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Recuerdo de Trujillo
Rafael Narbona
28/04/17

No he olvidado su aspecto ni su voz, pero no recuerdo sus nombres. Él era alto, con los ojos azules y una calvicie aliviada por una hilera de pelo blanco que corría por su nuca. Su voz era grave y solemne, casi de barítono. A medio camino entre los cuarenta y los cincuenta, su altura descomunal le obligaba a inclinarse para mantener una conversación, acentuando su aspecto de gigante tranquilo. Más tarde averigüé que participaba en las procesiones de Semana Santa con hábito de nazareno, rompiendo la simetría de su cofradía con un capuchón puntiagudo que sobresalía como un viejo ciprés plantado tras la pequeña tapia de un cementerio. Desde lejos, el cirio que portaba casi parecía un faro en mitad de un mar cárdeno, rojo y blanco. Ella era morena, con los ojos castaños y con una estatura mediana que se encogía cuando caminaba al paso de su marido, lento y ceremonioso. Su voz era alegre, nítida, inusitadamente juvenil. Entonces me parecieron mayores, casi viejos, pero ahora que tengo su edad opino que no hay impresiones objetivas, sino confusiones tejidas por la inexperiencia o el prejuicio.

Nos encontramos en el castillo de Trujillo, una fortaleza medieval levantada en el punto más alto de la localidad, un cerro rodeado de arbustos, rocas y encinas. Desde sus murallas, podían contemplarse los tejados y las callejuelas del casco antiguo, colmado de palacios, iglesias y casonas solariegas, con sus escudos heráldicos grabados en las fachadas de piedra. Más allá, superadas las construcciones más modernas, se extendía una vasta llanura, aplacada por dehesas y pastizales. Alguna encina solitaria, de copa frondosa y tronco centenario, ancho y lleno de nudos, evocaba la fábula kantiana, según la cual un árbol apenas despega del suelo cuando no compite por la luz con sus congéneres. En mi jardín hay un ciprés y la soledad no le ha impedido encarnar un delirio vertical con trazas de infinitud. La memoria suele abastecerse de ficciones o meras distorsiones de la realidad, lo cual no impide que a veces atine, como el arquero que dispara a ciegas y hunde la flecha en el centro. No sé si mis ojos realmente se extraviaron en una penillanura salpicada de encinas o si el hambre de horizontes que caracteriza al habitante de las grandes urbes me hace fantasear treinta años después con un paisaje de esas características. Prefiero no exponer mis recuerdos a una prosaica comprobación, particularmente asequible en la era de la realidad virtual, casi tan vasta como el mundo que representa. No hay impresiones objetivas, sí, pero nuestra forma de falsificar el pasado siempre contiene algo de verdad. Lo que fuimos, lo que somos, está en ese engaño e intentar deshacerlo es tan absurdo como creer que es posible vivir dos veces la misma experiencia.
En el interior de la fortaleza se hallaba una Virgen con el Niño, asomada a un vano rematado por un arco de medio punto. Una pequeña capilla invitaba a arrodillarse y rezar. Si depositabas una moneda en una urna, la imagen giraba sobre una peana, miraba brevemente hacia dentro y recuperaba su posición original. Esa fe que aparece y desaparece en mi conciencia, debatiéndose entre el escepticismo y el tibio convencimiento, me sobrecogió súbitamente, proporcionándome unos momentos de paz interior. El dispositivo mecánico que desplazaba a la imagen me resultó absurdo, pero entendí la necesidad de contemplar el rostro de la Madre y el Hijo, donde presentí una historia antigua marcada por el fervor popular. Más tarde descubrí que era la Virgen de la Victoria, patrona de Trujillo. La reja que protegía la imagen acentuaba la sensación de estar en un recinto concebido para el recogimiento y la oración, la introspección y el misterio. A la salida de la capilla, se acercó un matrimonio. Eran ellos, que se identificaron como dos vecinos de Trujillo: «Enseñamos la ciudad de forma desinteresada –dijo él, moviendo la mano derecha con cierta afectación−. Pertenecemos a una asociación de vecinos que se dedica a guiar a los visitantes por amor a nuestra historia».

Yo viajaba con mi novia y actual compañera. Por entonces, éramos estudiantes universitarios y apenas disponíamos de dinero. De hecho, nos habíamos alojado en una pensión modesta de las afueras y en ningún caso podíamos pagar a un guía. Poco antes habíamos visitado Toledo y rechazamos todas las ofertas que nos hicieron para mostrarnos y explicarnos los tesoros de la catedral. Nos habían pedido mil pesetas, una verdadera fortuna para nuestra economía de guerra, que nos obligaba a calmar el hambre con tristes bocadillos de salami o mortadela. Por eso nos pareció un milagro que alguien nos regalara su tiempo y sus conocimientos, sin exigir nada a cambio.

