ARTÍCULO

A vueltas con los inéditos

La Poesía, señor hidalgo, Barcelona
192 págs. 13,46 €
Edición de Alfonso Alegre Heitzmann Huerga y Fierro, Madrid
201 págs. 16,35 €
Edición de Jorge Urrutia Point de Lunettes, Sevilla
206 págs. 15 €
LaPoesía, señorhidalgo, Barcelona
Libro transcrito y orquestado por Emilio Ríos
252 págs. 16,83 €
Alianza Editorial, Madrid
Selección e introducción de Antonio Colinas
401 págs 7,84 €
Huerga y Fierro, Madrid
52 págs. 11,06 €
Ediciones Libertarias/Prodhufi, Madrid
480 págs. 19,5 €
Edición facsímil de Platero y yo, Librairie des Editions Espagnoles, París, 1953, con ilustraciones de Baltasar Lobo, a cargo de José Luis Puerto y Tomás Sánchez Santiago
Diputación de Zamora.
105 + 129 págs.
Edición, introducción y notas de Manuel Ángel Vázquez Medel Diputación de Granada, Granada
160 págs. 9,85 €
 

El pasado año se cumplió un siglo de la aparición de dos libros fundamentales para la historia no sólo del modernismo español, sino de toda la poesía española del siglo XX : Arias tristes y Soledades. Sus autores, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, van a marcar a lo largo de sus respectivas trayectorias dos estilos de hacer poesía que se irán sucediendo y cruzando durante el resto de la centuria: la poesía ética, cívica, emotiva y sobria de Antonio Machado, y la poesía pura, absoluta, intelectualizada de Juan Ramón. La muerte se llevó a Machado en el año 1939. Juan Ramón pudo seguir adelante su empeño lírico, dando lugar a la empresa poética más ambiciosa que ha visto la literatura española (junto con las Soledades de Góngora): un ciclo de obra total. A Juan Ramón le hubiera gustado, como él mismo declaraba, corregir toda su obra en el instante previo a su muerte. La frustrada realización de este deseo de totalidad, unidad y cierre ha generado, paradójicamente, la acumulación algo caótica de un ingente material de borradores, correcciones, inéditos, proyectos inacabados y cartas que se guarda actualmente en la Sala Zenobia y Juan Ramón de la Universidad de Río Piedras en Puerto Rico y en el Archivo Histórico Nacional. Juan Ramón dejó en estos papeles la realización potencial de su obra absoluta, y éstos no han dejado de atraer a los estudiosos, que se hacen intérpretes de la voluntad juanramoniana y dedican su tiempo y sus energías a revivir y expandir ese segundo final de la vida del poeta en que debía completarse y ordenarse toda su obra. Algunos de los intentos por desenmarañar y editar el laberinto que constituyen estos documentos han dado frutos estimables, como la edición de Leyenda , por Sánchez Romeralo (1978), del epistolario o de los innumerables aforismos. Precisamente Emilio Ríos, que aparece ahora como editor de Con la rosa del mundo, ofreció una entrega de estos aforismos bajo el título Ideolojía II (1998). Su propuesta actual es la reconstrucción de un libro proyectado por Juan Ramón que consistiría en una antología de poemas suyos con protagonismo de la rosa. La idea, aunque acariciada, al parecer, desde tiempos anteriores, adquirió una forma clara en 1945, tras la muerte de Enrique Díez-Canedo, a cuya memoria se compondría el libro. Finalmente la obra quedó en esbozo repartida en diversas carpetas y apuntes, y su autor no llegó a dejar indicaciones definitivas sobre su estructura y contenido. La recuperación y «orquestación» de este libro en agraz se presenta, pues, como una tarea cuando menos arriesgada, y, por mucha buena intención que ponga el editor en su exploración arqueológica, afirmando que pretende respetar el espíritu que Juan Ramón le hubiera dado a su libro, siempre nos quedará la sospecha de que éste debe, en el planteamiento de conjunto, más a Emilio Ríos que al poeta. Al material que Juan Ramón deja indicado y corregido el editor añade, para acercarse a la cifra de 235 poemas adelantada por el poeta, su propia selección de poemas de la obra juanramoniana en torno a la rosa, dando lugar a 212 textos (131 poemas en verso, 14 prosas y 67 aforismos), de los cuales 18 se presentan como absolutamente inéditos (ocho de ellos son aforismos). A pesar de acercarse al número estimado por Juan Ramón, a Emilio Ríos se le escapan algunos poemas fundamentales de «la rosa», que una simple ojeada a la antología de Antonio Colinas pone de manifiesto: «¡Oh tus manos cargadas de rosas! ¡Son más puras tus manos / que las rosas!» o «A Santiago Rusiñol. Por cierta rosa». Hubiera sido deseable que el editor diera cuenta, en las notas del estudio Guía para explorar... , de las variantes y de las fases de creación de todos los poemas