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El final del Paraíso
Andrés Ibáñez
02/10/14

La última sonrisa de Beatriz

Releo los Nueve ensayos dantescos de Borges y me encuentro, sorprendido, que hay un enigma que Borges plantea e intenta resolver y que, inexplicablemente, no resuelve. ¿Por qué no lo hace? ¿Cómo es posible que no encuentre una solución que está ahí mismo, expuesta con radiante claridad? ¿Será, quizá, un enigma del tipo «carta robada», en el que el exceso de evidencia ciega el descubrimiento?

Me refiero al ensayo «La última sonrisa de Beatriz», donde comenta ese maravilloso pasaje del Canto XXXI en el que Beatriz, que ha sido la guía de Dante en toda su ascensión por los diferentes cielos, desaparece para siempre, sumida en la luz.

Luz

Mucho habría que hablar de esta luz que llena el Paraíso. Es una luz de una intensidad casi insoportable ya desde el principio, y esa intensidad no hace sino aumentar de canto en canto. Ya al principio del Canto I afirma el poeta que estuvo «nel ciel che più de la sua luce prende» («en el cielo que más intensamente recibe la luz»), y esa intensificación, ese ir de la luz a lo más luminoso de la luz, ese adentrarse en medio de la luz en otra luz todavía más luminosa, no hace sino crecer y crecer. Un poco más adelante, en el mismo Canto, se nos dice que Beatriz miraba directamente al sol con una fijeza de la que no es capaz ni el águila.

La luz es enseguida tan intensa que, de la forma más maravillosa, se convierte en música (I, 82). Este es un tema que sigue ramificándose en el Paraíso: el de una luz que se hace música, el de una luz que es también canto (IX, 22 y ss.) e, inversamente, el de una música que se puede ver.

Escuchar la luz, ver la música: los nuevos sentidos que despiertan en el Paraíso.

El crescendo de luz aumenta en el vuelo de ciencia ficción del poeta por los cielos consecutivos. A menudo Beatriz es tan luminosa que aparece tan solo como una gran luz cegadora. Ella dirige los ojos a lo más alto, y el poeta mira hacia donde ella mira y llegan a otra nueva mansión de luz, y en esta nueva mansión se aparecen los que allí viven, bienaventurados, santos y santas, que en un primer momento son sólo luces, luces que hablan y se dirigen al poeta, cegándolo con su brillo. Poco a poco, los ojos del poeta se acostumbran, y dentro de la luz puede ver la figura humana que le habla.

Música que se ve. Luz que habla.

El ascender por la luz de Dante es también un gran abrirse de la conciencia. Al final del Canto IV, Beatriz mira al poeta con tales destellos de luz en los ojos que éste tiene que bajar la vista para no cegarse. Y al comienzo del Canto V, ella le explica que si ella le deslumbra con la intensidad de su luz, esto es debido a su «perfecta visión», es decir, que ella es capaz de percibir las realidades del cielo. Y le dice también que percibe cómo esa eterna luz comienza igualmente a resplandecer en la inteligencia del poeta. Y le dice (se lo dice una y otra vez): «Apri la mente a quel ch’io ti paleso» («Abre la mente a lo que te voy enseñando»).
Abre la mente: entenderás la luz.

El Canto V termina con una ringla de tercetos dedicados a la expresión de la intensidad de la luz. Miles de luces se acercan a la pareja, y de todas salen voces que dicen: «He aquí lo que acrecentará nuestros amores». Dante se dirige a una de las luces que, se nos dice, se oculta a sí misma en su propia luz. También el tema de la luz que oculta gracias a su propia intensidad autoefulgente prosigue en el Paraíso. Así, en el Canto VIII, dice Carlos Martel, hijo de Carlos II de Anjou: «La mia letizia mi ti tien celato / che mi raggia dintorno e mi nasconde / quasi animal di sua seta fasciato». O lo que es lo mismo: «Mi alegría me oculta de ti con los resplandores que despide y en los que me escondo como el gusano envuelto en su seda».

Hay un punto en el cielo cotidiano que no podemos ver: es, precisamente el sol. La intensidad de su luz es lo que esconde al sol y lo convierte en un punto ciego. El sol es como Carlos Martel, escondido en su propia luz.

Beatriz desaparece

Saltemos, pues, al Canto XXXI, donde está el célebre pasaje que Borges comenta en «La última sonrisa de Beatriz». Si la luz era casi insoportable en el Canto I, y en el VIII resultaba completamente cegadora, imaginemos de qué calibre será ahora. Una vela, un incendio, el sol. Y la progresión, canto tras canto, ha seguido creciendo.

