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El cuarto poder
Rafael Narbona
28/07/17

El columnista de un gran periódico a veces no se diferencia mucho de un gánster. En Sweet Smell of Success (Chantaje en Broadway, 1957), J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) cuenta con el apoyo de sesenta millones de lectores. Su columna en The New York Globe forja o arruina reputaciones. J. J. Hunsecker es narcisista, autoritario y egocéntrico. Se codea con senadores, empresarios, estrellas de cine y teatro. Aficionado a las palabras grandilocuentes, invoca el patriotismo y la ética, pero sus artículos se abastecen de chismes, calumnias y venganzas personales. Sidney Falco (Tony Curtis) es su agente de prensa, un joven sin escrúpulos que sueña con llegar a lo más alto. Su única preocupación es no defraudar a Hunsecker para algún día ocupar su lugar. Cuando Hunsecker le encarga que rompa el idilio entre su hermana Suzie (Susan Harrison) y un guitarrista de jazz, Falco recurre a las artimañas más sucias, desencadenando un drama de consecuencias imprevistas.

J. J. Hunsecker es una parodia de Walter Winchell (1897-1972). Al igual que la temible Louella Parsons, Winchell trabajó para Randolph Hearst. Fue de los primeros en denunciar la agresiva política exterior de Hitler, pero después de la guerra se identificó con las tesis del macartismo. Creador de la «gossip column» (columna de cotilleos), utilizó un lenguaje coloquial y sensacionalista. En su programa de radio, recurrió al sonido de un telégrafo para producir la ilusión de estar siempre al filo de la noticia. J. J. Hunsecker es un villano más refinado. Cuando aparece por primera vez bajo una iluminación cenital, sus ojos son dos huecos negros que adquieren un carácter particularmente inquietante gracias a un suave contrapicado. Alexander Mackendrick caracteriza al personaje con técnicas de cómic, acentuando los rasgos de un rostro endurecido por unas gafas con una montura negra, que se confunde con unas cejas de ogro. J. J. Hunsecker parece un monstruo de novela gótica, pero se expresa como un cínico acostumbrado a los duelos verbales. Está a medio camino entre el condotiero renacentista y el telepredicador familiarizado con los debates televisivos.

Sidney Falco es un superviviente nato, que se mueve como pez en el agua en un Broadway sombrío, que evoca la atmósfera de las películas expresionistas. La fotografía de James Wong Howe (Picnic, 1955) nos muestra un Nueva York nocturno y canalla, donde se trafica con la ambición, el miedo y la esperanza. La música de The Chico Hamilton Quintet, combinada con una excelente banda sonora, donde destaca el tema «The Street», nos acerca al mundo de los locales donde el jazz aún no había sido desplazado por el rock y el pop. En esa época, el baterista Chico Hamilton –que más tarde compondría la banda sonora de Repulsión (Roman Polanski, 1965)– mantiene un estilo clásico, que evoca las big bands de jazz, pero con un tono menos salvaje. Basaba en la novela de Ernest Lehman, Sweet Smell of Success apenas supera los noventa minutos para narrar algo más de cuarenta y ocho horas.

La brevedad del arco narrativo contribuye a producir un clima asfixiante, donde los personajes se enfrentarán con sus propios límites. Nadie quedará indemne, salvo el corrupto policía que trabaja para J. J. Hunsecker, un esbirro que parece extraído de un cuento infantil de terror, pero que introduce uno de los elementos esenciales del cine negro: la connivencia entre la ley y el crimen. Sweet Smell of Success se inscribe en la época del cine negro tardío. Lejos de su ingenuidad inicial, el género ya no maquilla la realidad. Los gánsteres y los policías compiten en degradación moral. Al igual que en The big Heat (Los sobornados, Fritz Lang, 1953), la corrupción se ha extendido por todo el tejido social. El crimen organizado ya no tiene un rostro. John Dillinger, Clyde Barrow y Bonnie Parker pertenecen al pasado. Ahora, los gánsteres son hombres respetables, que controlan la política y los medios de comunicación. J. J. Hunsecker se comporta como un capo mafioso y Sidney Falco es su muñidor. Falco no es un matón, pero su forma de anudarse la corbata y comprobar su aspecto frente a un espejo, recuerda al Pequeño César (Edward G. Robinson) de Hampa Dorada (Little Caesar, Mervin LeRoy, 1931), cuando se prueba por primera vez un esmoquin, ironizando sobre su aspecto para no dejar al descubierto su desmedida ambición.

