ARTÍCULO

A palo seco

Tusquets, Barcelona
634 pp. 24 euros
 

Si no fuera realmente trágico, Antonio B., el Ruso ­o el hambre hecha hombre­, se parecería a Carpanta. Eso, si no fuera realmente trágico y si, además, vistiera traje y llevara zapatos como aquel personaje de la historieta cuyo sueño más erótico y de inquietante reiteración era un pollo asado. El hambre de Antonio Bayo, conocido como el Ruso por su cabello entre rubio y rojizo, tenía raíces milenarias. Un hambre anterior al descubrimiento del fuego que marcó aquel laberinto español con estación terminal en la Guerra Civil y la dictadura franquista. Si no fuera obscenamente real,Antonio B. se parecería al Pascual Duarte que Camilo José Cela agarrotó en la novela más tremendista de la primera posguerra. Si no hubiera nacido en La Baña, o la miseria más pornográfica de León, más miserable y escondida que la Tierra sin pan que filmó Buñuel,Antonio sería un ejemplar del determinismo represor que Foucault atribuía a la sociedad que pivota entre la escuela, la cárcel y el manicomio. Pero no. El Ruso existió de verdad y una mañana de 1973 se encontró con el escritor Ramiro Pinilla en un banco del Arenal de Bilbao. Trabajaba por aquel entonces de guarda de obras y conservaba todo su cabello pajizo y una memoria que le azuzaba tanto como el hambre en sus años mozos. Había leído ­o le habían leído­ Papillon y aseguraba que los horrores de La Baña leonesa nada tenían que envidiar al Henri Charrière de la Guyana francesa. Hijo de madre soltera,Antonio recibió con el primer suspiro los cuatrocientos golpes de la vida: «Me llamo Antonio Bayo, pero cuando madre me echó al mundo, una mujer que estaba allí dijo:"¡Leches, si es rubio como un ruso!"». Desde aquel año cero, la somanta no pararía. Ante una grabadora y un interlocutor sorprendido por la violencia obscena de los hechos, Antonio retornó a su torturado terruño: La Baña, en Las Cabreras, «casas en forma de cajón, con techos de pizarra sostenidos por cantiagos». Un paraje tan primitivo y míseramente endogámico que su vecindad desconoce el significado de la palabra «hospital». Se dice que hacia 1940, el gobernador visitó la Cabrera Baja y contempló con estupor cómo los habitantes de aquellas casuchas depositaban brazadas de hierba delante de unos jeeps que suponían animales: las ponían ahí para que los vehículos se las comiesen. Cuando aprieta el hambre, advierte Antonio, «resulta difícil quererse unos a otros». El hambre dibuja un círculo vicioso del que no escapa nadie. Las tripas de Antonio se quejaban permanentemente de falta de alimento y Antonio comía berzas y truchas crudas. O forzaba alguna despensa ajena.Y le cogían. Los del tricornio le despachaban a vergajo limpio al juzgado y el juez le perdonaba la vida, a condición de que le pagara su misericordia con un cordero o un conejo.Y el círculo vicioso se trazaba de nuevo. Antonio volvía a robar. Y si quería confesarse, el cura le perdonaba, a cambio de tirarse a su madre. En la España de Antonio todo el mundo tenía urgencias, históricas o histéricas. Una España sin luz eléctrica, un ruralismo harapiento e incestuoso que en los años treinta se enfrentó a la Guardia Civil en Castilblanco y Casas Viejas. Miseria acunada en cajas de pajas, ataviada con trapos rotos y piojos perennes. Lo que cuenta Antonio B. supera el más exacerbado tremendismo de Cela y no tiene un adarme de Los santos inocentes de Miguel Delibes. La «milana bonita» no puede sobrevolar estas páginas:Antonio se la hubiera comido. Autor de la gran trilogía vasca Verdesvalles, colinas rojas, Ramiro Pinilla actúa como notario de la memoria desdichada de aquel interlocutor con las manos mutiladas. Como autor, no extrae conclusiones, no pretende interpretar nada, ni hacer política: sólo transcribe unas vivencias que en algún momento parecen hiperbólicas. Su relación reúne cachos de pan, menudillos de gallina devorados en crudo, sexo urgente, hedores a prisión y manicomio. El conjunto resulta monótono. La historia siempre es la misma; sólo varían las edades del protagonista. Hambruna, analfabetismo, robo, detención, tortura y cárcel.Y vuelta a empezar. El determinismo social que anuncia que el destino de Antonio Bayo es la delincuencia se repite ab absurdo. Al centenar de páginas, el lector ya intuye cómo acabará el Ruso.Ya lo anuncia el juez en sus primeras pesquisas: «Has nacido con mala suerte, hijo. Mi suerte no es de las mejores, pero sí que es mejor que la tuya. ¿Qué culpa tengo yo de que el mundo esté hecho así? A medida que nacemos el destino nos va señalando los puestos: tú, aquí; tú, allí. Unos arriba, otros abajo, y otros en el medio.Tú estás abajo, Ruso, y nadie lo puede remediar. ¡Es la vida!». El juez se encoge de hombros, como el resto de los «pilares de la sociedad» contra los que el Ruso se estrella en su diaria búsqueda de comida.Y ese afán por sobrevivir, incomprendido por las jerarquías sociales, acaba en delito.Antonio B. ha nacido para ser el malo de la película y le señalan con el dedo esos vecinos que comparten como él la misma asquerosa suerte. Hay condenas sociales que no entienden de política y el Ruso pringará con monarquía, república o franquismo (apodarse Ruso no era, precisamente, una buena tarjeta de presentación). Publicada en 1977 por ediciones Alibia, que cambió el Ruso por el Rojo y el topónimo de La Baña por Las Piedras, Antonio B. es literatura de no ficción: no es novela, ni reportaje, ni autobiografía. Prosa tan áspera como la berza y un cacho de pan enmohecido. Pinilla modeló los recuerdos del Ruso con un realismo de inventario de injusticias. Un inventario prolijo y repetitivo que fatiga al lector.Y no porque el lector sea insensible a la desgracia humana, sino porque cada episodio que el narrador relata en presente y con austeridad verbal ya anuncia el desenlace.Y, así, hasta superar las seiscientas páginas. Y surge la objeción. ¿Era necesaria tanta exhaustividad? ¿La machacona repetición de las desgracias del Ruso no desactiva el impacto moral que sí tiene la condensación de Pascual Duarte o El extranjero? A este «ciudadano de tercera» leonés le falta la épica miserabilista de Papillon o los ladrones de Genet. Resulta aventurado asignar todos los motivos de su desgracia al hambre. Se echa a faltar una más acabada caracterización de su entorno. El relato está demasiado centrado en Antonio B. que narra los hechos en primera persona siempre desde el mismo punto de vista, presuponiendo desde la primera página que el lector habrá de compadecerse. Hay en él trazas del pícaro don Pablos de Quevedo, pero el factor humano queda borrado por un exacerbado mecanicismo biológico que excluye la ironía.Tanta carne cruda, tanta berza y ese estilo a palo seco acaba produciendo una pesada digestión literaria.

01/03/2008

 
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