ARTÍCULO

A la izquierda de Clinton

Alfred A. Knopf, Nueva York, 1997
338 págs.
 

Robert Reich fue responsable de la cartera de Trabajo en el primer Gobierno Clinton (1992-1996). Sus memorias políticas, tituladas Encerrado en el Gabinete, están escritas con humor, esmero y, sobre todo, pasión por defender su agenda neo-izquierdista, centrada en la lucha contra la desigualdad económica y la recuperación del papel del Estado como defensor de los más débiles. A lo largo de sus páginas, recorre con maestría los entresijos del mundo político y burocrático de Washington en la primera mitad de los noventa, sin perder nunca el hilo conductor de la batalla de las ideas.

Reich es amigo de Clinton desde sus tiempos de becarios en Oxford. Ha sido catedrático de Administración Pública en Harvard y ahora enseña en la Universidad de Brandeis. En sus clases e intervenciones públicas compensa su cortísima estatura con un verbo preciso y rápido y una agudeza inusitada. En estas memorias, Reich conserva la misma frescura de sus peroratas, con brillantez expositiva, diálogos de película y escenas que confirman la vigencia de las leyes de Murphy en la capital norteamericana.

El libro merece la pena en primer lugar por la descripción de cómo funciona el poder americano. Reich analiza de forma amena tanto los grandes problemas como los más pequeños (y aun así, frustrantes) con los que se encuentra un miembro del Gabinete. Buen conocedor de lo que es la teoría de la administración pública o «public management», al ser nombrado Ministro de Trabajo se ve obligado a tratar de poner en práctica muchas de sus enseñanzas de pizarra y dirige por primera vez una organización en la que trabajan veinte mil personas. Reich describe con muchos ejemplos el aislamiento del mundo real que sufre un alto cargo, inmerso en una «burbuja» protectora, al que todo le llega filtrado y sin tiempo para organizar su tiempo. Un elemento central del libro es cómo afecta a su familia su dedicación a la política. El dilema vida familiar versus servicio público está presente en todo momento, desde la entrada de Reich en el Gabinete hasta su renuncia a un segundo mandato, motivada sólo por su decisión de pasar más tiempo con sus hijos adolescentes y con su mujer. Reich llega a ser almibarado al escribir sobre su familia, pero consigue proyectar con fuerza el mensaje de que no hay equilibrio posible entre la vida de familia y un trabajo tan absorbente.

Entre sus páginas mejores están las que dedica a describir el proceso de toma de decisiones de la Casa Blanca. El presidente Clinton aparece sumido en una desorganización creativa y busca consejo en miembros de su gabinete, amigos y asesores varios, sin preocuparse mucho de jerarquías o formalismos. Alrededor del presidente hay una pugna constante por la cercanía física, la cual permite hacerse oír, a la vez que se organizan coaliciones y bandos en los que participa discretamente Hillary Clinton. Al no ser elegido el gabinete de un presidente americano en una votación ni responder formalmente ante las Cámaras, no es equiparable en su poder o actuaciones a un gobierno europeo; de hecho no se reúne con regularidad y entre sus miembros hay desigualdades llamativas en cuanto a su importancia política. Reich aprovecha con destreza su condición de amigo del presidente («FOB», Friend of Bill), para impulsar sus causas y sacar adelante sus proyectos favoritos.

El autor defiende la profesionalidad de los burócratas norteamericanos, que no cambian con la sucesión de gobiernos, y contra los cuales los políticos americanos de cualquier signo descargan sus iras en las campañas electorales, presentándose a sí mismos como gente no contaminada por Washington. Reich denuncia que la pérdida de confianza de los norteamericanos en su administración federal en los últimos veinticinco años se debe a los escándalos periódicos protagonizados por políticos, desde el Watergate hasta el asunto de las cajas de ahorros (no se detiene en ninguna de las investigaciones en las que se haya incurso el actual presidente...). La capital federal es presentada como «un sitio en el que de una u otra manera, todos trabajan para la misma empresa», con una clase política obsesionada por subir y acaparar poder, lo cual en los momentos oportunos reduce al mínimo las diferencias ideológicas y produce amistades peligrosas basadas en el dinero, todo ello en medio de una superficialidad exasperante.

Pero el libro de Reich es más que un relato entretenido y actual del proceso político americano. Hay toda una vertiente de propaganda neoizquierdista, que llama la atención por su mezcla de pragmatismo e idealismo y por la fuerza con la que ataca tanto el centrismo, sea republicano o demócrata, como las viejas tesis de los sindicatos, a favor de más subsidios y proteccionismo, o la mentalidad insolidaria e irresponsable de Wall Street, «la mayor operación de apuestas que se haya legalizado nunca».