Dante se aproxima al final de su ascenso, es decir, a la esfera de Dios, la fuente de toda luz. Y en este momento sucede algo muy extraño: cuando cree estar viendo a Beatriz (ya hemos dicho que muchas veces le cuesta mucho verla o distinguirla, ya que de ella sólo puede percibir un enorme resplandor), se da cuenta de que, en realidad, está viendo a un hombre anciano. Un anciano también envuelto en luz, de aspecto bondadoso y lleno de una serena alegría. Dante pregunta dónde está su amada Beatriz, y entonces el anciano le dice que mire hacia arriba y que la verá allá lejos, en la inmarcesible altura. Y allí la ve Dante, nos dice, tan lejos de sí como si estuviera él en aquellos momentos en lo más profundo del mar. Esta es, me parece, una de las imágenes más tremendas de toda la Commedia.

Así vemos nosotros: como seres hundidos en las simas del mar. Nuestra distancia de la luz es tanta como la de los peces ciegos que deambulan en la fosa de las Marianas.

Dante le agradece a Beatriz todo lo que ha hecho por él, afirma que ella le ha traído la libertad y que espera ser digno de ella cuando abandone el cuerpo. Y entonces viene el célebre pasaje:

Così orai; e quella, sì lontana
como parea, sorrise e riguardommi;
poi si tornò a l’etterna fontana. 

Es decir: «Así oré, y aquella que parecía tan lejana sonrió mirándome y luego se volvió hacia la eterna fuente».

Dice Borges acertadamente que estos son «los versos más patéticos que la literatura ha alcanzado».

El hecho es que Borges, al contrario que todos los comentaristas píos, se niega a creer que la desaparición de Beatriz y su sustitución por un bondadoso anciano (que resulta ser san Bernardo) deje feliz a Dante. Escribe Borges muy acertadamente del «horror» que encierra ese «come parea», que se refiere a lontana, pero contamina el sorrise.

Sin embargo, Borges no acaba de redondear el tema, ni lo lleva, nos parece, a sus últimas consecuencias.

Y es que hay algo más. Nada más desaparecer Beatriz, de vuelta a la luz original que nace de la fuente que es también la rosa, una rosa que es luz, que es fuente, que es música, que es el Paraíso y que parece eternamente lejana, como si el Paraíso se perdiera siempre hacia lo alto en el Paraíso, como si incluso dentro del Paraíso el propio Paraíso no fuera sino una imagen perpetuamente inalcanzable, el imposible sueño de una rosa perfecta a la que nunca se llega, nada más desaparecer Beatriz, decimos, Bernardo le dice a Dante que «la regina del cielo, ond’io ardo tutto d’amor», le otorgará la gracia de subir hasta lograr ver a Dios.

«La reina del cielo donde yo ardo enteramente de amor», dice el buen Bernardo. Pero es imposible que estas palabras no traigan el recuerdo de otras. Es imposible que este fuego en el que arde Bernardo no nos recuerde a otros fuegos. Es imposible no pensar que el principal castigo del infierno es, precisamente, arder eternamente, estar inconteniblemente envuelto en llamas. Cierto que las llamas en las que arde Bernardo son «de amor», del amor de la Virgen, precisamente, pero sean de amor o no lo sean, lo cierto es que está ardiendo. Ardiendo como los réprobos, como los condenados a la hoguera. Lo cierto es que esto no es el Paraíso sino, de nuevo, el Infierno.

Sigue a continuación una curiosa referencia al Velo de la Verónica, el lienzo con la imagen de Cristo que se conserva en San Pedro y del que Dante también habló en Vita nuova. ¿A qué viene esa referencia ahora? El célebre paño o lienzo guarda, según la leyenda, la imagen del rostro de Cristo. Y esto es, precisamente, lo que Dante ha perdido para siempre: la imagen del rostro de Beatriz.

Porque Dante no ha subido hasta el cielo para buscar a Dios, sino para buscar a Beatriz, y no es el rostro de Dios lo que desea ver realmente, sino el rostro de Beatriz, que una y otra vez le hurta los ojos, que se le desaparece en la luz, que se le transforma en luz, que finalmente le sonríe, le lanza una mirada, y desaparece.

Conviene en este punto recordar aquel maravilloso poema de Borges, «Del infierno y del cielo», en el que el poeta afirma que el Paraíso es, simplemente, ver ante sí un rostro amado. (Pero recordemos que lo dice un ciego: el Paraíso es ver).

¿Será que también a Borges le ha cegado la intensidad de la luz? ¿Qué Paraíso puede quedarle a Dante si ya jamás podrá ver el rostro de Beatriz? Como diría Emily Dickinson: «ese paraíso sería un infierno para mí».