Salimos al exterior y él comenzó a relatarnos la historia de la ciudad, con su voz profunda y bien timbrada:

− Trujillo surgió durante la época romana y pasó seis siglos bajo dominación árabe. Durante la guerra entre Isabel la Católica y Juana la Beltraneja, la ciudad se dividió en dos bandos y corrió mucha sangre. Al final, los Reyes Católicos tomaron la plaza. No hubo represalias, lo cual demuestra su fino sentido de la diplomacia y su buen gobierno. El siglo XVI representó el apogeo de la villa, su Edad de Oro. De aquí salieron Francisco Pizarro, Orellana, García de Paredes. A su regreso, los indianos construyeron palacios y hospitales. Se multiplicaron los conventos. En 1526, Carlos V se hospedó en el Palacio de San Carlos durante su viaje nupcial con Isabel de Portugal, jurando los Fueros de Trujillo. La leyenda dice que subió a caballo la escalera volada, exclamando: «Aquí me siento más emperador». En realidad, la escalera es del XVII, pero a veces se omite ese detalle. No conviene desmentir una leyenda que compone una estampa digna de Tiziano. En 1583, Felipe II durmió en el palacio de los Chaves-Orellana, camino de Portugal. Siglos más tarde, las tropas napoleónicas ocuparon la ciudad. Saquearon y destruyeron sin piedad. Se han hecho muchos proyectos para traer el tren, pero ninguno prosperó. A veces me alegro, pues habría crecido excesivamente la población. Demasiado ruido, quizás demasiados cambios.

Mientras él hablaba, su mujer agarró del brazo a mi novia, estableciendo una conversación más íntima e informal:

− En Don Carlos hay una monja jerónima que enseña el palacio con mucha gracia. Nadie se marcha sin hacer un donativo y recibir un pequeño sermón. Suele decir que siembra dudas en los ateos y fortalece la fe de los cristianos. Muy cerca, vive una buena amiga. Soltera y algo mayor, con un cara muy salada, pero no muy atractiva. La pobre comenta que le hubiera gustado vivir como una mujer casada al menos durante veinticuatro horas. Para saber de qué iba la cosa.

− La iglesia de Santa María la Mayor –continuaba él, señalando su fachada− empezó a construirse en el siglo XII. Se levantó sobre una mezquita. Es de estilo románico tardío, pero las ampliaciones del XV y del XVI son góticas. El campanario se reconstruyó en el siglo XX.

− Cuéntales lo del escudo del Athletic –le interrumpió su mujer, con ojos maliciosos.

Su marido suspiró y comentó resignado:

− El maestro cantero esculpió en 1972 el escudo de su equipo en uno de los cincuenta y ocho capiteles. A mí no me hace ninguna gracia.

− A mí sí –replicó ella−. Siempre es divertido que un adulto actúe como un niño.

Las discrepancias del matrimonio se eclipsaron al evocar la Salve a la Virgen de la Victoria durante las fiestas patronales que se celebran al final del verano:

− El sábado bajan a la Virgen desde el castillo para hacer la novena en la iglesia de San Martín –dijo él, visiblemente emocionado−. Se apagan todas las luces y todos cantan la Salve. La Virgen, iluminada, parece aún más blanca. Casi todos los vecinos piensan en los seres queridos que están lejos o han fallecido.

− Yo pienso en mi madre –dijo ella, sin disimular su tristeza−. Murió hace dos años.

− Yo también pienso en mis padres, aunque los perdí hace mucho tiempo.

Paseamos por el pueblo durante un buen rato, separados por sexos. Él era cordial, afectuoso y atento, pero algo reservado. Quizás había algo de timidez en su carácter, aunque yo, mucho más joven, no lo aprecié. En ese momento pensé que su circunspección era una expresión de su edad, como las arrugas o la vista cansada. Su mujer, en cambio, no soltaba el brazo de mi novia, mostrándose muy comunicativa y cercana. A veces reían de buena gana; otras, callaban o suspiraban, como si hubieran compartido algo muy íntimo. Nos despedimos al pie de la estatua ecuestre de Francisco Pizarro.

Mientras nos alejábamos en autobús, la noche parecía un gigantesco aljibe, con el agua inmóvil y dormida. La negrura del exterior no resultaba hostil, sino fresca y acogedora como la sombra de un portal. Le pregunté a mi novia cómo había sido su conversación con ella.

− Me habló de la muerte de su madre. Aunque fue doloroso, le enseñó a morir, pues se despidió de todos con mucha serenidad, sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida. Dice que murió con mucha paz, sin angustia ni miedo. Quizá le ayudó su fe.

Aún me pregunto si es posible aprender a morir, si puede decirse adiós sin experimentar la pesadumbre que nos producen las pérdidas más inaceptables. Quizá no hay nada más absurdo que perder el tiempo pensando en la muerte. Quizás es más sensato recordar, vivir, escribir. Esta nota no fantasea con la eternidad, pero creo que recordar mi lejano paseo por Trujillo es una forma de celebrar la vida y restar importancia a la muerte, tal vez la experiencia más sobrevalorada de nuestro peregrinaje por el mundo.


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