Falco no carece de sentido del humor, pero sabe que posee un físico agraciado, gracias al cual puede engañar y manipular a las mujeres. Ni siquiera es capaz de enamorarse. Las mujeres sólo son un medio para conseguir sus fines. Como dice J. J. Hunsecker, «Falco tiene cuarenta caras y ninguna es agradable». Hunsecker no necesita adoptar diferentes identidades, pues su megalomanía lo mantiene encadenado a su hiperbólico yo. J. J. no soporta que sus conocidos no lean su columna. Deletrea la palabra «democracia», pero se comporta como un déspota. Adora Broadway, pero contempla la ciudad como un teatro construido para el halago de su vanidad. No pretende ser honesto: «Desde hace treinta años, mi mano derecha ignora lo que hace mi mano izquierda». No oculta su desprecio por la debilidad: «Odio a los perdedores». Mackendrick no excusa al resto de los columnistas. Todos comparten la misma filosofía vital. «No me interesan las emociones humanas», confiesa un compañero de profesión que acepta propagar una calumnia a cambio de una aventura sexual. Falco le prepara un encuentro con una camarera que ha perdido su trabajo. Mackendrick emplea un recurso muy sencillo para mostrar su vulnerabilidad: la chica se ha descalzado un pie y cojea mientras busca un zapato que no aparece.

La corrupción no afecta sólo a las personas. The New York Globe utiliza como reclamo publicitario unas gigantescas gafas. El periódico es el ojo que escudriña todos los rincones. No se limita a proporcionar información. Si sus intereses lo justifican, inventa la noticia. Nueva York no falsea menos la realidad. Broadway es la avenida de los treinta y nueve teatros. Sus carteles luminosos aparecen continuamente en la pantalla, pero su resplandor sólo agrava la penumbra moral de una ciudad, donde prosperan el arribismo y la hipocresía. Hunsecker explica a Falco que su vida apenas difiere de la de un preso: «Estás en la cárcel de tu avaricia y tus pecados». Falco no es libre, pero Hunsecker también vive encerrado. Su celda es un horrible tabú, disfrazado de amor fraternal. Su amor hacia su hermana es un incesto que se emboza bajo una despótica sobreprotección. El visón de Suzie es el lazo de un cazador que desuella a sus víctimas. Hunsecker no escribe. Hunsecker fija el punto de mira, apunta y dispara. Su éxito se basa en la cantidad de piezas abatidas. Su columna se levanta sobre infinidad de vidas destrozadas.

Alexander Mackendrick (1912-1993) es un director exquisito, extremadamente perfeccionista. En su etapa inglesa hizo comedias admirables (The Man in the White Suit, 1951; The Ladykillers, 1955) y, en su breve carrera en Hollywood, nos dejó una notable y atípica película de aventuras (A High Wind in Jamaica, 1965), pero su forma de trabajar exasperó a los productores, que dejaron de financiar sus proyectos. Sweet Smell of Success fue un éxito, donde se apreciaba su estilo meticuloso, poético, innovador. Apuntaré varios ejemplos. Suzie y su novio Steve se separan en un encuadre en el que la profundidad de campo se concierta con un breve solo de saxofón. El policía corrupto aparece al pie de unas tenebrosas escaleras, un poderoso contrapicado que evoca las piruetas expresionistas, prescindiendo de cualquier pretensión naturalista. La caída de Falco comienza con un plano que lo reduce a un punto insignificante en el apartamento de J. J. y finaliza en un fugaz encuadre, donde sólo parece un pelele, casi un muñeco de trapo o un patético golem. La secuencia de una paliza se elude con dos planos yuxtapuestos: un primer plano de la víctima y un plano detalle de los platillos de la batería de Chico Hamilton. Un pequeño travelling nos muestra toda la degradación moral de Falco cuando acepta el encargo de destrozar la vida del novio de Suzie. Una maldad que no está exenta de culpabilidad y cierta fragilidad. Falco sabe que es un juguete en manos de J. J., pero su futuro depende de él y no puede negarse.

Alexander Mackendrick consigue grandes interpretaciones de Tony Curtis y Burt Lancaster. Tony Curtis gesticula como un gran comediante en los planos medios, explotando todos los matices de su personaje. Burt Lancaster se mueve con rigidez porque toda su vida es una impostura, una mentira sostenida por sesenta millones de lectores hambrientos de inmundicia. Cuando las cosas no resultan como esperaba, ni siquiera logra cerrar la puerta de su apartamento. El final es esperanzador, sin concesiones al sentimentalismo. La hermana de Hunsecker se ha liberado del visón y ha emprendido una vida propia, donde ya no hay espacio para él. En Broadway amanece y la luz ya no procede de los letreros luminosos. Los seres humanos que desfilan por sus calles no interpretan un papel. Sólo intentan vivir, sorteando la angustia, el desamparo y la desnudez.


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