fuerzas naturales desatadas, por las afueras de ciudades entrevistas y el filo de la muerte. En los seis capítulos restantes, las canciones se ven invadidas por el «yo» del poeta, por la voz de su «otro yo», por una voz enmascarada. Y es muy significativo, o a mí me lo parece, que la máscara elegida sea la de un poeta del siglo XI, un árabe de origen persa, Mihyar el Dailamí, rebelde y heterodoxo, chiíta radical. Y que Adonis lo nombre, precisamente, «Mihyar el de Damasco». Tal vez sea porque bajo la tensión primordial de este libro, la originada por la tentativa de trazar una nueva escritura para la poesía árabe, una nueva poética, subyaga otra tensión personal con dimensión colectiva a la que aludíamos más arriba: la decisión, dura y difícil por aquellos años, de cambiar la nacionalidad siria por la libanesa, reflejada en poemas contradictorios de aceptación y rechazo en torno a la ciudad de Damasco como símbolo, que aún tendrán su prolongación en obras inmediatamente posteriores del poeta:

Me inclino: / ante las duras rocas enque mi hambre grabara a dentelladas / que una lluvia y un rayo me ruedan en los párpados. / Me inclino: / ante la vieja ruina de una casa / que transporté perdido por el mundo. / Todo eso es mi patria, / no Damasco.

01/10/1997

 
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