ARTÍCULO

Instrucción para una vida feliz

Pre-Textos, Valencia
Trad. de Carmen Gauger
888 pp. 48 €
Nórdica, Madrid
Trad. de Carlos d'Ors
126 pp. 16,95 €
Impedimenta, Madrid
Trad. de Carlos d'Ors
156 pp. 16,95 €
Bartleby, Velilla de San Antonio
Trad. de Ibon Zubiaur
96 pp. 9 €
 

Durante el siglo y medio transcurrido desde su publicación, la novela Verano tardío [Nachsommer, 1857] ha despertado en sus lectores las más opuestas reacciones. Friedrich Nietzsche contó esta obra de madurez del escritor austríaco Adalbert Stifter (Oberplan, Bohemia, 1805-Linz, 1868) entre los pocos libros que merecen ser «leídos y releídos», mientras que el dramaturgo Friedrich Hebbel –contemporáneo y adversario del narrador– opinaba que nadie, con excepción de los críticos literarios obligados a ello, sería capaz de leer esta novela hasta el final. Concordaba con el público en general. En tiempos más recientes, Peter Handke dejó explícita e implícita constancia de cuánto debe a su compatriota. Arnold Stadler (premio Georg Büchner en 1999) dedicó en 2005 a «su» Stifter un ensayo biográfico lleno de empatía. Sin embargo, todavía resuena el veredicto del genial escritor experimental Arno Schmidt, quien aborreció la novela por su irrealidad, pedantería, «el balbuceo bárbaro de sus subordinadas hinchadas» y otras deformaciones estilísticas. La traductora Carmen Gauger se puso del lado de los adeptos y tradujo con pasión, meticulosidad y admirable paciencia (remediando algunas ampulosidades del original) las casi mil páginas de la dilatada narración en tres partes, que pretende seguir el modelo del Bildungsroman acuñado por Goethe en el Wilhelm Meister. Su versión se publicó a principios de este año en la editorial Pre-Textos, que de vez en cuando destaca por enfrentarse a semejantes desafíos literarios. Nos da a conocer a un autor apenas conocido en España mediante su obra más polémica. Lo cierto es que no se trata de una lectura fácil, y menos hoy en día, cuando un trepidante ritmo de vida nos predispone para otro tipo de experiencia que no es precisamente la lentitud obstinada de Verano tardío, su detallismo exquisito y la supremacía de la descripción en detrimento del progreso de la narración. La innegable monotonía de la novela obedece a un programa ético y estético determinado.
Stifter, que en la última etapa de su vida decidió embarcarse en el proyecto de dos novelas (la segunda es la apenas conocida novela histórica Witiko), había cultivado anteriormente tan solo la forma del relato y de la novela breve. Con todo, acostumbraba revisar los textos para agruparlos en ciclos. De esta forma nacieron las recopilaciones Studien (Estudios), entre 1844 y 1850, así como Bunte Steine (Piedras de colores), en 1853. En el prólogo a este último ciclo, el autor, ya lejos del éxito de los primeros relatos, se defiende frente a quienes le tachaban de escritor de naderías con un credo estético que culmina en la concepción de la «ley temperada», una visión holística que anticipa en cierta manera las reivindicaciones actuales de una sociedad sostenible. En virtud de esta ley, Stifter supone que, tanto en la naturaleza como en la historia, los grandes acontecimientos ocupan el mismo rango que los fenómenos considerados de menor entidad: «el soplo del aire, el murmullo del agua, el crecimiento del trigo». Con afán didáctico, Verano tardío plasma un mundo modélico gobernado por dicha ley y sus principios, es decir, la justicia y el respeto mutuo. Un joven, proveniente de una familia culta y acomodada de «la gran ciudad» (nunca se menciona el nombre de Viena), narra minuciosamente el proceso de su formación como si fuera consciente de su ejemplaridad. Como el padre rechaza la necesidad de «tomar un oficio útil a la sociedad burguesa», concede a su hijo, afortunadamente, toda la libertad para convertirse en «descriptor de las cosas», artista o «por lo menos un sabio que investiga las características y la naturaleza de las cosas». Defiende el principio de actuar «en razón de sí mismo» precisamente para integrarse en la sociedad como un miembro realmente responsable. Sin duda nos hallamos ante un manifiesto del individualismo, típico de la época posrevolucionaria, llamada Biedermeier, que es la que Stifter vivió. Desde su punto de vista moderadamente liberal, no quedaba otra escapatoria tras el fracaso en 1848 de la Constitución republicana (Stifter estuvo como diputado de la primera Asamblea Nacional en la