ARTÍCULO

La espuma de los siglos

Entreascuas, Madrid, 2 vols., 2.195 págs.
 

Desde los márgenes de la cultura oficial, la obra de Isidoro Valcárcel Medina lleva más de cuatro décadas proponiéndole al arte diversos apellidos –objetivo, constructivista, minimalista, procesual, de acción, conceptual–, y diversificándose en materiales, espacios y manifestaciones que abarcan las instalaciones, los proyectos urbanísticos, las «acciones», la poesía visual, la música y hasta el cine (La celosía, largometraje sobre la novela homónima de RobbeGrillet). Recientemente, la Fundación Tàpies de Barcelona ha acogido una muestra de su obra bajo el título de «Ir y venir», que podrá verse después en Murcia y Granada, pero el fruto más impactante de los últimos años de trabajo de Valcárcel Medina pudiera ser este 2.000 d. de J. C. con el que la joven editorial Entreascuas se estrena haciendo doblemente honor a su nombre, pues hay riesgo de quemadura en lanzar dos gruesos volúmenes cuya prosa no es ni historia ni novela.

Las dos mil páginas de 2.000 d. deJ. C. no se ven a sí mismas ni como resumen ni como quintaesencia del año a que corresponde cada una: sus contenidos, aunque formen parte de la Historia, nunca tuvieron vocación de hacerla. Los asuntos reseñados cubren múltiples campos de lo humano (y a veces rozan lo divino). Por poner ejemplos –y también para engolosinar a los amantes de la variedad y la singularidad–, valga decir que en el año 1606 aparece el primer anuncio publicitario en forma de cancioncilla que ensalza las virtudes del tabaco; que en 141, siendo emperador Antonino Pío, se instituyó una ayuda social para muchachas menesterosas; que en 724, el papa Gregorio II permitió un nuevo matrimonio a un hombre cuya esposa se hallaba enferma e imposibilitada para cumplir con el débito conyugal; que el primer caso documentado de siameses unidos por la cintura es el de Chang y Eng, nacidos en 1810, casados con dos inglesas y con dos domicilios diferentes que alternaban cada tres días; que el franciscano José de Cupertino logró en 1663 que los rectores lo eximieran de los exámenes, ya que el nerviosismo le hacía levitar y aun volar sin previo aviso. Y así hasta dos mil relatos mechados de anécdotas curiosas, técnicas o francamente eruditas.

La cuidada edición de la obra comprende, además, un apéndice que incluye índice temático, onomástico, toponímico y bibliografía, y que es un sílabo de sorpresas, exóticos desconocidos y reencuentros imprevistos. Un repertorio que despliega tanta y tan variada sabiduría puede incitar al desafío al lector que, aunque indocto, cree guardar una carta en la manga; entrando en el juego, la que yo le presenté (por ver si la conocía) fue la de Frontón, preceptor de Marco Aurelio y retor latino; resultó que Frontón aparecía en el libro –traído a la glosa de un bando de Tierno Galván–, y perder el desafío me disuadió de seguir buscándole las cosquillas al apéndice.

Son numerosas las reflexiones sembradas en la obra sobre la relación que ella misma mantiene con la Historia, y seguirles la pista da noticias de las fricciones y pactos que con tal materia puede tener un creador. A ningún lector se le oculta que el autor se ha sumergido en intensas e inmensas investigaciones (en el Centro de Estudios Históricos del CSIC, esencialmente); y es él mismo quien, en el inicio de la redacción, en 1995, afirma su «decisión de realizar una recopilación histórica», pero recordando que esta empresa la va a realizar alguien que «detesta la historia» y que opina que «una visión historicista de la historia [...] sólo aspira al desprestigio del género» (pág. 1002); por eso este libro recoge de la Historia aquellas zonas donde ésta se airea y tiene menos peso: «Si histórico es solamente aquello que produce efectos, la conclusión rigurosa viene al canto: todo es histórico. [...] Cuando selecciono lo histórico de entre lo que otros dijeron, tal vez hace milenios, lo único que procuro es escoger lo que menos causa sea» (pág. 9). Tal vez por eso, aunque afirme que en la Historia no se puede intervenir y que «todo lo aquí contado ocurrió», Valcárcel Medina reconoce que en su libro flota «una sensación de realidad sospechosa».