No hay otro Dios para Dante que Beatriz. Cuando ella desaparece en la rosa del Paraíso, sólo la rosa, la rueda, la esfera (ya que en el Paraíso la música es canto y las ruedas son esferas) permanece. Porque la rosa es, en realidad, Beatriz. Porque todo el Paraíso no es otra cosa que Beatriz.

Del infierno y del cielo

Es para mí imposible no relacionar este pasaje con otro que también comenta Borges, como era inevitable, ya que se trata del pasaje más célebre de la obra. Se trata del episodio de Francesca da Rimini, del Canto V del Infierno. Es cosa bien sabida que Dante condena a Francesca y a Paolo al Infierno por estar enamorados, pero que su poesía, en su lirismo incontenible, les perdona. Ah, qué terrible pecado medieval el de estar enamorado. ¡Pobres seres humanos! ¡Pobres cristianos!

Hay una frase de ese canto que siempre siento como clavada en el corazón. Es ese verso de Francesca: «questi, che mai da me non fia diviso». Se refiere a Paolo, su amado. Está contando cómo se enamoraron los dos leyendo un libro, y cómo «éste, que ya nunca se apartará de mí», al leer un episodio de la historia de Lanzarote, le besó la boca temblando de pasión. Pero, ¿cómo creer de verdad que para Francesca es un castigo que su amado no se aparte jamás de ella? ¿No sería este, más bien, un premio?

Ése es, pues, el castigo de Francesca y Paolo: no apartarse el uno del otro en toda la eternidad. Y ése es el premio de Dante y Beatriz: separarse para siempre y no volver a verse jamás.

Dice Emily Dickinson:

And were You – saved –
And I – condemned to be
Where You were not –
That self – were Hell to Me –

Es decir: «Y si tú te salvaras / y fuera yo condenada / a estar donde tú no estás / eso mismo sería el Infierno para mí».

De modo que el Infierno de Francesca parece de pronto el Paraíso, y el Paraíso de Beatriz, un Infierno donde los puros arden eternamente en las llamas – del amor.

Lo que vio Dante al final

Dante asciende, asciende, trasciende el cielo de las estrellas fijas y llega al motor inmóvil. Pero no ve a Dios. ¿Cómo es posible? ¿Dónde está Dios? ¿No está en el Paraíso? ¿Qué hay más allá de la rosa? ¿Quién hay más allá de la rosa?

Cuando Dante alcanza a ver el motor inmóvil, la luz eterna que es origen de toda luz, no ve a Dios: ve tres esferas, dos de ellas irisadas y que parecen reflejarse mutuamente y una tercera que parece como hecha de fuego. Esto es muy extraño y recuerda a las alucinaciones cromáticas del viaje interior de 2001: una odisea del espacio, donde también hay esferas que se separan y se reúnen, y reflejos y colores extraordinarios que se intercambian. Los comentaristas afirman que estas tres extrañas esferas de colores que ve Dante son la Santísima Trinidad. ¡Pías intenciones! Pero, ¿qué es, entonces, lo que viene a continuación? Las tres esferas, hemos de comprender, se unen en una luz eterna que sólo en sí existe y que sólo a sí misma se comprende.

Llega entonces el extraordinario pasaje:

Quella circulazion che sì concetta
pareva in te come lume reflesso,
da li occhi miei alquanto circunspetta,
dentro da sè, del suo colore stesso,
mi parve pinta de la nostra effige

O traducido: «Aquel círculo, que me parecía en ti [le habla a la propia luz] como luz reflejada, cuando con mis ojos la contemplé en torno, dentro de mí, con su color mismo, me pareció representada nuestra efigie».

Esto es, pues, lo que ve Dante finalmente. No ve a Dios, ni tampoco a la Santísima Trinidad. Cuando sus ojos consiguen enfocar con claridad, pasados los resplandores e irisaciones, cree ver una imagen, una «efigie» que es «nuestra efigie». Dante, por tanto, se ve a sí mismo en la luz inmóvil. Esto es lo que ve, cuando llega al Empíreo: no ve a Dios, se ve a sí mismo.

El propio Dante afirma que no es posible para la razón comprender nada de esto, del mismo modo que al geómetra le resulta imposible cuadrar el círculo, pero que él, en ese momento, sí fue capaz de comprenderlo gracias a un fulgor que iluminó su mente: «se non che la mia mente fu percossa / da un fulgore». En este fulgor, Dante comprende su visión, y se transforma.

Sí, porque aparentemente el que contempla, el que habla, el que escribe, Dante, se convierte en una esfera. Se transforma, de hecho, en una estrella, en otra más, de las muchas que giran y navegan por el universo, movidas por la fuerza del Amor.

Esto es lo que dice Dante en el Paraíso: que Dios no es otra cosa que el máximo de luz a que podemos aspirar. O, dicho de otra manera, que Dios eres tú.


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