Reich es un activista desde la primera a la última página. Poco a poco presenta un panorama de desigualdad creciente en la sociedad norteamericana: desde finales de los setenta hasta nuestros días, la mitad de los trabajadores, la mayoría sin educación universitaria, ha ido perdiendo capacidad adquisitiva y cada vez cobra menos. Casi uno de cada cinco niños vive en la pobreza, sin alimentación, vestido o vivienda adecuada. El 20% de los norteamericanos son analfabetos funcionales. El 5% de los norteamericanos posee alrededor de la mitad de la riqueza nacional. De promedio, el director de una compañía grande cobra doscientas veces lo que un empleado que trabaje por horas. Anualmente, se conceden cien billones de dólares de exenciones fiscales a compañías poderosas e intereses especiales.

Partiendo de viejos valores demócratas, Reich busca nuevos instrumentos para remediar desigualdades, luchar contra el empleo precario y proteger a los más débiles. Acepta la inevitabilidad del mercado global, las ventajas del libre comercio y la necesidad de reformar el sistema de pensiones, la sanidad pública y la seguridad social. A partir de ahí, insiste en el deber del Estado de invertir en capital humano. Los trabajadores sin formación actualizada son los que pierden su trabajo más fácilmente o malviven con sueldos bajísimos, por la automatización y la posibilidad que tienen las empresas de encontrar bajos salarios en otras partes del mundo. Sólo podrán competir si consiguen reciclar sus conocimientos. Las empresas están demasiado obsesionadas por obtener beneficios a corto plazo para pensar en la formación de sus empleados y, sin embargo, hoy más que nunca la educación determina la seguridad en el trabajo y lo que uno gana. El Estado, por tanto, debe distinguir entre lo que es gasto público e inversión pública. Reich describe una y otra vez sus peleas con otros responsables de carteras económicas que insisten en la prioridad de reducir el déficit. Esta reducción, argumenta el autor, si bien libera recursos al sector privado, no conduce necesariamente a una mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, dada la falta de responsabilidad social de las compañías o de incentivos para que esta responsabilidad se ejerza. Las desigualdades no se aminoran por la propia acción del mercado. Por otra parte, durante los mandatos de Reagan y Bush se bajaron los impuestos y aumentó el gasto en defensa, lo cual multiplicó en quince años el déficit por seis. Ahora, la obsesión de los republicanos por reducir el déficit que ellos mismos han creado, lleva a no diferenciar entre gasto e inversión, entre un subsidio agrícola a granjeros acomodados y la educación de un niño sin recursos.

Por último, el libro contiene algunos retratos muy logrados de personajes de la política americana. Clinton, es dibujado en su mejor pose, la de «predicador» supremo de EEUU y campeón de los valores demócratas, pero sometido a la presión agobiante de ser creíble en Wall Street, entenderse con un Congreso republicano y moderar su mensaje para repetir mandato. Alan Greenspan no sale tan bien parado, a pesar de haber sido confirmado en su puesto por tres presidentes distintos. Reich alude a él como el hombre más poderoso de América, que maneja la palanca de los tipos de interés, sin ningún control ni responsabilidad y vive para la causa de proteger la economía de casino de Wall Street.

Las páginas más duras del libro dan cuenta de la aparición en escena de Dick Morris, el consultor político favorito de los Clinton, que después de las elecciones legislativas de 1994 convence al presidente para que se mueva hacia el centro, como manera de conseguir la reelección en 1996. Este es un proceso bien documentado en las memorias con las que se enriqueció el propio Morris al ser destituido a unas semanas de las elecciones por su comportamiento escandaloso Cfr. Dick Morris, «Behind the Oval Office: Winning the Presidency in the Nineties», Thorndike, 1997..

Según Reich, Dick Morris hacía de forma continua cientos de encuestas sobre las preferencias del votante indeciso y pendular y logró condicionar la labor de gobierno a lo vendible que fueran los distintos proyectos a este segmento de la población. Reich descarga todas sus iras contra la técnica de vender candidatos como si fueran cereales para el desayuno o detergente, abandonando toda creencia y principio. Así, sólo se consigue evitar discutir en la plaza pública de los problemas reales y se renuncia a ejercer el liderazgo: el objetivo de ganar las elecciones acaba siendo ganar las elecciones.

Reich hubiera preferido que Clinton tratase de obtener un segundo mandato con los votos de los menos favorecidos, que cada vez acuden menos a las urnas americanas. Pero en los meses finales, Reich no pudo actuar apenas como conciencia del presidente y vivió encerrado en el gabinete. Suponemos que fue entonces cuando empezó a redactar sus estimulantes memorias y les dio forma de odisea y de antídoto contra el cinismo.

01/02/1998

 
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