ARTÍCULO

A la sombra de Darwin

 

A la sombra de Darwin es un libro escrito, por supuesto, a la luz de Darwin. Los autores dedican buena parte de su primer capítulo a la tarea de dejar meridianamente claro que no existe ninguna otra luz útil para iluminar en el universo de las ciencias de la vida. Tener que reiterarlo a estas alturas es lamentable; tan lamentable como necesario. Es corriente que aparezcan de vez en cuando supuestas «refutaciones» del pensamiento darwiniano o, mejor dicho, neodarwinista, que no pasan de ser bien puros disparates o, en el mejor de los casos, complementos no sólo no destinados a refutar nada, sino bien oportunos a la hora de extender el paradigma hacia terrenos antes inexplorados. Bueno es, por tanto, dejar las cosas claras desde el principio y Laureano Castro, Carlos López-Fanjul y Miguel Ángel Toro, los autores, lo hacen con la competencia que se les supone, habida cuenta de los trabajos de investigación y divulgación que han dedicado estos autores a la teoría de la evolución por selección natural. Cualquier luz arroja, si se le interpone un cuerpo opaco, sombras. En ocasiones son éstas muy útiles para entender mejor la naturaleza de la luz. Los autores han elegido con ese fin clarificador algunos de los obstáculos generadores de sombra que dieron no pocos quebraderos de cabeza a los padres fundadores del paradigma (neo)darwiniano, comenzando por el propio Darwin. Se trata de aspectos que tienen que ver en especial –pero no en exclusiva-con el comportamiento de los humanos. Fenómenos como la evolución del altruismo, de la cultura y de la propia mente y que, en la medida en que se refieren a aspectos funcionales, en lugar de reducirse a los rasgos morfológicos, son en ocasiones despreciados por los antropólogos «duros» como materia de la que nada se puede decir con la suficiente seriedad. Es cierto que la literatura antropológica –y, sobre todo en los últimos tiempos, la paleoantropológica– está plagada de una maraña de especulaciones disfrazadas de sabiduría entre las que cuesta trabajo identificar lo que resta de pensamiento científico. Pero olvidarse, a causa de tales abusos, de la explicación evolutiva de la conducta sería tanto como reducir el mundo de la aplicación de la síntesis neodarwinista a una parcela muy limitada de lo que merece la pena ser explicado. En ese sentido, A la sombra de Darwin es un libro modélico. No rehúye los desafíos, pero deja muy claro cuándo se está abandonando el terreno firme para entrar en lo que es pura hipótesis, por no llamarlo especulación sin más. El libro –como se reconoce en su introducción– consta de dos partes. Los tres primeros capítulos forman una que está más cerca de lo que cabría llamar «genética dura», pese a que en ellos, como en todo el libro, los autores se empeñan en resolver dudas y contestar preguntas de las que interesan a quienes saben poco o no saben nada del neodarwinismo. Así, a través de argumentos claros y terminantes y referencias científicas más que contrastadas, desmontan algunos de los tópicos al uso, como los que se refieren a la «determinación genética» de la inteligencia humana. El trasfondo de mayor interés en esos capítulos de la primera parte podría ser el de la relación sinuosa y en ocasiones difícil de establecer entre herencia genética y medio ambiente. Algunos ejemplos, como el de las consecuencias de la alteración del gen que codifica la fenilalanina hidroxilasa, son bien oportunos para dejar sentado el propósito de los autores, que no es otro que el de la exigencia de rigor. Ésta se encuentra, por fortuna, vigente en todo el texto. Sólo en algunos detalles secundarios –el segundo capítulo da a los humanos de aspecto moderno una edad de unos treinta o cuarenta mil años y el sexto de ciento sesenta mil, por ejemplo– el libro baja la guardia. Es probable que esas pequeñas y escasas manchas procedan de la diversidad de artículos en que se basa el texto, reconocida por los autores, que se refleja también en la atención prestada a un mismo tema en distintos lugares. Los capítulos cuarto, quinto y sexto, anticipados en cierto modo por la parte final del tercero, cambian de registro. No tanto por la claridad y el compromiso científico, que se mantiene, sino por lo que hace al asunto a tratar: el altruismo, la evolución de la cultura y el camino hacia la mente de los humanos actuales. El análisis del altruismo biológico y su ¿correlato?, el altruismo moral, contiene un repaso a los principales modelos de la sociobiología, con algunos ejemplos pertinentes extraídos de la teoría de juegos, como los relacionados con el dilema del prisionero. El libro sigue por los caminos propuestos por Hamilton (selección de grupo) y Trivers (selección de parentesco) y es una lástima que se escapen en él unos pocos borrones. A título de simple errata, como la del género de los vampiros hembra cooperantes, que no es Desmundus sino Desmodus. Pero de mayor calado quizá cuando, al hablar del renacimiento del modelo de selección de grupo aplicado a la especie humana, no se examina el texto de mayor importancia –a mi entender– en esa parcela, el de Sober y Wilson, Unto Others (1998). En él se incluye el reconocimiento de que, mientras no conozcamos los procesos cognitivos que regulan las relaciones interpersonales, estaremos condenados a basarnos en modelos matemáticos, muy elegantes, sí, pero incapaces de hacer otra cosa que vestir de gala el sentido común. El capítulo de «Origen y evolución de la cultura» llamará a engaño a los paleontólogos y a los aficionados a la arqueología, toda vez que se trata del origen y evolución de las capacidades humanas que llevan a la cultura, y no de los resultados de ésta. La cultura es, para los autores, conducta y no artefactos. En la medida en que acerca de su posible evolución sólo existen pruebas en forma de los artefactos que dejaron nuestros ancestros, Castro, López-Fanjul y Toro optan por una aproximación comparativa respecto de la misma conducta («cultural») en nuestros parientes primates, o por los modelos cuantitativos al estilo del de Cavalli-Sforza. Se trata de una perspectiva interesante que transcurre por los caminos marcados en publicaciones anteriores de los propios autores de A la sombra de Darwin. Con las ventajas y los inconvenientes de esos métodos. Por poner un ejemplo, tal vez la manera en que se entiende la capacidad de los primates no humanos de categorizar la conducta de otro como buena o mala deba ser matizada a la luz del experimento de Waal y Berger (2000), «Payment for Labour in Monkeys». El capítulo final aborda la evolución de la mente humana, y en él aparecen esos «artefactos» que se echaban a faltar en el anterior. Quizá porque, como dijo Lewontin, lo que sabemos de la evolución de la propia mente se reduce a una frase. El enfoque es, por necesidad, especulativo, pero los autores advierten muy bien que se trata de eso. Y apuntan como factor desencadenante de la capacidad cognitiva humana la transmisión del aprendizaje social. Ese Homo assessor había sido sugerido con anterioridad por Castro y Toro, aunque en publicaciones más especializadas y fuera del circuito de los libros de divulgación. Hasta qué punto estamos ante especulaciones y no frente a pruebas de ningún tipo lo indica muy bien la eterna discusión acerca del aparato fonador de chimpancés y humanos, sus respectivas laringes y el papel que el hueso hioides puede tener (si tiene alguno). Nishimura y sus colaboradores han demostrado hace poco (2003) que el «descenso de la laringe» se produce también en los chimpancés infantiles. El Homo assessor es, pues, una propuesta tan interesante como muchas otras, o más aún, pero está sometida a las dudas que afectan a cualquier modelo especulativo. El final del libro apunta hacia los estudios de los neurólogos, como Damasio, para dilucidar lo que es la consciencia. Puede que cuando nos podamos asomar al cerebro en busca de las respuestas quepa hablar de cultura, lenguaje y moral con la misma seguridad (o falta de ella) con la que hablamos de los genes. Mucha o poca, dependiendo del autor. Por fortuna para los lectores de A la sombra de Darwin, los autores han optado por el rigor y no el exhibicionismo como método. Algo que, a la luz de otros ejemplos cercanos, se agradece de corazón.

01/08/2004

 
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