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La cuestión catalana
Rafael Narbona
16/06/17

José Ortega y Gasset apoyó el Estatuto de Autonomía Cataluña de 1932, pero apuntó que el independentismo catalán, lejos de ser un sentimiento responsable, se inspiraba en planteamientos utópicos. No era una observación irrelevante, sino una advertencia trágica: «La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte». Las utopías no prosperan sin la confrontación con un enemigo real o imaginario. No es posible crear una nación o sostener una ideología sin un espíritu de beligerancia contra algo. ¿Cuál es el «enemigo» de Cataluña? España, lo español, el centralismo castellano, imperialista, despótico y vetusto. Para los independentistas catalanes, España es sinónimo de opresión, intolerancia, represión, atraso. España no es un país democrático, sino un vástago de la Santa Inquisición y la monarquía absoluta. España es Torquemada, Fernando VII y el general Franco. Los españoles son ignorantes, zafios y supersticiosos. Jordi Pujol ya señaló que «el andaluz es un hombre poco hecho, destruido, anárquico […] incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. […] Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña». Las palabras de Pujol redundan en la intemperancia de Sabino Arana, según el cual «el español nada emprende, a nada se atreve, para nada vale». Parodiar, escarnecer y denigrar al enemigo real o imaginario es una vieja estrategia de guerra. Nada proporciona más fuerza que la aversión incondicional al supuesto opresor.

En las afirmaciones de Pujol y Arana, se aprecia una concepción de la política basada en el menosprecio del otro. La exaltación nacionalista no es un sentimiento democrático, sino un talante excluyente y agónico. Escribe Carl Schmitt, feroz antagonista del liberalismo político y defensor del constitucionalismo autoritario: «La distinción específica de lo político, a la que pueden reducirse los actos y los móviles políticos, es la discriminación del amigo y del enemigo. Aporta un principio de identificación que tiene valor de criterio, y no una definición exhaustiva o comprensiva». Sin la figura del enemigo, el nacionalismo se deshincha, perdiendo su capacidad de movilización. Por eso, es esencial mantenerlo vivo y recordar su presunta infamia.

Al igual que el nacionalismo vasco, el catalanismo se basa en «relatos que transmiten una lejana y lancinante melancolía», de acuerdo con las palabras de Jon Juaristi en El bucle melancólico (1997). «Narraciones sacrificiales de amor y de inmolación –continúa Juaristi–, de heroísmo y de culpa, de traiciones y derrotas». Una historia interminable de agravios que justifica el anhelo de independencia. ¿Cuáles son los agravios sufridos por Cataluña? En su Historia de España (1996), Joseph Pérez apunta que los Austrias respetaron los privilegios de los países integrados en la Corona de Aragón: «Ni siquiera Felipe II, tantas veces presentado como autoritario y centralizador, dejó de respetar los fueros». Nunca se adoptaron medidas para imponer el uso del castellano, que fue asumido voluntariamente por las elites económicas y sociales como una lengua más culta y refinada que el catalán, predominante en el pueblo llano. La Guerra de los Segadores de 1640 nació más como una expresión de descontento social que como una lucha por la independencia. Escribe Joseph Pérez: «Los campesinos, aunque eran sensibles a la campaña anticastellana […], tenían sus propias reclamaciones. Su rebelión era el estallido de antiguos resentimientos contra los señores y el régimen señorial. Su grito de guerra era Visca la terra! Se llamaban a sí mismos el ejército de Cristo, que iba a acabar con todas las injusticias. […] Incapaz de dominar la situación, la Generalitat buscó ayuda en Francia y le ofreció a Luis XIII el título de Conde de Barcelona a cambio de respetar la autonomía del principado».