Paulskirche de Fráncfort). A partir de 1849 la nueva monarquía absoluta aisló al Imperio Austro-Húngaro de las corrientes modernas aún más que la anterior censura de Metternich. Hay que tener en cuenta que Verano tardío apareció en el mismo año que Madame Bovary y Les fleurs du mal. No en vano el protagonista recibe los impulsos decisivos para su desarrollo en un valle apartado, donde reinan, gracias al propietario de la «Casa de las Rosas», la paz, el saber y la belleza. Heinrich encuentra en el barón von Risach un mentor de sabiduría universal. A través de él conoce, con espíritu enciclopédico, la literatura, la agricultura, la geología, la arquitectura, las bellas artes y, finalmente, el amor de Natalie. Una apoteosis de la familia pone fin a los años de aprendizaje del joven Heinrich Drendorf.
Al margen de cuestiones ideológicas (la idea de una sociedad feudal ilustrada, el canón estético del clasicismo), este Edén terrestre resulta sofocante. Todo funciona con la precisión de un reloj: se dialoga, se colecciona y se construye según un invisible plan preestablecido. Al final llegamos a saber, a través de la confesión del propio Gustav von Risach, que él concibió este plan para reparar una vida fallida. El barón consiguió la felicidad sosegada de un «verano tardío» sin haber disfrutado del verano, porque en su juventud echó a perder el amor de Mathilde. La volvió a encontrar cuando las rosas de su vida ya no estaban en flor (una reconciliación prefigurada en el relato Brigitta, que acaba de traducirse también al castellano). Heinrich y Natalie representan la réplica de la pareja mayor sin pasiones obstructivas. En última instancia, Verano tardío es el producto de un sueño cobijado por el propio Stifter y escrito contra sí mismo, como observa Arnold Stadler. Mientras el autor proclamaba en la novela la moderación y la ecuanimidad, la unión del ejercicio físico y mental, la compenetración de la pareja y la procreación, en realidad padecía ataques de ansiedad que remediaba con glotonería, su mujer no leía lo que él escribía, no tuvo hijos y su hija adoptiva se suicidó. Como inspector escolar no consiguió implantar sus ideas pedagógicas. Además, su ambición como coleccionista de arte y antigüedades se vio limitada por la falta de recursos. Transcurridos diez años desde la concepción de su mundo ideal, Adalbert Stifter, ya agonizante, puso fin a su vida degollándose con una navaja de afeitar. Su esfuerzo por crear un mundo alternativo queda patente en las frases retorcidas que, sin embargo, se hallan junto a delicadas descripciones de la naturaleza, dignas de la sensualidad del Adalbert Stifter pintor.
Tal vez la novela breve Abdías refleje mejor el terror real que Stifter debe de haber experimentado ante un destino aparentemente caprichoso y cruel (un carro aplastó a su padre cuando el autor tenía doce años). Carlos d’Ors ha traducido (además de Der Waldsteig [El sendero en el bosque]) la primera versión (1843) de este relato sobrecogedor, dedicando especial atención al tono bíblico que evoca la historia de Job. Se trata de la única narración de Stifter situada en tierras tan lejanas como aquellas «profundidades del desierto del Atlas» de donde proviene el judío Abdías. Con grandes saltos temporales y un lenguaje tan lacónico como estremecedor se despliega ante el lector una vida errante entre polos extremos: una dulce infancia seguida por el duro peregrinaje del joven comerciante; una riqueza fabulosa, perdida en el saqueo de la ciudad paterna; la muerte de su mujer en el parto de una hija deseada. Después, Abdías abandona Oriente para refugiarse en un recóndito valle austríaco donde lo encontrará el narrador. Cuando ya se siente a salvo, descubre que su adorada Ditha está ciega; al rayo que devuelve la visión a la hija sucede otro, años más tarde, que le arranca la vida. ¿Quién concibió este plan inescrutable, tan ajeno al racionalismo de Verano tardío? ¿De quién será la mano que «sostiene la totalidad de la cadena» de causa y efecto? ¿Cuál será la culpa que ha generado este desenlace espantoso? ¿Quién hace «latir el dolor en el corazón de los hombres»? Son éstas las preguntas que nos plantea Stifter a bocajarro antes de que descubriera la literatura como analgésico.

01/01/2009

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
5 + 3  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE CLAUDIA KALÁSZ
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL