ARTÍCULO

De viva voz

Debate,. Madrid, 464 págs.
Trad. de Xohana Bastida
Debate, Madrid, 480 págs.
Trad. de Xoana Bastida
 

Por culpa de unas fiebres contraídas en África durante su infancia, el protagonista y narrador de Trozos de luz pierde la visión de un ojo, con el cual sólo es capaz de distinguir a duras penas un universo borroso salpicado de manchas grises. Bajo esta intensa –pero ambigua– visualidad se desarrolla la novelística de Adam Thorpe, nacido en París en 1956 pero educado en India, África e Inglaterra, de quien también se ha publicado Ulverton en la misma editorial.

Ulverton consiste en un inteligente montaje cinematográfico sincronizado alrededor del pueblo imaginario que da título al libro, en un amplio arco temporal que abarca desde 1650 («Retorno») a 1988 («Aquí»). Cada capítulo de Ulverton es una historia cerrada y completa narrada en primera persona por un personaje distinto en cada ocasión, que es a la vez actor y testigo de los acontecimientos que se relatan. La propia estructura porosa del libro, su elasticidad ambivalente, permiten gran variedad de registros, graves unos, cómicos otros, que Thorpe aprovecha sin abusar de ello, ajustando con maestría de relojero cada voz individual al contexto histórico y cultural que corresponde. Más que un fresco pedagógico o un desfile de carrozas, lo que resulta de todo ello es una suerte de diorama panorámico visto a través de una mira telescópica, un juego –en el buen sentido– de fragmentos espacio-temporales, voces perdidas, cuentos de comadres, ecos disueltos en las nieblas del pasado, sometidos a la jurisdicción caprichosa pero no arbitraria del novelista, extendidos sobre el tablero de una maqueta artesana, que acaban prestando al libro la que es su principal cualidad: la fantasmagórica. Según se acerca al presente, Ulverton va perfilándose en la mente del lector como una atractiva metáfora universal, un no-lugar tan ferozmente literario como Macondo o Región, ficticio de parte a parte, en el que sin embargo resplandecen cuestiones tan intrincadas y eternas como la intimidad, la culpa, los celos o la avaricia, que de todo ello hay en este puzle recomendable.

Aunque distinta y menos conseguida, también Trozos de luz está narrada en una primera persona flexible cuyo lenguaje se adapta a las evoluciones del personaje; es decir, que en la infancia adopta un tono casi naïf, para en la madurez adquirir una gravedad más dramática. El resultado es un híbrido tan extraño como el ojo del narrador –donde reside su atractivo, pero también sus peligros– entre la novela de aventuras, la novela familiar, la novela epistolar y la introspección psicológica. ¿Demasiadas novelas juntas, tal vez? Su mayor mérito se centra, a nuestro entender, en las memorias de infancia del narrador, Hugh Arkwright, transcurrida en Bamakum durante los años treinta, que se suman a la ya abundante literatura de colonos blancos en África, cuya cima sigue siendo Out of Africa (1937) de Isak Dinesen.

Lo que palpita en el fondo de este libro excesivo y singular es un diálogo apasionado entre el vértigo ponzoñoso de la selva y la civilización industrial, un combate bajo cuerda entre monos y gramófonos. La selva aparece entre líneas como una cortina verde de insectos y cocodrilos, una mancha de malaria fascinante y peligrosa, mientras que Inglaterra se recorta a lo lejos con sus locomotoras rojas y sus chimeneas de fábrica. África es un reino mítico de amuletos y serpientes, en cambio Europa es un continente desteñido de paraguas y tostadas. Llueve, y en las paredes se abren grandes flores de papel pintado. La cultura africana produce tótems y la británica eslóganes publicitarios y antenas de televisión. Tanto en un caso como en otro, la existencia se estructura en torno a una supervivencia problemática. De hecho, lo más atractivo del libro se centra en las percepciones del muchacho cuando, recién llegado a Londres, continúa viendo África en todas partes, en una superposición de carácter alucinógeno, en que los cláxones chillan como mandriles y los autobuses de dos pisos se organizan en manadas de elefantes. «En lugar de los olores del río, la selva y la lluvia, había un olor mareante y dulzón a cera, naftalina y alfombras viejas, y aquel olor áspero de la calle que entraba por las ventanas», puesto que «Inglaterra no era ni mala ni buena, era inevitable».

