El compositor irreductible
Jorge Fernández Guevara
nº 163-164 · julio-agosto 2010
Mary E. Davis
ERIK SATIE
Trad. de Daniel Sarasola
Turner, Madrid 184 pp. 18 €
«Desconfiemos del arte:
a menudo sólo es virtuosismo»
ERIK SATIE
La historia de la música es una pesada carga. Y, entre los modos de aligerarla, destaca el hábito de conferir a los grandes compositores una significación: Beethoven, o el destino llamando a la puerta; Mozart, o la divina perfección; Mahler, o la neurosis: en fin, para qué seguir. Sin embargo, por más perversa que sea esta manía, se hace difícil asimilar al canon a nuevos compositores si no contamos con su simplificadora metáfora. Erik Satie ha sido, a lo largo del siglo XX, un creador en busca de tal metáfora, y uno de los más irreductibles a esa búsqueda. De hecho, parece que esa polarización, pros o antis, que dominó su trayectoria en vida se prolonga. «Lárgate corriendo al infierno», decía Roland Manuel a propósito de Relâche, no obstante haber sido buen amigo suyo. La misma obra inspiraba a Francis Picabia el grito de «¡Larga vida a Satie!». Los mismos sentimientos parecen seguir vivos. John Cage consideró a Satie una clave de la modernidad y le inspiró una de sus sentencias más célebres: «Un sonido es un sonido y un hombre es un hombre»; [...]
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