ARTÍCULO

El filo kitsch de la navaja

Mondadori, Barcelona
208 pp. 14 €
 

Cuando recibo para reseñar un libro de cuyo autor no sé absolutamente nada, ni siquiera el nombre lo he leído alguna vez, tomo una precaución elemental: me informo acerca de su obra y su persona. Y como poseo una red de informantes de primera mano, solventes y ecuánimes, en toda América Latina (que es mi coto de caza asignado por la redacción), por lo general me entero de mucho más de lo que nos transmite la interesada información editorial. En este caso concreto, el de Pedro Lemebel, cuyo nombre no me decía nada, pero cuyo libro prometía, lo que mi banco personal de datos acabó registrando es lo siguiente:
«Pedro es homosexual, pero no acepta el término. Tampoco acepta ser gay. Dice que es maricón y que ha vivido una de las peores desgracias que puede soportar un ser humano en Chile después de la represión: ser un maricón pobre. Formó en su tiempo, hace una década y media, más o menos, el grupo Las yeguas del Apocalipsis. Fue vanguardia en el tema cuando ser maricón en Chile costaba muchos dolores. Dio una fuerte lucha por lograr ser aceptado tal como es y, en buena medida, lo logró. Suele presentarse en público con tacones altos, ropa de señora y peinado de peluquería pobre. Es un buen escritor, qué duda cabe, pero su temática empezó a repetirse desde ya hace un buen tiempo. Usó la tribuna de la denuncia y casi siempre rondando en torno al culo. Claro está que se manifiesta contra los milicos, los explotadores, las dictaduras, pero lo hace desde una cada vez más turbia óptica PC, partido del cual es militante. En la actualidad tiene una columna en el diario La Nación. Él mismo declaró que no servía para escribir novelas, pero lo hizo de una manera maricona: como diciendo “Que no se preocupen los colegas novelistas, porque vuelvo a mis crónicas”».
«Lemebel fue un buen valor en los tiempos en que reclamar por el regreso de la democracia era un riesgo vital. Hoy, pasó de ser francotirador a ser comerciante a secas. Ya no es impactante su condición sexual. En Chile ser maricón es un plus a favor, igual que ser mujer joven escritora. Su denuncia o reclamo desde la tribuna homo es compartida por muchos otros homos que se vanaglorian de serlo y con más éxito: no son feos como Pedro, tienen cuna de oro, y son apoyados por los medios de comunicación más poderosos. Con todo, siempre la prosa de Pedro, sus crónicas y comentarios tienen ese saborcillo a primera mano que se le formó cuando vivía en el Zanjón de la Aguada, esa agudeza crítica que siempre lo caracterizó y el desplante necesario como aquella vez que, en un programa de televisión nacional, pidió ¡un minuto de silencio por los detenidos desaparecidos!»
Si he reproducido tan por extenso las opiniones recogidas en mi banco personal de datos es porque después de leer este libro de Pedro Lemebel, Adiós mariquita linda (el índice es el único lugar donde figura una lógica coma tras el «adiós»), tales opiniones evidenciaron ser blancos absolutos en la diana.
Acaba uno estragado por la lectura de estas crónicas tan personales de Lemebel. Creo que incluso a quienes les guste su prosa debe costarles trabajo leerse el libro de un tirón. En ese sentido es de manera ejemplar una prosa de diario, de columna, de revista semanal, apta para ser desgustada «a pequeñas diócesis», como pontificaba el redicho personaje Espasa en La del manojo de rosas. Es decir, es una prosa que debe uno administrarse ho­meo­pá­ti­ca­mente.
Y es, además, una prosa que documenta de algún modo aquella aberración que señalara en su día don Juan de Mairena. Pondré como botón de muestra el final de la crónica sobre el Hotel Boquitas Pintadas, en Buenos Aires, así llamado en honor de la novela de Manuel Puig. Es un hotel muy especial, fundado por una pareja alemana, y que el taxista que allí lleva a Lemebel lo define muy bien con la pregunta: «¿Y si Chile está tan bien, por qué alojan a su escritor en un hotel parejero?» Pero en ese hotel «parejero», por las mañanas, en la sala del desa­yuno, se sienta una veintena de niños de barrios de chabolas, que al menos ahí pueden comer caliente una vez al día.
Pedro Lemebel cierra su crónica diciendo: «Yo creo que en este hotel donde la noche hierve risueña con sus estrellas pop, en el día el comedor popular de los niños villeros cancela el vértigo de su bohemia ilusión». Y ello me recuerda mucho el momento en que don Juan de Mairena le pide a Pérez que salga a la pizarra y escriba «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa» y luego que lo vaya poniendo en lenguaje poético. Este escritor chileno procede exactamente al revés que Pérez.
Cuando acierta, eso sí, lo hace plenamente, pero siempre es en los casos en que se ha quitado el coturno. Así, describiendo el arquetipo de la ciudad latinoamericana: «La ciudad de Illapel no es diferente a otros caseríos de provincia a los que hermana el cuadrante hispano de la Plaza de Armas, con su pomposa cristiandad de parroquia, más el edificio feo y soberbio del municipio, y un enrejado de calles con casas bajas donde sobresalen algunos pirulos de modernidad». O como cuando define situaciones de facto en el momento actual de su país: «Si te quedas callado te ponen un biombo y que pase el que sigue, aunque sea el facho más sangriento disfrazado de tolerante. Pero es Chile, y la democracia lo maquilló así». O en una frase como esta: «Nuestro logo egocéntrico que cree almacenar su memoria en bibliotecas mudas, donde lo único que resuena es la palabra silencio escrita en un cartelito».
Y rescato tres páginas memorables y libres de hojarasca maricona y eventos consuetudinarios y demás: las del relato «La momia del cerro El Plomo», que tiene la majestad y el buen pulso de los cuentos clásicos. A cambio, errores imperdonables desde un punto de vista llamémosle newyorkeriano (por The New Yorker, no por New York). Así, no es de recibo hablar de un libro titulado Si me permiten hablar de Domitila, cuando en rea­lidad se trata del libro de la brasileña Moe­ma Viezzer que se titula Si me permiten hablar... Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia, en el que su autora recoge el testimonio espeluznante de la minera boliviana Domitila Barrios de Chungara. Comparativamente es peccata minuta llamar Matha Hari a Mata Hari, pero no lo es tanto, y menos para un chileno, que la película Missing, de Costa-Gavras, sobre un estadounidense asesinado en los días del pinochetazo, ese otro ominoso 11 de septiembre, aparezca en este libro titulándose Meeting.
El periodismo en lengua española cuenta entre sus filas a Larra y Julio Camba, Roberto Arlt y Manuel Chaves Nogales, Jorge Ibargüengoitia y Carlos Monsivais, y en Chile otro maestro como José Miguel Varas. No es la prosa de Pedro Lemebel competencia para ellos. Pero es el propio Lemebel, alicortándose, quien se ha cerrado la puerta en las propias na­ri­ces. 

 

01/01/2007

 
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