Y es verdad que 2.000 d. de J. C. despliega ante el lector un carácter rebelde a la Historia: su lectura no refleja la que convencionalmente conocemos de los últimos veinte siglos (si en 1789 habla de la toma de la Bastilla, es para deducir que el móvil fue hacerse con las armas allí almacenadas, y no la liberación de los presos); además, el libro altera la lógica expositiva de los libros de Historia: de un año a otro pasamos de una punta a otra de la tierra, y de la descripción de una herramienta agrícola a un complejo enfrentamiento bélico entre chinos y bárbaros. La tercera rebeldía de la obra embarca, además, al lector, y es que, frente al inexcusable orden cronológico de la Historia, la independencia de estas páginas anima a la lectura aleatoria e indisciplinada.

Tentar así al lector a tomar iniciativas lo convierte en elemento activo y, a su manera, en reflejo de los protagonistas de los relatos, que son, en el seno de la Historia, «anónimos, pero no anodinos». En este 2.000 d.de J. C. hay otro detalle que bien pudiera ser arrimado a anteriores acciones colectivas de Valcárcel Meina: cada año (o casi) está patrocinado por un individuo diferente, que ha aportado mil pesetas a la realización del libro, y cuyo nombre aparece en el borde inferior de la página correspondiente, a la vez haciéndola suya y haciéndose suya, en el sentido de que esta especie de calendario de mecenas queda incorporado como elemento narrativo de las historias de estos veinte siglos.

El primer aspecto creativo de esta obra es el propio hecho de «actuar» sobre una materia reacia a la intervención individual, lo cual pone en escena (y en página) un conflicto; un conflicto o un problema que son, en sí mismos, actos creativos, y así parece entenderlo Valcárcel Medina cuando dice: «el arte no está pensado para resolver problemas, sino para crearlos». No siendo obra literaria, muestra un segundo aspecto creativo como «collage de collages –recortes de tiempo, historia(s), y recortes de espacio, palabra(s)–», con lo que el libro que tenemos entre las manos se convierte en algo que tal vez pudiera llamarse «objeto de arte», y que es producto de la manipulación selectiva, organizativa e interpretativa de un material narrativo de carácter histórico.

El tercer aspecto creativo tiene raigambre literaria, pues es la invención de una voz narrativa; una voz que, mientras cuenta historias, narra otra historia: la de su propia actividad de creación de memoria, esa «historia de obra» que se hace y dice con la curiosa simultaneidad del enunciado performativo, y que añade el apellido «pragmático» a los ya múltiples del arte de Valcárcel Medina.

La voz narrativa aún hace más: evalúa el relato, lanza hipótesis, enlaza ciertas historias, protesta, se autocritica, apela al lector, se hace preguntas, expresa agrado y desagrado, muestra ansias y espantos, concluye y pone en duda. Su exuberancia expresiva nos «dice» –además de lo que nos dice– que la inamovilidad de la Historia no contagia apatía a la lengua que la cuenta, y que, antes bien, lo que ocurre es que ésta –desde su polifonía emocional y reflexiva– despierta en aquélla su carácter de suceso real (del pasado) cuya noticia aún activa sensibilidades e intelectos (en el presente).

La Historia segrega así una contemporaneidad ficticia y se transmuta en «historia de obra»: una evanescente operación que no se hace si no es dicha, y que es fruto de la voz narrativa batiendo el «mar de historias». Espuma de los siglos es, pues, el resultado de este acto creativo, y como tal desaparece entre los dedos de quien intenta asirlo. Haga el curioso y perspicaz lector la prueba; y acuda el retor Frontón a sostener el elogio de esta levedad surgida no ya del «lodazal», sino del sedimento más calcificado de nuestra cultura.

01/01/2003

 
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