recogidos, pero especialmente de los inéditos, de los que no tiene el lector otra versión con la que confrontar. Tampoco se aviene con el rigor filológico la tendencia del editor a intervenir en los poemas llenando lagunas y corrigiendo versos. Conjetura suya es, especialmente, casi todo lo que atañe a la estructuración del libro, dividido en siete tiempos musicales encabezados por dedicatorias a amigos poetas. Aunque si juzgamos a Emilio Ríos por lo que se ha propuesto, hay que decir que nos da, en efecto, un libro hermoso y nos ofrece la posibilidad de releer al poeta a través de sus propias versiones últimas, con algunos retoques que dan nueva luz a poemas ya conocidos. Olvidos de Granada es otro de los libros proyectados por Juan Ramón Jiménez para su edición en México y que quedó finalmente inédito; pero, por suerte, en este caso el poeta dejó un original corregido y ordenado que, sin necesidad de reconstrucciones ni conjeturas, fue editado por primera vez por Ricardo Gullón en 1960. Es un hermoso libro de prosa poética (con excepción del romance «Generalife») en torno a la visita que Juan Ramón y Zenobia realizaron a Granada en 1924, y en la que actuaron de anfitriones los miembros de la familia García Lorca, acompañados de Manuel de Falla. Si la prosa de Juan Ramón es de una hermosura y delicadeza extraordinarias, viene a hermosearla más –si cabe– esta preciosa edición en todos sus aspectos: el material, con la inclusión de un dossier fotográfico, que nos hacen revivir la experiencia granadina más allá de los textos; y el filológico, pues el editor se ha encargado de depurar los errores detectados en las ediciones anteriores, además de añadir una serie de textos complementarios de esta estancia de Juan Ramón en Granada, entre los que destacan inéditos como «Federico García Lorca. Después» (documento fundamental para constatar la separación entre los dos poetas), y las dos cartas enviadas a Zenobia desde Granada. Este volumen nos muestra que no sólo en poesía –con Diario de un poeta reciencasado –, sino que también en prosa –con estos Olvidos de Granada –, Juan Ramón llega, por su propio camino, a propuestas paralelas a las de la vanguardia y el surrealismo, con asociaciones sorpresivas, descripciones organizadas en planos superpuestos, y un cuasi cubismo. Para que el lector no se llame a engaño hago notar que el personaje de «El ladrón de agua» no es una persona, como señala el editor («¡Qué esbozo sacado de esa noche, en la que la antigua luna granadí convence a este pobre hombre de que es ladrón!», pág. 32), sino que se trata de un juego de palabras, cercano a la greguería, que hace Juan Ramón con el término del regadío «ladrón de agua» («Portillo que se hace en un río para sangrarlo o en las acequias...», según reza la definición del DRAE). La edición de los primeros poemas de Juan Ramón por parte de Jorge Urrutia, reputado especialista, nos permite tener reunidos en un único volumen los poemas que aparecieron dispersos en diversas publicaciones periódicas del cambio de siglo. Se trata de versos de estirpe romántica y que toman un cariz macabro en muchas ocasiones, testimoniando la obsesión por la muerte que acompañó a Juan Ramón desde niño. La introducción, rica en datos y en información, constituye una puesta en claro de los años oscuros de Juan Ramón antes de su llegada a Madrid, oscuros, entre otras cosas, porque el mismo Juan Ramón se encargó de literaturizar su biografía. Jorge Urrutia matiza con precisión varios hechos que se venían dando por seguros, como la influencia krausista sobre el poeta, que fue menor de la que el propio Juan Ramón hizo creer, y su filiación becqueriana, que, muy lejos de ser única, venía acompañada por otras influencias poéticas. Se desempolvan asimismo algunos documentos, como las calificaciones escolares del poeta, y se añaden interesantes puntualizaciones biográficas. Acompañan a la edición de los poemas dibujos y pinturas realizados por el poeta en sus años de aprendizaje, pues su vocación pictórica fue anterior a la literaria. En definitiva, una obra rigurosa e imprescindible para conocer la prehistoria literaria de Juan Ramón. Alfonso Alegre Heitzmann, por su parte, nos da en libro exento la edición de Una colina meridiana que ya hizo en Lírica de una Atlántida, volumen que publicó en 1999 y que recogía los últimos libros poéticos de Juan Ramón escritos en América. La novedad consiste ahora en el añadido, al final, de dos inevitables inéditos y de unos facsímiles de borradores de Juan Ramón, de indudable interés para quien quiera hacerse una