Durante trece años Cataluña vivió voluntariamente bajo la autoridad de virreyes franceses. Del mismo modo, la famosa rebelión de 1714 no debe inscribirse en la lucha nacionalista, sino en la disputa por el trono de España entre Felipe V de Borbón y el archiduque Carlos de Austria. En España y Cataluña. Historia de una pasión (2014), Henry Kamen recuerda que «cuando Felipe V ascendió al trono, nadie lo apoyó más que los catalanes. El nuevo rey llegó a Barcelona en septiembre de 1701 para jurar los fueros y para la sesión de apertura de las Cortes de Cataluña», alabando su trabajo. Sin el Pacto de Génova, firmado en secreto por un grupo de notables catalanes con Inglaterra, la armada británica no habría ocupado Barcelona para apoyar a los partidarios del archiduque Carlos de Austria con la promesa de respetar los fueros. No se luchaba por una república independiente, sino por el control de la Corona de Castilla, del Mediterráneo y del comercio con las Indias Occidentales. Algunos historiadores, como Henry Kamen, sostienen que se trató de una guerra civil y no de una gesta independentista. Felipe V logró imponerse, adoptando durísimas sanciones contra sus adversarios. Los Decretos de Nueva Planta de 1715 suprimieron las Cortes y el Consejo de Ciento, estableciendo como lengua oficial el castellano. Los vencedores no suelen ser indulgentes con los vencidos.

El Estatuto de Autonomía de Cataluña aprobado en 1932 intentó resolver el problema catalán, sin mucho éxito. Manuel Azaña apoyó el proyecto con verdadera convicción, pero no sin afirmar que España debería superar el kabilismo, es decir, «el sentimiento de hostilidad y hosquedad de lugar a lugar, de ciudad a ciudad, de región en región, que se niegan a comprender sus respectivas ideas y aspiraciones particulares haciendo imposible su conciliación superior». En su conocida intervención parlamentaria, Ortega y Gasset recordó que, «frente a ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de unos es respetable, no lo es menos el de los otros». Azaña sufrió un amargo desengaño con el independentismo catalán durante la Guerra Civil, cuando descubrió que le preocupaba más avanzar en sus reivindicaciones que frenar a los militares sublevados. De hecho, Lluís Companys negoció en secreto con el Gobierno británico para conseguir que Cataluña se convirtiera en «nación neutral», quedando al margen de los dos bandos, lo cual revela una notable ingenuidad.

Imagino que los independentistas sueñan con ser una nación en la que el catalán desplace poco a poco al castellano, hasta reducirlo a la condición de idioma marginal e insignificante. La exaltación del catalán contrasta con su evolución histórica. Antes de 1714, apenas superaba la situación de lengua oral, sin normas y con importantes diferencias de una zona a otra. En el siglo XVI, el autor más vendido en Cataluña fue Santa Teresa de Jesús. En las dos primeras décadas del siglo XVII, se imprimieron treinta y ocho obras en Lérida. Doce en latín; el resto, en castellano. Ninguna en catalán. Durante las últimas décadas, los partidos políticos soberanistas han empleado las instituciones para acentuar el hecho diferencial y promover el catalán como lengua preferente. El nacionalismo sólo necesita una bandera y grandes dosis de victimismo para propagar su discurso demagógico. Si el independentismo catalán lograra sus objetivos, los independentistas vascos y, en menor medida, los gallegos, intentarían imitarlos, lo cual implicaría el fin de España como nación. No es una perspectiva tranquilizadora. ¿Olvidan los independentistas que Cataluña ha recibido durante la crisis económica cuarenta y dos mil millones de euros del Estado español para financiarse tras perder el crédito de los mercados? Es decir, el 4% del PIB español. Con su déficit actual, Cataluña no tiene capacidad para asumir sus obligaciones financieras sin el auxilio del Fondo de Liquidez Autonómico. Las agencias de calificación de riesgo ya han advertido que la deuda catalana se desplomaría al nivel del bono basura sin el respaldo del Estado español. Ni siquiera podría pagar la deuda adquirida con el resto del territorio nacional, que casi duplica los fondos españoles destinados al rescate de Grecia (veintiséis mil millones de euros). Es cierto que Cataluña empezó pagando un tipo de interés del 4%, pero ahora paga un 1%. El fervor independentista no repara en estas cuestiones. Aun así, los catalanes se quejan de pagar más de lo que reciben, reclamando el derecho de administrar sus recursos. Entienden que ayudar a regiones más pobres, como Extremadura, no les incumbe. Es un argumento vergonzosamente insolidario, que revela la verdadera faz del independentismo. Lejos de constituir un movimiento progresista, encarna los peores demonios de Europa, ese nacionalismo regresivo que divide a los ciudadanos, abocándolos a una confrontación estéril. Es imposible predecir el futuro, pero creo que los daños bilaterales de la segregación de Cataluña pueden desbordar nuestros temores más sombríos.


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