La madre deja al niño en casa de unos tíos y regresa a África. Sus obligaciones de enfermera la reclaman. La madre regresa a la selva. Allí desaparece. Nunca más vuelve a ser vista. La madre, en realidad, es secuestrada por la selva, tragada por ese agujero tropical negro y brillante capaz de absorberlo todo. Junto a la madre se desvanece la infancia, una edad, una época dichosa, los discos de jazz escuchados debajo del mosquitero. En este punto da comienzo una segunda novela, narrada en otro tono, que adopta la forma de un diario que el protagonista, ya adulto, convertido en director teatral, escribe tres décadas más tarde. El libro se convierte en un tratado de ausencias, pues el diálogo madre-hijo deja de ser entre el trópico y la ciudad, para convertirse en un diálogo emocionado entre pasado y presente o, si se prefiere, entre un vivo y una muerta. La madre y África se confunden hasta fundirse en una sola entidad, en una fuente de placer y desconsuelo que es la savia que circula por el texto y mantiene vivo el relato.

En sus mejores momentos, la novela se transforma en una suerte de estudio comparativo entre los demonios del norte y los demonios del sur. Hay África al comienzo y al final del libro, lo cual traza un amplio y poderoso círculo en cuyo interior el protagonista, perplejo, se formula interrogantes acerca de la identidad personal. Pero no todo es acierto. Tal como está planteada, esta novela es un tren que atraviesa demasiados túneles. En primer lugar está África, pero también está Shakespeare, y la segunda guerra mundial, y los bombardeos alemanes, y una historia de amor, y una fijación obsesiva con reminiscencias edípicas, descritos con morosidad exhaustiva, con saludable ambición, eso sí, pero tan cargados de pormenores, tan ramificados de ideas y con tal saturación de materiales diversos, que en varias partes el libro corre el riesgo de vencerse por el peso y que descarrile. La historia está aquejada de un cierto desequilibrio, es decir, que existe una evidente desproporción entre lo que quiere decir y los medios con que lo lleva a la práctica, contagiada de un grado de gigantismo y sobreabundancia de frases y de esa manía moderna por las superproducciones y las películas que duran más de tres horas. Bastaba un solo núcleo narrativo para organizar la novela. Adam Thorpe maneja tres o cuatro. Lo que gana en amplitud lo pierde en intensidad. A trozos sale airoso, porque es un prosista solvente. A trozos el libro reclama una poda cuidadosa. Demasiada luz también ciega.

El relato bascula, bascula siempre, entre dos polos de atracción: la jungla (el pasado) y la civilización occidental (el presente), de tal forma que el esfuerzo del narrador estriba en mantener activo ese misterioso mecanismo de ida y vuelta, de amor y rechazo, en hacerlo durar el mayor tiempo posible, en que no se pare. Al final, tras tanta ausencia, el autor da a su personaje la oportunidad de recuperar a su madre, siquiera de forma oblicua, al menos a través de su voz (el equivalente literario de una sesión de espiritismo), e incluye las cartas de la mujer escritas antes del nacimiento del chico, en una de las cuales queda al descubierto un secreto familiar que altera toda la narración y obliga a replantear el sentido del discurso.

África es un relato; Europa es otro relato. Cada una a su manera, estas dos novelas constituyen sendas muestras de documentalismo fantástico. Ulverton tiende más al pastiche y la parodia, y es la mejor de las dos. En Trozos..., lo interesante radica en conocer cómo ambos mundos se complementan o repelen en un cerebro infantil aún poco hecho, todavía en fase larvaria. Cuando esto sucede, la escritura de Thorpe crece, se ensancha, en ella se asiste a un duelo de calidad literaria que desemboca en sentir y hacer sentir al lector cómo la experiencia del pasado afecta, deforma, interrumpe o modifica a quienes se enfrentan con ella.

01/11/2001

 
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