idea de cómo trabajaba el poeta y de su obsesión por las correcciones. La edición facsímil de Platero y yo que saca la Diputación de Zamora, con un cuidado exquisito, celebra los cincuenta años de la aparición de la edición parisina con ilustraciones del escultor Baltasar Lobo, un zamorano exiliado en París. Esta edición, que tiene la curiosidad de contar con un prólogo de Juan Ramón para aquella ocasión, va acompañada en volumen aparte por un estudio de José Luis Puerto y Tomás Sánchez Santiago, que incluye unos interesantes apéndices en que se reproducen fragmentos epistolares cruzados entre Juan Ramón / Zenobia y el editor Antonio Soriano. Esta correspondencia nos muestra una faceta no muy conocida de Juan Ramón, como es la de negociador de sus derechos literarios: fue un contrincante bastante duro y bastante consciente de sus beneficios, poco místico en este terreno. También se reproducen las cartas de Baltasar Lobo a los Jiménez, pero no las que le dirigieron éstos. De especial interés es la antología que realiza Antonio Colinas, pues, como se sabe, toda antología hecha por poetas es un intento de fundamentar una preferencia estética, de marcar una línea propia en la lectura de otro poeta (el «espíritu» de cada selección), y Colinas no tiene ningún reparo en admitirlo. Por ello ha elegido poner de manifiesto, sin renunciar a las exigencias de la representatividad, los poemas «que, sin más, nos conmueven», el Juan Ramón más sentimental, como respuesta crítica a una lectura excesivamente intelectualista de la obra del moguereño. Debido a ello, el lector encontrará una buena representación, en proporción al tamaño del libro, del primer Juan Ramón (el de Ninfeas, Almas de violeta y Rimas), sentimental en todo y tenebrista a ratos. Es de destacar también el énfasis que Antonio Colinas ha puesto en el libro La estación total (1946) y todo el itinerario estético que constituye el paso de la pureza a las ansias de absoluto de sus últimos libros, y que incluye poemas que muchas veces pasan desatendidos por situarse en ese silencio editorial que va de Poesía y Belleza (de 1923 ambos) al mencionado La estación total . La introducción, que está escrita con sensibilidad y es fácil de seguir para un público general, constituye una buena invitación a la lectura de Juan Ramón de parte de un «fervoroso lector», como Colinas se define a sí mismo. Por último, la biografía de Juan Ramón hecha por un especialista en psiquiatría pretende «revivir al personaje y mostrar su inmensa personalidad, tan poco conocida por debajo de trivialidades más o menos malintencionadas y al margen de los numerosos estudios de su obra». Para alcanzar este fin y garantizar la objetividad, el autor decide organizar su libro casi como una antología de prosas autobiográficas juanramonianas unidas por la voz de un narrador-analizador. Pero hay que hacer notar, como se ha dicho a propósito del libro de Jorge Urrutia, que Juan Ramón se dedicó a literaturizar su biografía, y que escribió, sobre todo de su infancia, muchos años después de los acontecimientos, falseando e idealizando la realidad recordada. Así pues, las paráfrasis psicológicas practicadas sobre estas vivencias narradas por el propio Juan Ramón tienen escasa base, además de no aportar ningún dato nuevo ni servir para interpretar la obra del autor de manera distinta a como lo habían hecho ya otras biografías, también muy apegadas a los testimonios propios del poeta, como la de Graciela Palau de Nemes, Vida y obra de Juan Ramón Jiménez: la poesía desnuda . La vitalidad de que, según vemos, sigue disfrutando la obra de JRJ es un arma de doble filo, pues la proliferación de multitud de ediciones se justifica en muchas ocasiones por la caza del inédito o por el preciosismo en la presentación, lo cual es de agradecer en cualquier caso, pero se echa en falta un ahondamiento en los presupuestos estéticos del autor, algo que hace con espíritu de síntesis y con gran delicadeza Gastón Baquero, al situar la poesía de Juan Ramón al lado del anhelo religioso por crear un nuevo mundo de sentido, en la conferencia leída en el Ateneo de La Habana en 1958 (la edición de Huerga y Fierro no da la procedencia del texto). Con más reflexiones así se suavizaría, en parte, la obsesión de los estudiosos por fijar los textos antes de empezar a interpretarlos, cuando en el caso de Juan Ramón la interpretación debe empezar precisamente planteándose el problema mismo de la fijación textual y su reverso: la idea de creación total.

01/05/2004

 
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