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El hipérbaton de Gregorio Morán
Ernesto Castro
09/02/15
Gregorio Morán
El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España, 1962-1996
Madrid, Akal, 2014 - 832 pp. 29 €

En la página 423 de su libro, Gregorio Morán cita La prodigiosa aventura del Opus Dei, de Jesús Ynfante, publicado en 1970 por Ruedo Ibérico, la editorial de los exiliados en París, y resultó ser un exitazo, aunque, según Morán, se trata de «un libraco escrito literalmente con los pies», pero el caso es que tenía «la ventaja de que podían leerlo gasta los analfabetos; les bastaba con echar mano al índice onomástico y como en un listín telefónico, saber si estaban o no estaban, ellos o sus compadres. En el fondo, no sólo marcaba una nueva modalidad, hasta entonces desconocida en el mundo del libro español, sino un final de ciclo. La izquierda que marcaba tendencias, como diríamos hoy de manera descocada, se apuntaba al más patético de los panfletos. Denunciar, con la misma imprecisión de quien tira al plato y piensa que caza perdices, a la nueva masonería, que por cierto empezaba su ya definitiva decadencia. Incluso como instrumento garibaldiano, de combate y denuncia, llegaba demasiado tarde».

Lo mismo puede predicarse de El cura y los mandarines, un libro que, cual Palas Atenea remedando el dicho de David Hume, ha nacido olímpico de la imprenta, armado y deificado por los absurdos censores de la Real Academia de la Lengua que, en vísperas de la última edición de su Diccionario, llamaron a sus socios de Planeta para decirles, en la lengua que sospecho que utilizará esta peña, que «aut Víctor García de la Concha aut nihil». Un cierre de ciclo para Morán; una lanzada a moro muerto que genera simpatías en la izquierda de moda. Una obra maestra. Pero esta historia ya está contada… principalmente por los periodistas que, habituados a entrevistar de oídas, acudieron a la presentación del libro en el Café Comercial de Madrid (una rueda de prensa con café y churros por cuenta de Akal) a preguntarle a Morán por lo divino (Podemos) y lo humano: las ochocientas páginas del ejemplar cuya lectura muchos pensaron abreviar acudiendo al índice onomástico que viene al final. Treinta y tres páginas de nada. Así cualquiera.

Y es que El cura y los mandarines parece escrito para ser más consultado que leído. La unidad máxima de sentido es el párrafo como compartimento estanco de información en el que Morán aprovecha para desplegar su retórica de taxista y su erudición de detective. Las repeticiones son permanentes (¿cuántas veces tiene que recordarnos que durante el franquismo a la región de Cantabria se la llamaba La Montaña o simplemente Santander para que podamos darnos por enterados?), como si el lector fuera todo el rato un recién llegado a quien hubiera que recordarle que el narrador Juan García Hortelano era tremendo conversador, pero como escritor poquita cosa; que el historiador Miguel Artola era cuñado de un ministro del ejército de Franco; o que el filósofo Pedro Laín Entralgo era un mediocre farsante, por mencionar sólo algunos de los epítetos que vienen adosados a los antihéroes más recurrentes de este ajuste de cuentas homérico con el pasado. Morán alcanza cierta profundidad psicológica únicamente cuando retrata a sus favoritos: Luis Martín-Santos, Manolo Sacristán y Max Aub; esto es, los perdedores. Más precisamente, y siguiendo el mismo orden: 1) un narrador cuya extensa obra póstuma queda en manos de tuercebotas como su padre o Salvador Clotas (a quien Morán le dedica su mejor invectiva: «Salvador Clotas es uno de esos misterios de la cultura catalana antifranquista, de quien se puede decir, sin exagerar, que su obra y pensamiento se podrían resumir en una línea, y está por escribir»); 2) un marxista cuya capacidad analítica se ha desperdiciado hasta tal punto de que piensa en suicidarse a comienzos de los setenta (la herencia tampoco pinta bien: «Vistas desde la presente situación, las tesis cum laude de hace cuatro o cinco años eran investigación altísima. [...] Sin embargo, pese a su mediocridad, la fuerza que les da la formidable explosión del nacionalismo catalán hace más temible [este rebajamiento de los criterios académicos] de lo que acaso creas», le escribe Sacristán a Emilio Lledó en 1979); y 3) un exiliado que regresa a España para presenciar una escena que constata que escribir, como decía Larra, es llorar:

– ¿Tienen ustedes libros de Max Aub?
– Lo siento, en esta librería no disponemos de autores extranjeros.

El resto es una aplicación del principio acuñado por Antoni Domènech en la revista sinpermiso: «Los libros de Gregorio [...] están llenos de descalificaciones ad hominem, de contextualizaciones históricas particulares, de juicios de intenciones y de todo tipo de apreciaciones inclementes y aun intempestivas. No es necesario coincidir con todas y cada una de sus apreciaciones –ni siquiera, tal vez, con la mayoría– para darse cuenta de esto: la “buena” crítica cultural y la “buena” historia político-intelectual, a diferencia de la  “buena” argumentación filosófica, exigen partir de algo muy parecido al temerario principio metodológico de la inclemencia».

Sin embargo, los golpes bajos del retratista, profesión a la que se ha dedicado Morán toda su vida, primero con Adolfo Suárez, luego con José Ortega y Gasset, más recientemente con Rafael Barrett, y ahora con Jesús Aguirre –recordemos que El cura y los mandarines surge de una propuesta de Planeta para que escribiera una biografía del duque–, no sólo no aseguran la probidad analítica del retrato, pace Domènech, sino que terminan dejando ese barniz de intrascendencia que tienen las anécdotas elevadas a la condición de categoría. Afirma Morán que si sólo atendemos a lo trascendente de cada época, hay algunas que podríamos saltárnoslas directamente, decisión quizás más acertada que la de convertir a uno que pasaba por allí, Jesús MacGuffin Aguirre, en el centro de la cultura española desde mediados de siglo. Así nos hubiéramos ahorrado, por lo pronto, un capítulo sobre el Santander de posguerra, ciudad natal del cura Aguirre, repleto de apuntes del tipo: «Pero esto nos aparta de nuestra historia».

El propio Morán reconoce finalmente, hacia la página 760, que el protagonismo que Ricardo Gullón atribuye a Jesús Aguire en su prólogo a Las horas situadas («detrás de cada acontecimiento literario o cultural de la vida española está la mano, como mínimo una, ya fuera la derecha o la izquierda, de Jesus Aguirre») es una afirmación totalmente infundada, «porque no es lo mismo decir que está presente o pasaba por allí, a decir que sin su aportación difícilmente hubiera podido hacerse». Y suma y sigue Morán: «Todo en este prólogo de Gullón dedicado a Aguirre es un inmenso hipérbaton, o un hipérbaton sobre otro hipérbaton, la exageración habitual para dirigirse antaño al conde-duque de Olivares o al de Lerma». Si esto es cierto de un prologuillo, ¿qué será del tocho que tenemos entre manos?

El principio de inclemencia de Morán desemboca en hacer leña del árbol caído, pero a las especies protegidas ni las huele. A Camilo José Cela lo llama «el abuelo golfo que cuenta chistes verdes en la mesa y pedorrea en los postres, y que mientras todos duermen, busca los papeles para manipular las firmas y quedarse con lo que haya», una faceta oportunista y chabacana de su carácter más que resaltada públicamente por el afectado en vida. Pero cuando llega el momento de la verdad, recordarle a Cela su simbiosis con el franquismo, Morán, que tiene un sentido de la integridad demasiado elevado para el común de los mortales, se ofende por la estafa de Papeles de Son Amadans, la revista que Cela utilizó para contactar con los exiliados, publicar sus libros y aplanarse la senda al Nobel. Habrase visto semejante caradura: una publicación que nadie lee, montada con el dinero de un dictador venezolano. ¿Y todo lo demás? Morán menciona la conocida carta de 1938 en que Cela se ofrece como quintacolumnista en Madrid, pero se olvida de mencionar que su colaboración activa con el régimen llega, como poco, hasta octubre de 1963, cuando informa al Ministerio de Información y Turismo sobre la presencia de cuarenta y dos comunistas entre los firmantes de la «Carta de los 102». Teniendo en cuenta la relevancia de este manifiesto en apoyo de las huelgas mineras en Asturias, una de las contadas ocasiones en que Morán concede cierta valentía a los intelectuales del franquismo, hay que decir que la fama de viejo cascarrabias que tiene el autor, olvidadizo en esta ocasión con los delatores, está algo sobrevalorada.

Pese a que el subtítulo prometa un análisis de la cultura y de la política española entre 1962 y 1996, y pese a lo que sostengan los que ni se molestaron en quitarle el precinto al envío de Akal antes de redactar su reseña, el libro de Morán no versa tanto sobre la Cultura de la Transición, o CT, esa sigla feliz de los historiadores de cuarta y quinta mano que darían para un capítulo de Victor Klemperer, cuanto de los años sesenta. No es sólo un tema de espacio y de tiempo (Morán dedica a 1962 la primera parte, a 1964 la segunda y a 1969 la tercera; la mitad del libro: doscientas, ciento cincuenta y cincuenta páginas, respectivamente), ni de personajes meramente (los verdaderos protagonistas del libro, como José Luis López Aranguren, nacieron antes de la Guerra Civil), sino ante todo de carácter: la indiferencia de Morán hacia cualquier intelectual que tenga menos años que él, como ha reconocido en diversas entrevistas en las que ha afirmado que no le interesa la cultura española a partir de 1996, hace que los jovencitos de la Segunda Restauración Borbónica, hoy convertidos en los samuráis de su Continuidad, ni estén en El cura y los mandarines ni se les espere. Con los muertos es divertido hacerse el enfant terrible.

A los años setenta dedica Morán sus reflexiones en abstracto más poderosas: esa que empieza diciendo que Die Verwandlung de Franz Kafka debería traducirse por La transformación en vez de La metamorfosis y luego sigue pensando la Transición a partir de esa pareja de conceptos, la transformación y/o la metamorfosis del franquismo en democracia, en lugar de la manida dicotomía de la reforma versus la ruptura; o aquella en que recupera la obra de Manuel de la Escalera contra la justificación retroactiva de la censura franquista que afirma que, después de la muerte de Franco, no aparecieron grandes escritores previamente censurados. O aquella otra reflexión sobre la emergencia de los segundones del franquismo en las páginas de opinión de El País, escrita con ese vocabulario amplio y esa sintaxis deslavazada que es firma de Morán, a veces hasta el borde mismo del ripio o de la incongruencia gramatical.

El último capítulo del volumen, «Final con fanfarria», es sintomático de la aproximación revanchista y generacional que caracteriza a Morán, pues es el único momento en que se adentra en los años noventa, tras haberse despachado los ochenta con cuatro flashbacks a 1982 y 1988, la victoria del PSOE y el ministerio de Jorge Semprún, sólo para informarnos finalmente, como en los títulos de crédito de las comedias románticas mantecosas, que los protagonistas comieron perdices y vivieron etcétera, si bien en este caso la heroína, quiero decir la droga, se interpuso en su camino: al psiquiatra Carlos Castilla del Pino se le mueren cuatro de sus seis hijos; al periodista Eduardo Haro Tecglen, cinco de siete. Y la lista sigue. He aquí, según Morán, la herencia de la llamada edad de bronce de la cultura española. Ya sabemos, según Hesíodo, cuál es la próxima.

Ernesto Castro es doctorando en Filosofía por la Universidad Complutense y autor de Contra la postmodernidad (Barcelona, Alpha Decay, 2011). Ha coeditado Bizarro (Salamanca, Delirio, 2010) y El arte de la indignación (Salamanca, Delirio, 2012) y colaborado en Humanismo-animalismo (Madrid, Arena Libros, 2012) e Indignación y rebeldía (Madrid, Abada, 2013). Su blog lleva por nombre Castra Castro.


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